—¿Qué tal las enchiladas de la fonda? —Mejor estaban las de mamá —Ya vendrá, fue a ver a su abuela que estaba enferma —De eso ya tiene un mes y no viene —Ya vendrá, ten paciencia. El fin de semana nos vamos a buscarla. —Eso me dijiste hace ocho días y te fuiste con tu compadre el «Mastique» El cielo de la ciudad se ha cargado de un color gris cemento.
El ayer lejano. Duele porque ya no estoy en tus pensamientos. Hay días en que tus manos acarician mis mejillas, y mis piernas rodean tu cintura. Los labios gritando hacia dentro y después el silencio cómplice. Hoy nos encontramos en el cinema, tú fingiendo una plática con tu pareja, yo, simulando no verte. Solo los aromas se mezclaron como lo hicieron alguna vez.
Llegó la abuela a cenar. Mal comió dos tamales, su taza de chocolate, pellizco el pan y terminó con su copita de anis del mono. Cruzamos miradas, y todos nos levantamos. En la puerta nadie se animaba a encaminar a la abuela, hasta que mi madre le dijo: usted ya conoce el camino. Bien sabe que al final de la calle comienza el cementerio.
Estuve a un instante de proponerte matrimonio. Apretaba con mi mano la tuya y cuando estaba a punto de hacerlo recordé tu carácter firme de ser tú. Con tiento deslice mi mano, y haciendo que saludaba un conocido, rompí el momento comentándote “asi que no te gusta la nieve combinada” En el audio se escuchaba la canción “nosotros”
2Mario Morales y Marilyn Herbert1 comentarioMe gustaComentarCompartir
Mi abuela, ahora con la pandemia, parece un río interminable. Ora a sus abuelos, a sus padres, al cura que la casó y a sus hijos, nietos, biznietos y sigue la parentela. Entre la abuela y un tal padre Rentería, que ofició en la Media luna al servicio de un tal Pedro Páramo, sigue reza y reza para ser perdonado, ¡me tienen hasta la madre!, y no dejan que concilie el sueño eterno.
Ayer pasó con bastón y morral el vidente Tiresias; me dio un manojo de hierbas. Me abrazó. “buen viaje”, me dijo. Un mes después, evité la cárcel del inframundo frotando el olor de la santa malva con la piel cérea de ella y con la mía…con dos tablas inmovilicé su cuello y la mantilla sobre la testa y bien sujeta a la quijada. ¡A dónde vas! le gritaron y ella por instinto quiso mover el cuello, y no pudo. La empujé hacia la salida y corrimos. Ella florecía en lágrimas y sonrisas al abrazar a sus hijos.
El frío con lluvia envolvía los huesos. “los fósforos se humedecen, así nadie los compra”, —decía la niña que los vendía en la calle. Pasó un gordo de barba blanca, la cargó. Los noticieros de última hora videograbaron. De regalo le dio un encendedor. “Esto te durará más“ y se fue silbando “Blanca navidad”
Acostado en el chinchorro, miro el mar y me agito cuando transitan los barcos. No puedo evitar que mis raíces se desordenen. ¿Tendré la fuga del nómada? ¿La prisa del viento? En tus ojos admiro los girasoles que revientan en mis sueños, y al acariciarlos, me da por besar tus pezones. Es la ola mil, los barcos se fueron y no tardas en pasar.
—¡Aguanta! Ya verás que llegando con el médico te compondrás —le dice al hijo.
Portilla está en la cresta de la montaña. El camino es atropellado. Con nitidez se escucha el fierro de la herradura. Golpea y resbala por el limo que cubre las lajas. El cielo oscuro y el viento helado saben del esfuerzo que tiene que hacer ella para no romper en sollozos. Sostiene con el reboso a su hijo; su pecho y vientre forma un nido, donde encaja el pequeño Moisés. Tiene cuatro años, conoce el maíz, el siseo de la víbora y la cereza del café; ahora, sus ojos son estrellas lejanas cubiertas por un párpado dormido. San Juan conoce el camino y guía con precaución a la bestia. Es mansa, pero con facilidad se espanta. Cuando patina tiene que gritarle: —¡Oh, Oh, ¡bestia! — para que vuelva a su paso. No se distrae, sólo atiende al camino. Recuerda que su mujer no le dio más hijos y siente nudos en el pecho. Por el riachuelo, un trueno irrumpe y la madre se persigna.
— ¡Gracias a Dios, casi llegamos! — besa la frente de su hijo, que revienta en fiebre –– te vas a componer ––le dice al oído––: ¡Apúrate, Celedonio, que el niño se desguanza!
El niño es depositado en un catre. La aguja busca una vena, que se oculta en una piel arrugada y seca. ¡Por fin!, un hilillo de sangre, señal de que está dentro. Es crucial embonar la manguera por donde bajará el suero. Con violencia el niño intenta sentarse; los padres le detienen, mientras el médico fija con una cinta adhesiva la aguja. Después, el niño se afloja, pareciera que el aire se escapa por los poros.
—¡Mi hijo! —Grita la madre.
El médico alumbra, la boca tiene restos de alimento. Voltea su cara, mete sus manos en la garganta y extrae los pedazos. La boca de él cubre la boca del niño dándole aire. Golpea el corazón y muellea con angustia el tórax. Los instantes caen como la flor que se deshoja. La madre estalla en gritos y balbuceos, gime y sus sollozos ruedan como las cuentas de un rosario que se rompe.
Regresan hacia Portilla. El viento frío trajo la lluvia. El caballo resbala, y en el “¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh!, ¡bestia!”, San Juan se muerde el labio y llora.
Nació después de las lluvias entre los arbustos. con esfuerzo logró hacerse notar, sin embargo, la penuria de sol, la tierra seca y la competencia criminal lo destinaron a ser enano. El tallo se hizo de jorobas por buscar el sol. Petiso, deslustrado, cuajó una papaya raquítica. Con respeto acaricié el fruto, tenía una carne maltratada y sin sabor. Dentro, escondidas entre sus pliegues, había cinco semillas oscuras y redondas donde estaba impresa la historia de su resiliencia y su deseo de trascender.