La línea blanca de la carretera se pierde, una motocicleta irrumpe y desaparece.
Por la mañana el sol cae sobre mi espalda; delante de mí veo una sombra desfalleciente. En la cima del cerro rozo las nubes, abajo, los árboles parecen arbustos. Los ojos se refrescan al mirar el río. tener el agua en el hueco de mis manos, humedecer los labios.
Mi sudor brota y hace aroyos que llegaran al mar. Irrumpe el ruido fugaz de la moto que poco a poco se pierde en la lejanía.
Tengo un rostro de madera que nunca dulcifico, soy de un perfil severo, que si alguien viniese a pedirme un favor; se retiraría sin pronunciar palabra. Los gestos, me los ha tallado la vida. Cuando joven, para no ser victima de los atropellos y después, como escudo para defender a mis hijos.
Dentro de mí, habitaba una niña que gustaba sobar el lomo a los animales, o correr tras la cometa y admirar el atardecer. Hoy, a mis ochenta años, la muerte duerme a mi lado y mis cuitas despiertan en mis labios, cada vez que sorbo el té… A la mitad de mi vida, sólo un varón conoció mi interior. Así, cuando él llamaba por mi nombre se dirigía a la mujer dura. Si éste salía cantado y en diminutivo, le hablaba a la pequeña; y si lo decía en voz baja y susurrándolo, entonces comprendía que buscaba a la mujer. En un tiempo lo amé, pero él tenía semillas de fuga, y tuve que olvidarlo. Las últimas veces que platicamos, le advertí que su presencia sólo sería atendida si dejaba tras la puerta su orla de sensualidad.
Nunca replicó, sólo guardó silencio y la mirada se alejó, como buscando alguna explicación. Cerré los ojos, y repetí que sería afortunada, si los hombres dejasen de rondar por mi vida. Ellos tienen más carne que espíritu: fuman, beben, son mujeriegos, torpes y en ocasiones estúpidos. Mi punto de desagrado crecía, si la insistencia llegaba al ruego. ¡No lo soporto! Yo nací para ser libre. Me decía. Un día dejó de venir y fue la niña que vivía en mí, la que más sufrió con su ausencia. Mi vanidad también lo recordaba. Yo continué con mi vida, me cultivé, atendí mejor a los hijos y después a los nietos, viajé mucho y el tiempo pasó como un respiro. Hoy llegó a mi memoria y dejé que fluyeran las imágenes como un tren que arriba a la estación con las puertas abiertas. Encontré selvas donde los helechos cambian la luz y la dispersan en cristales de colores haciendo que baile, como si cada canica de fosforescencia tuviese vida propia. Después me vi correr en la pradera; restregando con mi espalda la hierba mojada, como una yegua estremecida por el placer del retozo. Hoy me pregunto, ¿sí lo seguía amando, por qué lo evité? ¿Para ser libre? A la luz de mis ochenta años, comprendo que fui yo quien lo alejó. “Si deseas estar a mi lado, sólo serás espíritu; cuando meses antes había sido su mujer” ¿Cómo puede estar un hombre contigo siendo sólo espíritu? Si él busca de ti una apertura que comience con un beso. A esta edad, contemplo que mi saco de recuerdos está repleto de las travesuras de los hijos y mis nietos. Sin duda fui egoísta con mi corazón, o simplemente me negué a vivir… Hoy comprendo que la libertad es plena cuando tienes una persona que rebana el pan, mientras tú sirves el té.
De día te ocultas y de noche atisbo y leo las reacciones y tus pensamientos. Me siento y aplaudo tu exhibición de arte gatuno. baile de callejones que poco a poco te despojas de los prejuicios y das una excelsa. función de tu libido. Al día siguiente tímida te escondes. Rubén García García 4 de la mañana.
El sudor le corría desde la frente hasta las comisuras. El cabello oscuro reunía miles de gotas que al mesclarse con la luz hacía resplandecer sus ojeras. La palidez y el gesto de su cara se contraía cada vez que apretaba el dolor.
Eran las tres de la mañana en la sala de urgencias obstétricas. En el cubículo estaba ella y yo.
Mi compañero de guardia, arropado con una manta, dormía profundamente. Los cubículos separados por cortinas de plástico daban al espacio olores del yodo, de mercurio.
Nos conocimos en la Cruz Roja. La invité a salir a una ciudad cercana y disfrutamos de un fin de semana diferente. De regreso en el autobús, recostó su mejilla. La abracé. Mi boca reconoció el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó de ahí. Nos dejamos de ver y ahora ella se encontraba frente a mí, en un cubículo médico.
— ¿Eres el único médico aquí? —Sí. — ¿No hay nadie más que tú? —No a esta hora. —Debe de haber otro médico. —¡Claro que sí!, los médicos jefes se encuentran en el área de descanso. Mi compañero de guardia aprovecha para reposar y si tengo suerte en una hora me tocará a mí. ¿Por qué no te quieres atender conmigo? —Me da vergüenza. — ¿Vergüenza? ¿Por qué? —Tú sabes… no puedo contártelo, por lo que pasó entre nosotros. —Por eso deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención?
