Narrador omnisciente indiscreto

Rubén García García

Así, calladito, calladito… ¡se ve tan bien!, nada de sombrerazos o alharacas. De esa manera hay que enfrentar a la muerte, como si fuese una vieja amiga, o una esposa a quien se le dice que sí, porque es el día de compra. Calmado. Ya vendrá cada año a festejar. Seguro que tendrá sus viandas de mole, su cerveza oscura y hasta es posible le ofrenden ese ron blanco añejo que tanto disfrutó. Claro que podría no suceder, si su esposa decide continuar la relación virtual y viajar a una costa en el Pacífico para hacerla real, donde los festejos hacía los difuntos son diferentes. No se altere, es poco probable, pero posible.

Oscuridad

Rubén García García

Volvió el viejo deseo en su fiesta de cumpleaños y encapsuló el secreto. La pretensión cuchicheo en sus sueños y un día, contrario a sus hábitos, se vistió con sencillez, dejó de asistir a las reuniones de canasta y disfrutó con emoción de niña los ritmos afrocaribeños de su pueblo. Su esposo, fiel acompañante, se extrañaba de los cambios, pero los atribuyó a los vaivenes que las mujeres padecen. Ella seguía siendo la mujer sencilla, apasionada y buena madre. Su esposo así la amaba.
Meses después llegó una ambulancia hasta su residencia. En el servicio de urgencias el médico no dudó en intervenirla. El marido, sorprendido, veía a un vástago que hacía contraste con la piel blanca de ella. Hinchada del corazón, acariciaba maternal a su oveja negra.

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La Sirenita

Rubén García García

El pescador regresó al caer el sol y piensa en voz alta “el mar ha sido todo para mí. me da el sustento y la belleza. Me ha enseñado tener paciencia: hoy no hubo pesca, mañana tal vez la haya” Por reflejo echó la red. No tuvo que luchar para depositar en el bote su presa, era una sirenita con ojos verdes y cejas color carbón, una niña que lo miraba resignada. Sabía que no le harían daño, y que tampoco podría escapar.
“Debería sentirme afortunado, es un golpe de suerte”. Todo estaba bien, lo que no encajaba era la mirada de la niña, inmensa, lejana y su cara tan parecida a la de su nieta que ya estaría esperándolo en el muelle. En silencio la liberó y la puso entre las olas del mar. Ella se impulsó dándole un beso en la mejilla. Cerca, su mamá la esperaba.

El Pescador y Su Alma” (Parte I). – Páginas Sueltas y de Colores

El búho

Rubén García García

El búho alisa sus plumas y lava su pico antes de dormir. Hoy no saldrá de caza.

La luna canturrea  entre las estrellas. Él la acompaña con el pensamiento. No quiere disgustarla; sólo desea estar con su recuerdo.  Así que cuando pase, cantará de pico hacia fuera.

Dentro de él,  hierven los vientos y agitan el polvo que el tiempo ha depositado.

Es gracioso y él se da cuenta, que no puede evitar su pensamiento analítico. Sonríe y después exhala un silbido que compite con el de los vampiros. Es la manera en que los búhos suspiran.

Ha perdido la figura esbelta y por más que alisa el plumaje da la impresión de ser un paréntesis. Nunca está solo, siempre acompañado por sus pensamientos filosóficos que guarda en las sienes de su testa.

Tuvo amores pasados que fueron y vinieron. “Las féminas estorban las cadenas de mi inferencia”, decía, después de saciar su apetito corporal. Sin embargo, se enamoró de una que no tenía cursos, ni recursos y su método de análisis era un champurrado de tonterías. La veía aletear alrededor de él demostrándole su entusiasmo. Hubo momentos que sonreía, luego se hizo insoportable. No estaba hecho para el dulce y un buen día se alejó.

Hoy la recuerda y comprende que hay fulgores que el pensamiento no puede obsequiar. Y el método de la razón magnifica la inmensa soledad en que vive.

Él ya no suspira, risotea como lo hace la hiena. La verdad es que llora, sólo que disfraza su emoción, pues no es saludable que pierda compostura e imagen: ahora canta alargando el tono como lo haría un bandolón.

