Sendero
Lo llevo a mi lado, sujeta mi brazo. Pasea mi belleza en la alameda. Otras parejas hacen lo mismo. Algunos me miran admirados, otros no ocultan el deseo. Me perturbo con su lascivia y me complace. Mi esposo es tan inapetente.

El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
Sendero
Lo llevo a mi lado, sujeta mi brazo. Pasea mi belleza en la alameda. Otras parejas hacen lo mismo. Algunos me miran admirados, otros no ocultan el deseo. Me perturbo con su lascivia y me complace. Mi esposo es tan inapetente.

Sendero
Ivi es tristeza. Por más que la procuran su salud es precaria. Su abuelo para distraerla la llevó a la feria. Sorpresa. Ella abrazó a un Santa Claus y le ha sonreído y él con ella. Ivi es su único familiar y verla jugar es un maravilloso regalo. Dueño de una cadena de casas comerciales, le ofreció el oro y la mirra… «Sí desea más dígame. Lo quiero para que haga sonreir a mi nieta”, la niña le dijo al oído, «no se lo has pedido por favor» El Santa condicionó a que el abuelo estuviera presente y si hubiese un cambio, le diría el costo. Un mes después… la niña juega, come, y escribe cuentos para evadirse de la melancolía. Al mes llegó un dron. —Me debe la mitad de las ganancias que haya tenido en el año. Se introdujo al carruaje y se fue surcando el cielo de la tarde. El abuelo se olvidó del compromiso. La niña se hizo crepúsculo. El magnate movilizó la policía del mundo. La soñó con harapos y pidiendo limosna. Tampoco localizó el Santa que hizo sonreír a la nieta. Triste y angustiado ordenó que su mansión abriera las puertas e invitó a cenar a los niños y que se llevaran el juguete que desearan. A los padres, alimento y ropa. La noche del veinticinco, al despertar, la vio dormida sobre su brazo.

Sendero
Hay quienes halagan y sin mediar un acomodo solicitan respuesta a sus pretensiones; pero mi deseo no se mueve. Este corazón está contento con el que no puede estar siempre para mí, sólo tengo momentos, sin embargo todo el coraje contra la vida desaparece cuando sonríes. Nunca sabré que es mejor, sí haberte conocido, o no. Pero no dudaría estar a tu lado; mis días los llenas, y eso es enorme. El mañana es incertidumbre.

Sendero
La tabla que llega húmeda y olorosa. La acarician los artesanos con la mirada, la miden, la trazan, y con delicadeza la hacen reposar en donde el viento, la sombra y el sol se alternen. La compran recién aserrada. Las acomodan en pilas y entre verán pequeñas calzas para que el viento pase. Al tiempo, desaparece la humedad y queda el aroma dulce. Los ebanistas con el ojo afinado la delinean y saben dónde pasar la garlopa, así las piezas medirán lo mismo, tanto por el lomo como por la panza. Ellos transforman el vacío. Cuando terminan, la casa respira, exhala el tiempo y el dulce del aroma. Luego vendrá el café, el crepitar del fogón y la mujer.

Sendero
…en la cantina había una mesera rodeada siempre de clientes. Estaba sola y la Invité. Tenía sed, rápido se tomó dos. Me acerqué, no protestó. A veces llegaba un cliente, en cuanto se desocupaba venía a mi lado. Sin presionar ella ponía su palma en mi muslo. Osado hice lo mismo y me sorprendí al sentirle un músculo tieso; en ese momento pagué la cuenta y salí.
Los cuatro maestros se reían. Un silencio que dio paso a una pregunta: ¿le creen a este cabrón?
—Besotes que le ha de haber dado
—Bien apañada, metiendo mano.
—Hasta imagino que la lengua de ella se colaba por la ventana que tienes en la boca.
Otro de ellos, sacó la lengua y la dobló en forma de taco. Reían hasta ahogarse.
Era de tez blanca, en ese instante, parecía tener rubeola y pretextando un compromiso, se fue, llevándose a su mujer que le preguntaba ¿y de qué se reían tanto?
Sendero
Mi madre remaba rio abajo hasta llegar al mar, cruzaba la bocana y desembarcábamos en la playa. Traía un pocillo, agua hervida, y sal. Mi hermana mayor hacía hatos de leña y con la seca hacía una fogata. Cada vez que la ola se retiraba quedaban pulpos, cangrejos y jaibas. Regresábamos con el combustible que sería para hornear el pan. Sorprendida de tanta vida en el cielo y en la tierra.
Hoy ni los pajaritos se paran en el alambre.

Sendero
Redondo, profundo. Tantas veces que recosté mis labios, mi lengua ávida de tu centro. Tu ombligo era lo más hermoso de ti, y es por eso que lo conservo en metacrilato. Con mi cara triste voy a los colmados y cuando los conocidos me preguntan por ti. no puedo evitar llorar y decir: “ él se fue de viaje de negocios y ya no regresó” Su abrazo de consuelo de mis amigas me hace sentimental y gimo. Saben lo difícil que es para una mujer llevar la vida en soledad.

Sendero
Un sano es un enfermo no diagnosticado.

