No había agua potable, solo un sol refrescado por el monte y los veneros; había niños que sobre sus burros llevaban agua en pequeños tambores. Así me abastecía. El local abandonado, lugar de tlacuaches y murciélagos se convirtió en un espacio para observar pacientes delicados. La muchacha que adiestré, se encargaba del cuidado de los signos vitales, alimentación y limpieza. Nemesio dejó de montar al burro, para ayudarme. Ambos sabían hablar el totonaco. Este lugar es habitado por gente creativa, danzadores del cielo, talento para esculpir la piedra y transformarla en belleza. Riqueza que se mira con el corazón.

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