Un dia en la vida de una mujer

Rubén García García

Me levanto sin pensarlo. Se oye el aleteo de los murciélagos en el perón; la noche ha sido fría y húmeda. A la olla del café le pondré más canela y agua. Despierto al marido y busco un pedazo de pan para que se vaya con algo en la tripa. ya se levantan los chiquillos y piden, —no saben si hay — pero piden. voy de prisa a llevarle el almuerzo: son tortillas untadas con frijoles y un poco de chile para que sienta que algo le pellizca el estómago. Limpiamos la milpa. Él se queda, yo me regreso a preparar un caldo de chayotes. Me llevo los niños a la cañada para que ayuden a cargar agua. con una buena vara se pueden cargar dos cubetas y otra en la cabeza. Agua para el marrano, para las plantitas de olor, las gallinas. Los perros piden después de que se come su mazorca. Agua en la cocina para el atole, el café y para la sed. Nada se desperdicia. Ya mañana que lave aprovecho para bañarlos y de regreso me ayudan cargando con la ropa seca; también compraré un litro de petróleo para los candiles, a oscuras no se puede remendar la ropa. Hace mucho que no tengo un hato seco de leña y los que la traen a vender no se arriman por aquí, saben que el dinero está escaso y los chamacos piden, —ellos no saben si hay— pero piden.

Archivo Fotográfico Rodrigo Moya: 2012
Foto de Rodrigo Moya 2012

Efectos secundarios

Rubén García García

Aspiraba el humo del café y decía: “en este momento puedo hacer locuras.» Yo reía, pensaba que era una broma. Una mañana fría después del exprés subíamos por el elevador y empezó a besarme. «tengo citas pendientes” y se fue corriendo. Jamás se volvió a tocar el tema. Un fin de semana tuve que ir a su departamento y dejarle los  documentos que necesitaría para una reunión de negocios. Tomé el aromático que me ofrecía y ella sólo agua. «Entonces, no me acompañaras con un café y le dí mi taza», le dio tres sorbos y espontáneamente me tomó de los hombros y me besó en el cuello. «Tienes una fragancia y suspiró». Dos horas después estábamos bajo la misma regadera. La acompañé y pasamos un domingo increíble. El aroma del café se alejó de mi sueño y encendí la luz del velador y solo habían transcurridos dos minutos. Mi esposa dormía profundamente. Fui de nuevo al baño, y regresé  satisfecho y relajado.

El León no es como lo pintan

Rubén García García


Tiene los ojos de muñeco. Buscó sus cigarros, tocó su cabeza, su cara, la barba. Su coleta había desaparecido. Miró a su derredor: las paredes impolutas, lisas y un cielo azul. El pasto mullido, la sombra acostada de los árboles que invitaba a la oración. Musica de chelos brotaba del suelo.
Iracundo gritó: ¡No! ¡basta! ¡basta!, ¡pongan a Metálica! ¡Mac Sabbath! ¡Ladybird! ¡quiero morir!, quiero morir!
—Estás muerto
—Quiero ir al infierno
—En él, estás. Y diviértete, …tu angelito al que siempre mandabas a la chingada.

Bajo el volcán

Rubén García García

En las noches de frío intenso te hacías bolita y tus pies se calentaban entre los míos; mi pierna derecha cubría tu redondez con fiebre y olor a canela. Ayer, dijiste que me apropié de la frazada y en la madrugada te despertaste. Vi en el reclamo de tus ojos una luz de enojo con regusto a quina. Dejamos de abrazarnos y había en la cama lejanía; cada uno comenzó a abrigarse con su propio cobijo de lana. En la noche, el frío regó cristales de sal en la casa.
No puedes conciliar el sueño, porque tu cuerpo no responde al acomodo; yo me cubro hasta la cabeza y, aunque mis ojos permanecen abiertos, solo veo una profunda oscuridad –fría como la menta– Afuera el viento ulula.

El canto de la primavera

Rubén García García

Escucho el ruido de la heladera. Afuera, va gritando el vendedor de mondongo. Flota una calma que no lo es. Se oye la alarma de un vecino. Después el silencio; veo por la ventana el pájaro azul negro. Es un día nublado, los cotorros en el patio chiflan fiu-fiu a mujeres inexistentes. Desde la avenida se oye el ir y venir de los carros. Muy a lo lejos llega el canto de la primavera. Me encimo en su silbido para escapar de la soledad.

Flota una calma;

no lo es, pero asfixia.

Vuelo a la sábana.

