Este corazón está contento con el que no puede estar conmigo. Sólo por momentos me complace, sin embargo todo el coraje contra la vida desaparece cuando él me sonríe. No deseo saber que hubiese sido mejor, sí haberte conocido, o no. Pero en el aquí y el ahora, mis días los cambias en veredas de flor y sol. Los disfruto y eso es suficiente.
Quién maullaba de dolor fue mi gata. En mi velorio estuvo escondida entre los arreglos florales. Luna, mi gata, sabía que yo planeaba matar a mi esposo, pero, se me adelantó. No había dinero de por medio, simplemente odio que se afilaba cada día. Él ganó. Fue simple, regó lentejas en la escalera y … Luna vio todo. El vestido negro que compré para lucirlo en el duelo de futura viuda, ahora me lo llevo de mortaja.
Escúchenlo: «después del novenario me encargaré de la gata, me mira con odio y huye cuando intento acariciarla».
Luna duerme en el sótano. Percibe mi energía como yo la de ella. Luna hizo lo que yo no pude. Fui testigo.
Todas las noches la gata llegaba a la recámara cuando él dormía, se recostaba a su lado y antes que despertara desaparecía. Una noche le dio un acceso de tos violento y prolongado que le ocasionó un infarto. Nada raro en un hombre añoso, hipertenso y gordo como marrano.
Lo encontraron muerto, con la boca abierta y los ojos de espanto. Sobre la lengua miríadas de gusanos. Cuando se lo llevaron a la morgue, uno de ellos vio la gata con un inocente y doloroso aullido.
Seguro que era su mascota, dijo el legista, cuando lo autopsiaban.
En mis sueños escuché en la lejanía tus balbuceos de pa…pá como murmullos entre el agua. Pasaron muchos años. Sigo en mi ataud, impoluto. Soñando. Hoy vino mi nieta a contarme que habías nacido y que mi nombre sería, el que yo tuve. Tus balbuceos que movieron mi corazón, solo estaban atorados en el gusano del tiempo.
Miraba su lunar sin que ella se percatara. Admiré su pelo lacio. ¡Qué feliz estoy, decía! Y su mano se entrelazaba con la mía. No advertía que después de su sonrisa, plegaba leve el entrecejo.
Movía por reflejo el mechón de su pelo. Las últimas veces al despedirnos, notaba su apremio por darme las buenas noches.
Comprendí que no era el varón que deseaba. Y en señal de despedida rozaba mi mejilla con sus labios.
Hoy la vi fugazmente. Por delante caminaba el marido y ella atrás lidiando con dos hijos. Esperaban el urbano.
La amé y lo que vi duele. Me vio, y fingió no verme.
Lo conocí hace cinco años. Nunca nos dijimos adiós. Tardó en irse, decía que se iba y regresaba. Cuando se fue, se fue sin despedirse. Hoy regresó disfrazado. Ayer sacó un estilete y picó. caminé jorobado y apretándome la pierna. Me sonrío con su sombrero de bombín. meneo la mano en círculos. dándome a entender que regresaba. Me encerré en la madriguera a lamerme la herida y medroso por no saber cuándo llegaría.
Abrí el portón, caminé entre las flores y las ramas de durazno. Salió una niña espigada, morena, con su pelo a la cintura y una sonrisa con hoyuelos.
—¿Aquí vive la señorita Alicia?
Asintió, y me invitó a sentarme. Se lo agradecí con una sonrisa.
—Dice mi hermana que lo espere un momento. Me trajo un jarro de agua y otro de café. —Ahorita le traigo pan, es rico, anoche lo hizo mi abuela.
«Este pan solo lo comes por estas tierras de frío con hornos de barro. Es exquisito».
El corredor tenía enredaderas que formaban un arco de hojas y flores.
