Una mañana me desperté con un desagradable olor a patas o perro podrido y al salir a la puerta, veía como la gente al pasar sacaba sus pañuelos y se tapaba la nariz.
-¿Recuerda que le dije que aprendería el oficio de talabartero? Se ahogó una vaca y el patrón me regaló el cuero y lo estoy curtiendo. Lo que no sabía es que fuese apestar tanto.
-La carroña de un perro es un dulce olor, le dije.
Mi mujer me va a correr, ya no soporta el olor. Ya le dije que el otro cuero me lo llevo al monte.
Una semana después el olor fue desapareciendo. A él lo perdí de vista y cuando lo vi, venía con su carretilla llena de piedra.
-¿Vas a hacer otra casa?
-Ahora voy a hacer mi cuarto de trabajo. Mi mujer y yo nos andamos peleando por el espacio.
Tres meses después había levantado las paredes. El anexo lo ubicó pegado a la calle. En ese local fue que lo vi por última vez. Recuerdo que exhibía artículos de cuero relacionado con la charrería.
-Ya ve y nadie me enseñó. Me dijo con una sonrisa de satisfacción.
Para él, sus creaciones eran más importantes, que lo dado a la comunidad. Nunca me dijo que él fue factor para que su pueblo tuviese agua. El poder caciquil no lo dejó dirigir la presidencia municipal. Fue un líder nato, un compañero de a de veras, y un hombre preocupado por sus semejantes.

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