Poco a poco se fue relajando. Más resignada que conforme, aceptó la asistencia de la enfermera quien la llevó al privado y la ayudó a despojarse de su ropa interior. Ya situada en la mesa pude explorarla.
Mientras me quitaba el guante, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, pero los momentos eran tan opuestos ¡Qué lejos estaba la penumbra del camión! Su respiración resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que trasponía fronteras y nos llevó a recovecos de placer. No recuerdo qué nos detuvo, y nos despedimos con un abrazo estrecho. En cambio, en esta madrugada, mis manos se detuvieron en cada parte de su anatomía buscando la causa del sangrado; había que contener la hemorragia. Me comuniqué con el jefe de la guardia quien estuvo de acuerdo con el diagnóstico. La llevarían a quirófano.
Miró con ojos lejanos. Me dio un abrazo débil y un beso en la boca, escondió su cara en mi hombro y sentí el agua de sus lágrimas resbalar por mí cuello. —Por si no te vuelvo a ver —me dijo.
Una multitud observa como se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle a su madre enferma otra porción. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, y con una fiera recién nacida.
La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos oscuros de su pelo y me detenía en los signos de su frente. ¡Qué feliz me haces! Y su mano buscaba la mía. No advertía que después de su sonrisa, frucía leve el entrecejo.
Movía mentalmente la testa. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches. Comprendí que no era el varón que deseaba. Amablemente me despedí.
Hoy la vi fugazmente. Por delante caminaba el marido y ella atras con dos hijos. Esperaban el urbano. No pude evitar mi reproche conmigo mismo por no ser perseverante. Sin duda la amé y lo que vi me duele. Los tiempos nunca vuelven igual.
Escuché mi nombre en el velatorio y volteé identificando a un sujeto que nombraba a otro señor de marcada edad, risueño, apoyaba sus manos en el bastón. (o sea había tres Rubenes en un círculo de cinco metros cuadrados)-¿Qué haces tocayo? Aquí, despidiendo al amigo, se me adelantó por poco y como bien ves, esperando el camión. Sonrió lo suficiente para decirnos que pronto le tocaría a él.
Le dije a la Cristina que el mango de don Nicolás estaba a reventar, que todavía teníamos tiempo de ir a cortar.
“Ya es muy tarde”,
“no lo es”,
“y si llega mi mamá y no me encuentra, me deja sin cabellos”,
No. Vi que se llevó su librito de rezar y estará ocupada con el difunto.
¿Estás seguro?,
claro que lo estoy, pues mi mamá también fue al velorio, así mientras me subo al árbol, los corto y tú los cachas.
Eso se lo dije hace tres meses. Días después de haber hecho el corte dejó de hablarme y me evitaba, ahora me hizo la seña de que me esperaba bajo el mango.
No estaba lejos, diez minutos a buen paso, el árbol vivía casi pegado al arroyo. Teníamos la misma edad y en la escuela nos llevábamos bien; por eso algunas veces hacíamos la tarea en su casa o en la mía. Y cuando terminábamos sonreíamos a la menor provocación. La Cristina me gustaba para novia.
Esa tarde habíamos cortado mangos verdes, cocoyos y otros de un amarillo que invitaba.
Le hincamos la muela, el diente y toda la arcada a los mangos. Sonreíamos y sonreíamos porque a ella y a mí se nos escurrían hilos dorados que llegaban a la barbilla y al cuello. En un impulso, se los quité del mentón y me dejó seguir como si ella fuese el mango. Se hacía de lado, pero fue cediendo y llegué al cuello y más abajo. La tarde si hizo parda, así que me embarré de mango y le dije: te toca a ti… “no va a querer”, pero sí quiso. Después destripamos más frutos. Y con la lengua y labios sorbíamos el arroyo de dulce que regaba nuestros cuerpos. Regresamos sin mangos.
