Las moscas

Poco les importó que Noé no las invitara a su arca; se instalaron. Hoy son parte de la familia y no saben de etiquetas, van de la mierda al pan.

mosca

La pareja

Venías por la loma cuando escuché tu silbido. Té grité y clamé al cielo que la tarde no se hiciera noche. Prendí la estufa de petróleo para calentar el té de canela. Esta noche comeríamos sabroso, un cocinero amigo me apartaba algún mendrugo, y esa tarde un comensal dejó cuatro langostinos. Diez minutos se hacen para llegar a nuestra casucha de cartón. Nos conocimos buscando plástico, ella huérfana, yo viudo. Le doblaba la edad, pero eso no importó. Vendría muy cansada por lavar tanta ropa, yo recibí unos centavos de más y le daría un vestido usado que compré. Aluzados por la vela, cenamos. Afuera brillaba la luna.

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Una breve historia de amor

El empezó dándole las buenas noches; meses después le daba los buenos días, llevando un café humeante y aromático a la cama.

Couple drinking coffee in bed

 

 

Luchando contra el alemán

este lugar llegué hace cuarenta años. Hoy leí tratando de aprender lo más. Recordé poco de lo leído. No soy el mismo, el tiempo, los excesos cuentan. Lo intento, hago esfuerzo. Releo un concepto. Lo juego en mi cabeza, lo aviento, lo busco; si no le encuentro, le hablo, afino el olfato y sale de algún vericueto de la mente; entonces lo llevo a mi corazón y lo beso. Y allí encuentro a las mujeres que amé.

Bell, Vanessa (1879-1961) Interior with Duncan Grant, 1934

Vanessa Bell

Decía mi abuelo

Que la mujer es como la fruta o la cortan verde o bien se cae de madura. Ahora es ella quien decide en que momento se tira del trampolín.

mujer en trampolin

El psiquiátrico

El sol era un coagulo con el cielo naranja y violeta. escrutó la tierra, el mar, los arrecifes y sonrió
—Hoy amaneció con una cara de dulzura, observó el enfermero.
— Así son estos pacientes furiosos, poco antes de morir cambian. contestó el médico.

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Van Gogh

 

 

 

 

La muerte de hector

Todo el pueblo tenía aroma de flor de cempasúchil. Día de muertos y el pescador falleció de un de repente, malo, muy malo para él. Morirse en esa fecha solo significaba ser cargador, cargador de todo. Había dispuesto la viuda que lo velaran en casa, a la costumbre, rodeado de coronas, ramos de flores y de los amigos. -¡No cierres el ataúd!- ordenó al oído a una de las hijas, tu padre odiaba estar encerrado. Pásenle muchachos, pásenle y toquen la “negra” La canción de él y mía, y después una tras otra de Pedro infante y Javier Solís.
El difunto escuchó la tanda de canciones, con agilidad de muerto fue por su red y bajó hacia el río, cuyo murmullo parecía un rezo que se confundía con las plañideras que velaban el cuerpo. Un cielo que parecía oro sucio y él soltando la red al viento para pescar los últimos coágulos de luz, los destellos del agua, se llevaría también los salmos del río y su risa de niño.

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Los tejos

El río de aguas frías y sus grandes peñascos esconden pequeños camarones. Bajo el agua los peces van y vienen.En el fondo yacen los tejos de infinitos colores y formas. Tienen vida como el pez o el camarón. Tejos de un arroyo, piedras de otro que ruedan igual que un molino, húmedas, con el corazón duro.
Esperan quizá siglos para encontrar la que rueda y pulsa como ella. Un día se encuentran en un recodo de la corriente.Se tallan, se miman, se regodean. Acicalan su corazón emigrante, húmedo de amor y meses después por la mañana llega un niño toma una de ellas y la tira viendo como hace giros entre las ondas de agua.
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Riqueza que solo se mira con el corazón

No había agua potable, solo un sol refrescado por el monte y los veneros; había niños que sobre sus burros llevaban agua en pequeños tambores. Así me abastecía. El local abandonado, lugar de tlacuaches y murciélagos se convirtió en un espacio para observar pacientes delicados. La muchacha que adiestré, se encargaba del cuidado de los signos vitales, alimentación y limpieza. Nemesio dejó de montar al burro, para ayudarme. Ambos sabían hablar el totonaco. Este lugar es habitado por gente creativa, danzadores del cielo, talento para esculpir la piedra y transformarla en belleza. Riqueza que se mira con el corazón.