Gauguin, El Greco, Edward Hopper... o el arte de viajar a través de la  pintura
Gauguin

Complicidad en los aromas

Rubén García García

El ayer lejano. Duele porque ya no estoy en tus pensamientos. Hay días que tus manos acarician mi cara, y tus piernas rodean mi cintura. Los labios gritando hacia dentro y después el silencio cómplice. Hoy nos encontramos en el cinema, tú fingiendo una plática con tu pareja, yo, simulando no verte. Solo los aromas se mezclaron, viejos conocidos.

Plantas con mejores perfumes, aromas, fragancias | Página 3

El nido de las arañas

Rubén García García

La pelota hace una parábola y va rumbo al ángulo de la portería. El portero, pasmado la sigue con la mirada. El esférico rebotó en la fina malla tejida por una araña. Satisfecha de la resistencia, ahora espera algo más sustancioso.

Los goles de la final de la Champions: Los increíbles yerros del portero  del Liverpool y la chilena de Bale | Emol.com

El hada helada

Rubén García García

Makiu implora que aparezca su Hada. Está sentada en la cama y no puede dormir. Llega y acariciando su cabeza le pregunta:

¿Qué te sucede?

Cuando cierro los ojos, sale un león.

El Hada sonríe.

—Acuéstate y duerme. Yo haré lo mismo.

La niña se relaja y cuando ya abría la puerta del sueño, le pregunta el hada.

¿El león es de melena negra?

—Si. -Dice la niña—a quién se le cierran los ojos.

La madrina se retira, sonríe cuando la mira dormir. Llega a su retiro, pone la varita en el estuche, se tiende sobre la sábana, cierra los ojos, divisa la floración de las azaleas y entre los tallos se asoma una melena de color negro…

Pin by Maria Fernanda García Bustos on Animal Kingdom | Animals beautiful,  Cute animals, Wild cats

El diario…

Rubén García García

Me duele pensarte. El ayer cómplice es sombra. Duele porque estoy fuera de tus pensamientos. Rumeo Los falsos de la vida, la promesa enterrada. Es cierto, nada nos debemos. Hay días inevitables, inconfundibles, tus manos en mis mejillas; con mis piernas rodeando tu cintura. nuestras bocas mudas, ahogadas, gritando hacia dentro y después… el silencio.

2.4. El Postimpresionismo. Cézanne, Gauguin, Van Gogh | Las Vanguardias.  Las primeras Vanguardias
Henri de Toulouse-Lautrec:

Algo me recorre

Caballos en la marisma: Yegua retozando sobre la fresca hi… | Flickr

Rubén García García

Soy una mujer juiciosa, socialmente discreta, compañera y hasta tierna.  Veo la grama húmeda y lleva a imaginarme una yegua fina retozando. Me estremezco. Y me posee la hembra en la hierba, De la nada salen remolinos de lumbre y me incendio. Trompos que solo pueden ser calmados por dedos hábiles, una lengua ávida y un falo sublime que acaricie y frote. Mis labios exigen besar hasta tener en mi boca el recipiente exacto de tus germinales. Ser insaciable y ver de lejos a la mujer impoluta que por cualquier cosa se persigna.

Andrew Atroshenko: Expresionismo y la mujer como protagonista – Trianarts
Del Pintor expresionismo;Andrew Atroshenko
Nació en 1965 en Pokrovsk, Rusia
En 1994 ya, colgó su obra en importantes exposiciones como la de San Petersburgo Reutlingen, Alemania…
Tras graduarse de San Petersburgo, en la «Academia de Arte en 1999», fue invitado a participar en el Grupo «Arte de la Bahía» de Nueva Inglaterra. Si bien el trabajo de Andrew se vendía con éxito en galerías de toda la Florida, California, Ohio y Arizona, el artista participaba en un gran número de exposiciones colectivas y subastas en Francia, lo que dio lugar a que su obra se venda a en todo el mundo.

Intercambio*

Por Rubén García García

  • Rehaciendo un chiste

Eran las seis de la mañana cuando la madre superiora salía de su dormitorio. Monjas y novicias le hacían reverencia al cruzarse en los pasillos del convento. Las de más confianza la detenían y la interrogaban acerca de su descanso y ya para retirarse se despedían con un “ me saluda al padre Ramón” Recordó que en quince minutos estaría con él en el confesionario y  la referencia a él, lo atribuyó a este hecho.

Después de haberse confesado el padre le pidió que se acercara y discretamente le dio un pequeño bulto que se sacó de entre la sotana y le dice:

Ahora me da mis sandalias y aquí tiene las suyas.

Yucatán | El Ilustrador: Mérida, pasado y presente: Monjas (6)