Todo el pueblo tenía aroma de flor de cempasúchil. Día de muertos y el pescador falleció de un de repente, malo, muy malo para él. Morirse en esa fecha solo significaba ser cargador, cargador de todo. Había dispuesto la viuda que lo velaran en casa, a la costumbre, rodeado de coronas, ramos de flores y de los amigos. -¡No cierres el ataúd!- ordenó al oído a una de las hijas, tu padre odiaba estar encerrado. Pásenle muchachos, pásenle y toquen la “negra” La canción de él y mía, y después una tras otra de Pedro infante y Javier Solís.
El difunto escuchó la tanda de canciones, con agilidad de muerto fue por su red y bajó hacia el río, cuyo murmullo parecía un rezo que se confundía con las plañideras que velaban el cuerpo. Un cielo que parecía oro sucio y él soltando la red al viento para pescar los últimos coágulos de luz, los destellos del agua, se llevaría también los salmos del río y su risa de niño.

atarraya