Venías por la loma cuando escuché tu silbido. Té grité y clamé al cielo que la tarde no se hiciera noche. Prendí la estufa de petróleo para calentar el té de canela. Esta noche comeríamos sabroso, un cocinero amigo me apartaba algún mendrugo, y esa tarde un comensal dejó cuatro langostinos. Diez minutos se hacen para llegar a nuestra casucha de cartón. Nos conocimos buscando plástico, ella huérfana, yo viudo. Le doblaba la edad, pero eso no importó. Vendría muy cansada por lavar tanta ropa, yo recibí unos centavos de más y le daría un vestido usado que compré. Aluzados por la vela, cenamos. Afuera brillaba la luna.

27-Lavaderos-Iztacalco-1972