El árbol solo es dormitorio de tordos. Le reclamé a la Cristina porque no me hablaba. «No me hagas caso, ya te platicaré». Entonces la tomé de la cintura y la besé, ella no dijo nada, pero al tocarle sus pechos saltó hacia atrás y dijo que no. Qué estaba asustada y ahora contenta porque la regla ya le había bajado, aunque con muchos dolores. Qué mejor la viera en el patio de su casa en tres días, que sus padres se irían a la ciudad a visitar un compadre. Antes de despedirme me dijo al oído: cortas mandarinas…
La ciudad es un hormiguero de alientos. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados a la prisa y la ansiedad.Un cielo con grises que presumen agua. El viento tiene olor a metal y cuero; mueve tendederos, antenas y anuncios . Los pájaros nómadas se van huyendo del smog y del frío.Estoy guarecido bajo una cornisa y la gente corre. Algunos se cubren con los periódicos. A mi lado, en una tienda de ropa, le están colocando un vestido azul y una peluca rojiza a un maniquí; tiene los brazos abiertos y extendidos hacia adelante. Me prende el recuerdo.Un carro ronronea cerca, toca el claxon con insistencia. Me haces señas para que aborde; y tu mano, al girar, va de un do hasta un fa. Con la ceja saludo al viejo auto que a diario se rompe el espinazo por ti. Tenemos el deseo de besarnos en la mejilla, pero la luz del semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta.Me acerco con la rutina que aprendí hace tiempo; tomas mi mano y la aprietas, como preguntando: ¿por qué no me has hablado? En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y tu mano, que me sujetaba, se desplaza al volante. Hablas y hablas, y simulo una atención que estoy lejos de tener, mis monosílabos son evidencia de que deseo continuar en silencio. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. Muestras tu imagen de anteayer, y no la de hoy. No quiero escucharte decir que la mañana es fría, que llueve a cantaros, que la polución, el tráfico. Maneja, sólo maneja, no deseo platicar contigo. Así que, ¡sólo maneja! Me miras sorprendida, pues antes no te hubiera hablado de ese modo; de haberte permitido continuar, tendría el fastidio de tu discurso como esferitas tintineando. Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo se asfixia, estornuda cada vez que el rojo lo obliga a suspender la marcha. La avenida es larga y el semáforo se reproduce en cada esquina.Aquella mañana cuando por primera vez nos encontramos, ya te conocía porque todos me hablaban de ti, de tu sonrisa, la charla, tu cercanía con la música; y también sabía del carro, que era viejito, pero… ¡qué cómodo! Jamás se quedaba, era un burrito de trabajo, sobre todo, para una mujer. Imagine en qué problemas si el carro se detuviera, ¡y con el tráfico de México! ¡Qué carácter bonito, nunca enojada!, y cómo cambiabas cuando tus manos iban y venían por el teclado del piano.Recuerdo cuando te sentaste a la mesa, los cabellos se tendieron en la superficie. Olías a mañana de pueblo que por la noche se lava después de un chubasco. Tus ojos negros, vivos, difíciles de atrapar, te otorgaban la belleza de un pez en movimiento.El café llenaba de olor la estancia y mientras platicábamos, aspiraba tu presencia. Te imaginé dentro de mí. Fue una delicia verte a mis anchas y enjuagarme con tu aroma. Te inventaba recovecos para dejarte en mis entrañas. escapaste.Me habías conocido con la barba de varias noches y ojos adormilados. ¿Abrirlos? ¡Para qué! Era ver lo mismo: los monitos de porcelana en actitud de darse un beso con una patita levantada, el reloj con el gorila que al aplaudir daba las horas.Así llegaste a mi vida. te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y tristeza adosada por años a mi equipaje. Mi piel fue cambio de textura, el color viejo se hizo más vivo, y se limpió de resabios. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen que respiraba. — Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes estabas cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos hablan más. Era increíble, ¡me tomabas en cuenta! Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me habitaste la piel con tus caricias y mis ojos brillar cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se volvía un instante.Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí, sin estarlo, y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, un asombro. Observar tu carro doblando la esquina, me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo, pero fui dejando de ser, hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río, bracear hasta el desmayo. Hundirme en el fondo enredarme en la hierba y el agua llegándome al alma y cuando al fin alcanzaba la orilla, volvía la soledad. Cabizbajo solía regañarme por no haber interpretado tus señales.Hoy, soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.
Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos se juntan en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros. —Como quiera ya estaban empapados, además, llegarán a sus casas a bañarse. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad? –preguntas. —Déjame en la esquina, por favor. — ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres? —No, gracias.El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad de la noche. A mi lado un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que busca su cueva.
Jugábamos dentro del baño. Abrí la manivela de la regadera y las gotas frías cayeron sobre tu cabello, la camisa mojada se pegó a tu espalda. Me llevaste a tu lado, el agua nos cortaba la respiración. Pasamos a la pasión que azuzó la lava de tu boca, saciaste tu sed con la plenitud de mis pechos, me llené de contracciones. tomé de tu geografía la península y la anexé como un territorio conquistado. Sonaba el agua, el gemido y mi pierna fue boa enroscada a tu cintura. El frío tomó su sombrero y se fue.
El cuerpo se encontró vestido con una túnica blanca ensangrentada. La causa de la hemorragia fue causada por una corona que le incrustaron con un cincel en el perímetro del cráneo. El seno izquierdo había sido cercenado por el filo diamantino de un instrumento. El departamento de investigaciones especiales, después de un escrutinio no había encontrado señal. Una segunda ronda hecha por el departamento forense a cargo del doctor Quinci* recogió una muestra de una diminuta mancha hemática del vidrio de la ventana, que después de minuciosos análisis fueron identificadas como pertenecientes al portador de un raro defecto molecular en el cromosoma X. Más tarde, el asesino en serie era detenido… Sacó el disco compacto del DVD y lo tiró por la ventana del octavo piso como si se tratara de un drom. Repasó en su mente las últimas películas del género. Salió exaltado y abordó el avión que lo llevará a una ciudad de la frontera. Era tiempo de sentir el latido de la acción y prenderse de adrenalina.
Rubén García García. Médico egresado de la UNAM. La brevedad ha sido compañera. Nace en Álamo, Veracruz, México y ha sido publicado en diversas antologías y revistas electrónicas.