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La muerte

La luz se filtraba por la pared de tarros y se atropellaba en la manta blanca que ellos usan. Acostado en un catre, se despedía de unos amigos. El olor de los enfermos graves, es evidente. La muerte se huele y yo no olfateaba eso. Lucía delgado, fibroso, recostado sobre una almohada. Lo saludé a su usanza: tocando la punta de los dedos y diciendo suavemente “Tlenn.” No sabía qué decirle y él fue quien rompió el silencio que colgaba como muro. Nunca antes lo había tratado. Me miró con limpieza y en claro castellano, me dijo:
—Voy a morirme. Todo lo tengo previsto. Mis hijos ya saben que les va a tocar a cada quien. Me iré limpio del corazón y de la conciencia, ya vino el padre Panchito y me confesé.
—No te vas a morir — le decía. Lo miraba sereno, su voz calmada más que precaria. ¿Cómo se va a morir? No veía signos atrevidos de enfermedad.
—Así, está dispuesto. Ya sé en qué lugar quedaré. Escogí estar en lo alto de la loma para que pueda mirar hacia mi casa.
El cementerio estaba en el cerro. Desde allí, su casa era visible. Era la única parte del paisaje que a mí me desagradaba.
—No te vas a morir, verás que mañana desayunamos juntos— y me despedí con respeto.
Nunca supe qué sucedió. El anciano habló de la muerte como si fuese parte de la vida, como decir mañana haré esto y lo otro. Cierto, murió en la madrugada, claro de conciencia, fibroso como una raíz y está enterrado en la loma, viendo su casa.

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Los primeros cristianos

Antes de cumplir los cincuenta años Juan numeró las veces que la muerte había estado cerca de él. Se dijo en la oscuridad de su lecho “¿ estaré destinado a un fin grandioso ?”. Antes de morir tuvo un último hijo, cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió de vejez en su cama. El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos, Mario, no se cuestionaría tal evento, moriría en la cruz, en las afueras de la ciudad de Roma; pensando que su esfuerzo para la nueva religión “de amaos unos a los otros” había sido inútil.

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Encuentros y desencuentros

Los comerciantes del mercado local no abren muy de mañana, dicen ellos que no hay clientes. Los clientes refieren que ellos no van por la mañana, porque los locales se encuentran cerrados. Nada tan coincidente como el gato y el ratón, él felino tiene una arcada del tamaño exacto y él un cuerpo suave y esponjoso que se amolda.

gato.

 

Lotería

Por la tarde repican las campanas del pueblo. Hoy el sonido duele, es diferente; habrá una misa de cuerpo presente. Murió Gervacio. Compañero de todos.
Un abuelo se abre paso en la iglesia. Se acerca al féretro, dice en silencio: «me fallaste».
Después del sepelio se reúne el clan de la tercera edad. En el cuaderno tachan el nombre del finado y el ganador obtiene una respetable ganancia; ya se ofertan los números de la próxima lotería.

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La mirada y la vergüenza

Vi su bastedad. Sobre un acantilado deslice la mirada hacia la playa, las olas mansas; nunca había estado cara a cara; asombra, enmudeces, abruma, empequeñeces ante tal inmensidad. A mi lado el graznido de la gaviota; me extasió ante la marcha de los delfines. Hay agua viva; abajo hay un cuerpo gigantesco que respira. 
Ya regresa el pescador, ya se mira el barco inmenso dragando el suelo en busca de cardúmenes.  
Se fueron los turistas con olas de recuerdo. Dejaron su placer y el desrespeto del lugar donde la vida nació.

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Eugene Boudin