«Salí antes que el sol. El pasto lleno de rocío. Al caminar la huella se quedaba impresa. Me pregunté ¿Cuántas generaciones habrán transitado por estos senderos? y vi correr a los aztecas llevando el pescado fresco a Moctezuma, décadas después el trote de los caballos que iban al altiplano. Al pisar los grillos saltaban, parecían serpentinas de colores. Ya el viento enfriaba mis orejas que las cubría con una bufanda. Se disipó la neblina. A los lados del camino se levantaban macizos, formando una valla.
Sobre las rocas se echaban las iguanas que te regresaban a un tiempo antiguo.
El sol descubrió los volcanes. ¡Qué majestuosidad! La alegría del escalador al conquistar la cima. ¿Qué sentirán? El aliento pobre, las fuerzas al límite y el corazón en plenitud. La mirada hacia el valle, sintiéndose águila entre las nubes. ¡Ser Dios! un millonésimo de segundo y después la humildad, que es la mejor manera de estar en paz consigo y con los hombres. La vida tiene muchas montañas. Mis rodillas viejas se duelen al peso del frío. Solo he sido un trepador con la imaginación. No importa si no soy ave o cometa.
El viento llegaba con olor de pinares, resoplé y el pulso se hizo rápido. Atrás dejé mi casa, mis libros y una mecedora. Seguí, olvidé el dolor y las percusiones de mi corazón. Disfruté de los colores del cielo. Respiré hondo y me hice uno con el paisaje.
Salieron viejas canciones que tarareaba cuando regresaba de la escuela. Por el sendero topé con nopales tasajeados por caminantes. Las pencas recientes de un verde limpio y arriba de la planta aparecía una procesión de tunas.
Nadie inventó la campana, estas existen con forma de flores, las ladea el viento y tintinean perfumes. Encontré un campo de ellas con variedad de colores. Bajo las piedras las lagartijas. Había un ajedrez de vida, donde cada pieza tiene una labor y todas se ordenan de manera celestial. Nadie intenta suplir, cada uno es como es y eso lo define como auténtico. Amo a las personas por esta cualidad y no por la apariencia. Me río al imaginar a una campana que suene como rebuzno.
El café de barro, endulzado con panela y un pan que no comía desde niño. La casa tiene calor y una mezcla de aromas, La niña de los hoyuelos viene de nuevo a preguntarme ¿No quiere que le traiga más café? Mis manos callosas abarcan la circunferencia del pocillo aromático. Al entibiar mis dedos le doy gracias a la vida de poder abarcarla con mis manos.
Eres un objeto peligroso y te encapsulan. No hay despedidas. «¡No aguantó! ¡llamen al camillero, traigan bolsas!» Ahora comprendes que fue por rechazar la vacuna. Por hacerle caso al amigo. Hoy lo ves claro. Por supuesto que él se vacunó, pero a ti te convenció de que no lo hicieras. Te llega la voz de tu mujer, que ahora va del brazo de Arturo a la sala de espera.
El hecho de que hagamos una fila extensa, cada quien, cargando la sagrada manutención, de ninguna manera quiere decir que lo estamos sustrayendo, por eso interponemos una queja a nombre de nuestra sociedad. Levantamos los aguijones en ristre para que de su vocabulario desaparezca la despectiva frase de robo-hormiga.
Alguna vez te pregunté por el Rondi y pusiste cara de «no me acuerdo». ¿Cómo es posible?, si tu marido y tú eran uña y carne con él? y con menosprecio me contestaste: «Ah el Rondi, pues no sé nada de él».
Allí si te di la razón, a mí me pasa lo mismo, soy desmemoriado. Pero no me cabe que se te haya olvidado. Era ágil, juvenil con sus rizos dorados que le caían sobre la frente. Con una manera de caminar felina y que al cruzar la pierna dejaba que el pie se balanceara como si tuviese resorte. Era típico de él, como lo tuyo, que antes de que el pie dejara de moverse, revoloteabas en la cocina y desde allá le preguntabas ¿qué se te antoja? Tu esposo sonreía satisfecho de que fueses tan buena anfitriona.
