Los carpinteros tardaban en demasía. Había costado trabajo ahuyentar a los murciélagos, secar el musgo de las paredes y el olor de la humedad adosada a las paredes. Los carpinteros habían tomado medidas, y tardaría más si no hubiese madera de cedro ya seca. Solo contaba con una mesita, un banquito y un radio que al prenderlo solo escuchaba ruidos. Un radio con frecuencia modulada que vivía en la mudes. -¿Cómo sacarle al radio algo de musiquita? Buscaba algún alambre que sirviera de antena.
-¿Qué hace? estaba tan concentrado que me asusté. Lo miré, lo había visto platicar con mi vecina de enfrente.
– Soy el papa del niño que le ayudará. Cuando le di la mano para saludarlo, su piel era gruesa, áspera, callosa. 
– Tratando de hacer que el radio suene, le contesté. Se acomodó el sombrero de palma, tomo el radio.
– Ese alambre no le servirá, voy a casa y regreso. Le haremos una antena.
Diez minutos después regresó, con una agilidad de mono se trepó hasta colocarse en las vigas que sostenían el tejado, fijo un alambre de cobre de pared a pared e hizo bajar otro que lo conecto a la radio. Llegaron no cinco ni diez sino muchas estaciones que provenían de la ciudad de México. Supe también que él se dedicaba a aserrar los árboles y que me conseguiría madera de cedro ya seca a buen precio. Lo despedí afectuosamente.
Acostado, a la luz del quinqué, escuchaba la voz de Carlitos Gardel, como si él estuviese a mi lado. Llegaba la señal con una nitidez increíble, igual o mejor, y estaba a cuatrocientos kilómetros de ella.

indigena