La tocata en fuga de Rubén García García

Sendero

La ciudad es un hormiguero de alientos. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados a la prisa y la ansiedad.Un cielo con grises que presumen agua. El viento tiene olor a metal y cuero; mueve tendederos, antenas y anuncios . Los pájaros nómadas se van huyendo del smog y del frío.Estoy guarecido bajo una cornisa y la gente corre. Algunos se cubren con los periódicos. A mi lado, en una tienda de ropa, le están colocando un vestido azul y una peluca rojiza a un maniquí; tiene los brazos abiertos y extendidos hacia adelante. Me prende el recuerdo.Un carro ronronea cerca, toca el claxon con insistencia. Me haces señas para que aborde; y tu mano, al girar, va de un do hasta un fa. Con la ceja saludo al viejo auto que a diario se rompe el espinazo por ti. Tenemos el deseo de besarnos en la mejilla, pero la luz del semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta.Me acerco con la rutina que aprendí hace tiempo; tomas mi mano y la aprietas, como preguntando: ¿por qué no me has hablado? En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y tu mano, que me sujetaba, se desplaza al volante.
Hablas y hablas, y simulo una atención que estoy lejos de tener, mis monosílabos son evidencia de que deseo continuar en silencio. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. Muestras tu imagen de anteayer, y no la de hoy. No quiero escucharte decir que la mañana es fría, que llueve a cantaros, que la polución, el tráfico. Maneja, sólo maneja, no deseo platicar contigo. Así que, ¡sólo maneja! Me miras sorprendida, pues antes no te hubiera hablado de ese modo; de haberte permitido continuar, tendría el fastidio de tu discurso como esferitas tintineando.

Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo se asfixia, estornuda cada vez que el rojo lo obliga a suspender la marcha. La avenida es larga y el semáforo se reproduce en cada esquina.Aquella mañana cuando por primera vez nos encontramos, ya te conocía porque todos me hablaban de ti, de tu sonrisa, la charla, tu cercanía con la música; y también sabía del carro, que era viejito, pero… ¡qué cómodo! Jamás se quedaba, era un burrito de trabajo, sobre todo, para una mujer. Imagine en qué problemas si el carro se detuviera, ¡y con el tráfico de México! ¡Qué carácter bonito, nunca enojada!, y cómo cambiabas cuando tus manos iban y venían por el teclado del piano.Recuerdo cuando te sentaste a la mesa, los cabellos se tendieron en la superficie. Olías a mañana de pueblo que por la noche se lava después de un chubasco. Tus ojos negros, vivos, difíciles de atrapar, te otorgaban la belleza de un pez en movimiento.El café llenaba de olor la estancia y mientras platicábamos, aspiraba tu presencia. Te imaginé dentro de mí. Fue una delicia verte a mis anchas y enjuagarme con tu aroma. Te inventaba recovecos para dejarte en mis entrañas. escapaste.Me habías conocido con la barba de varias noches y ojos adormilados. ¿Abrirlos? ¡Para qué! Era ver lo mismo: los monitos de porcelana en actitud de darse un beso con una patita levantada, el reloj con el gorila que al aplaudir daba las horas.Así llegaste a mi vida. te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y tristeza adosada por años a mi equipaje. Mi piel fue cambio de textura, el color viejo se hizo más vivo, y se limpió de resabios. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen que respiraba.
— Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes estabas cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos hablan más. Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!

Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me habitaste la piel con tus caricias y mis ojos brillar cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se volvía un instante.Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí, sin estarlo, y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, un asombro. Observar tu carro doblando la esquina, me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo, pero fui dejando de ser, hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río, bracear hasta el desmayo. Hundirme en el fondo enredarme en la hierba y el agua llegándome al alma y cuando al fin alcanzaba la orilla, volvía la soledad. Cabizbajo solía regañarme por no haber interpretado tus señales.Hoy, soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.

Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos se juntan en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.
—Como quiera ya estaban empapados, además, llegarán a sus casas a bañarse. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad? –preguntas.
—Déjame en la esquina, por favor.
— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?
—No, gracias.
El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad de la noche. A mi lado un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que busca su cueva.

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