Sendero
La casa está sola, se siente sola. hay un silencio ardiente. El enorme mango no se mueve. El sopor de la tarde asfixia. Hago llevadero el instante con frecuentes tragos de cerveza y con ráfagas del ventilador. La estridencia proviene de la casa del vecino. Tiene tres días que no estás. Te llevaste el ruido de los trastes, la tonadilla de la estación que escuchabas, el taconeo de tus pasos en la madera, el aroma de hierba en tus cabello, el sudor que corre por tu espalda… hay un enorme vacío que no lo llena mi esposa.

sendero
Osada, desafiante. Veloz para esconder el diálogo que manteníamos si llegaba un intruso. Viajé por su ciudad, me mostró su casa, “por si vienes, te diré cómo entrar”. Rincones que ella conocía. Allí, si llegara alguien, te escondo y sonreía. “chist parece el carro de mi jefe no te muevas”. Hoy la recordé. Las pláticas de media noche quedaron mochas, luego enterradas. Nunca más supe de ella. Su muro se pintó con una cruz verde. El suicidio en las redes es menos complicado que en la realidad. -me dije. O su alter ego, quizá platique con más osadía con otro. Aún tengo la oveja que me hizo llegar, blonda y pachona y ella no sé si guarde el perro ovejero.

Sendero
Llevan las pelotas de ropa que han lavado en el río. No tarda la noche y saben que el marido las estará esperando para que busque algunas tortillas que con frijoles, chile verde saben ricas. Él quedará con la panza llena. Hay un huevito que reparte entre sus dos hijos, ella con un café negro con piloncillo se conforma. Hay que ordenar la ropa, planchar el uniforme de los niños, limpiar los zapatos y calcetas que remendar. Antes de acostarse va a verlos, y los besa. Trastea, hace tiempo en la cocina, y confía que el compañero se haya dormido. Solo desea dormir, y dormir como si nunca hubiese dormido.

Sendero
Un soldado de guardia se sonrojaría al verte caminar de un lado a otro. Sosiégate, “la cosa es calmada” como dice el cómico Clavillazo. Atiende, el padre Rentería, ¿qué quién es?, el que oficiaba misas en la Media luna. Sí, ese que servía a Pedro Páramo, dará un curso de cómo alcanzar la paz eterna, en solo tres lecciones. La inscripción no tiene costo. Decídete, ya tus hijos están grandes y total, no hay nada que perder.

Sendero
Sonó el timbre. Pensé en el primo Augusto, y de la alegría pasé a la inquietud. ¿y si fuese la mamá de Conchita? Cuando salía de la escuela la jaloneaban de los cabellos niñas más grandes. Es vecina y la defendí. Ahora, cada vez que me ve, toma impulso y se cuelga de mí y me abraza con sus piernas. Le dije que no fuese tan efusiva, y no me contestó. Sucedió frente a su casa, cuando me dirigía a la universidad. Creí ver a su mamá observándonos tras la ventana.
Abrí la puerta, era Conchita que me traía un recado de su mamá, me invitaba a comer. Al ir hacia su casa miles de cosas pasaron por mi mente. desde un “gracias ya Conchi me contó” hasta la advertencia de un acoso.
Al entrar al patio fue la niña quien me dio un beso frente a su mamá, con el estilo de aventarse y sujetarse a mi cuello y abrazándome con sus piernas. Es mi héroe. le dice a su mamá. La evité lo más que pude y si permitía su elocuencia la tomaba por sus axilas y la levantaba. Con el tiempo se hizo moderada y solo me abrazaba efusivamente y sentía su beso en la mejilla…
Abrí mi despacho de contador y mi auxiliar me dijo que era una señorita
Era conchita que, al verme y fiel a su estilo infantil, corrió hacía mí, abrió sus piernas, me abrazó por el cuello y me dio un efusivo beso a la mejilla, no aflojó sus piernas, y su boca me dijo al oído. Sabes, ya soy mayor de edad…

Sendero
Tu presencia hubiera sido una estrella a mi lado. ¿Cómo ocultarte? si el amor no admite espejismos ¡Cómo no llamar la atención! si todos ven caer la lluvia sobre la palma de mis manos.
Zancadillas que nos da la vida, todo hubiese sido mejor en la secreta complicidad.
Sendero
Me perturba con solo escuchar su voz. ¡no lo aguanto! He decidido matar a mi marido. Lo conozco bien. El momento idóneo es por la tarde, al tomar su café. Es gordo, de presión alta y azucarado. Tenemos en común, que estamos enfermos de la presión. A él le sube, a mí me baja. Unas gotas de mi medicina en su café; no lo notará. Sustituir sus tabletas por unas de almidón es factible. Lo atenderé como siempre: y a esperar. Lo que venga primero: un infarto es rápido. He comprado un vestido negro, discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón, fina caída. Ese día calcé el vestido negro, maquillaje discreto. Mi esposo y yo, no tan solo coincidíamos en la presión arterial, sino en la intención. Al verme en el velatorio, los familiares exclamaban. ¡qué hermosa se ve! hasta parece que está dormida.