Latz y yo creíamos que algo les había dado para tenerlos tan mareados. Sabía que había llegado del norte, pero nadie habló de cómo fue que se conocieron y por qué todos los días llegaba a tu casa, y comían con él. En algunas ocasiones, ya de noche nos despedíamos Lats y yo, y él seguía la plática.
Antes del Rondi, los cuatro, Latz, tú, Toño y yo hacíamos planes. Tuvimos viajes de placer hacia el río, el mar o ir de serenata el día de las madres. Por supuesto terminábamos mareados por la cerveza, Recuerdo que nunca te sobrepasaste. Tu esposo tenía un carácter llevadero, pero algunas veces se alteraba y era capaz de desbaratar cualquier plática y había que despedirse. ¿Habrá pasado lo mismo con el Rondi?, sólo sé de ese episodio que fue tan especial y que más parecías esposa del Rondi , que de tu marido. Latz y yo secreteábamos que el amor se te veía en todas partes. Te reconocía por ojos de gata, boca roja y gruesa. El busto grande y unas piernas largas y velludas. Sí, la mujer no se rasuraba como ahora lo hacen. ¿A poco tu esposo no se daba cuenta de tus cambios? Pienso que no, porque él también estaba entusiasmado con la amistad del nuevo amigo. Tenía tanta confianza, que cuando se iba a trabajar, el Rondi se quedaba contigo haciendo sobremesa. Claro, eso también pasaba con Latz y conmigo, y despedíamos al gordo con bromas. Él se iba contento de que tú te quedaras bien acompañada.
¡Cuántas fiestas tuvimos sin el Rondi! Estábamos solos en tu casa, se fue la luz. En la oscuridad sentí tus manos. Tu boca cercana, bajé el zíper. Instante suficiente para sentir la humedad de tu boca. luego tu voz: «ya vete…» semanas después el que llegó fue el Rondi y ya no hubo manos inquietas. Y ahora que te pregunté por él, dices que no sabes nada. Tal vez se te olvidó, pero a mí no… aún rescato con la imaginación a mis manos oprimiendo tu cabellera.
«Aquí está la lámpara que aluzó el último segundo de vida de la hechicera de Saba. Tú piensas que digo mentiras, cerciórate y préndela. Mira su luz y encontrarás en su resplandor la luz guía que te hará un hombre de poder».
La prendió. Buscó la flama.
—No hay ninguna mirada, ni hechicera. Solo por un instante miré tu rostro.
—Y ahora que ves, le preguntó con un dejo de indiferencia, —ahora veo mi cara.
—Lo has logrado
—¿Logrado qué?
—que yo sea libre de volar por el mundo
—Nada hay más grande que el fuego. Solo se paciente…llegará alguien a sustituirte, como tú lo has hecho. Quizá mañana o nunca, no lo sé.
¡Mírala! ¡qué hace! Ella por la noche prepara su bebida; tiene boldo, sauce y cascaras de quina. Así conserva su carácter fuerte, sólido. Amarga su corazón, frita la alegría. Nadie la tiene como amiga por ser diferente. O es bruja o es marimacho. La he visto llorar en las noches, cuando prende su cigarro de hojas.
Un coco siempre creyó que podría ser luna, tanto que enloqueció. Un día lo vieron aluzar y se corrió la noticia de que la luna había bajado a beber del mar. El coco, en su locura, nunca se percató que la vida le había concedido ser un nido de luciérnagas.
Sentado en el risco y alargada la mirada a la infinitud del mar, te digo Susana que estar sin ti me pone a la deriva, mi barca tropieza. Creamos el paisaje.Sorbíamos el café, lo consumía con la belleza de tus manos. Te busco y es un páramo el cielo. Un infierno saber que no vives conmigo y que el muerto soy yo.