Sendero
«Conoce el mundo; la hierba es dulce y fresca»
Y el grillo en el vuelo miró que sobre las hojas había aun, canicas de rocío; después sobrevino la oscuridad y los brincos del sapo.

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Sendero
«Conoce el mundo; la hierba es dulce y fresca»
Y el grillo en el vuelo miró que sobre las hojas había aun, canicas de rocío; después sobrevino la oscuridad y los brincos del sapo.

Sendero
Era una mujer que corría en contra de la brisa. zarandeaba sus rizos castaños y la blusa parecía un globo que se comía a bocanadas el aire. La falda enredada a su silueta con su cuerpo de garza impulsándose al vuelo. Blanca de algodones, canela en sus piernas, me llevó tan lejos que cuando mis manos rozaban su pelo de cobre, se perdió en el murmullo de las olas.
En el patio de la quinta una perra ladraba. Contemplé la alborada, no tardaría el sol en mostrarse y yo, en desaparecer.

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La fiesta de las babosas de Rubén García García
Cansada del trabajo del día, apenas si pudo regar el jardín, le emocionaba mirar los botones de las rosas y la floración del durazno. Mientras ella duerme a pierna suelta, las hormigas en una fila interminable llevan el sustento a los hongos que cultivaban. Las babosas hicieron una ensalada de gloxíneas y violetas y se fueron con la panza llena…

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Se miró en la playa en un cielo anaranjado. Estaba arrodillada con las manos sobre la arena. Los últimos rayos del sol aún pintaban de sepia la curva de mi talle; la popa era un puerto expuesto. A cada empuje de mi amante mis dedos se enterraban en la humedad. Los labios de él en mi nuca. Tienes — dijo—, un río hermoso en tu espalda. Desperté en mi dormitorio sudorosa, asombrada y pervertida con granos de arena en mis pezones.

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Anestesía de Rubén García García
No conoció el placer de danzar con el viento, Jamás se emocionó con el solo de la flauta, ni se detuvo cuando el aroma de la vainilla placía en el viento. Yace virgen, se fue desconociendo la infinitud del amor y el placer, envuelta en una sábana que tiene más vida que ella en vida.

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Esa mañana entraban y salían de la casa del anciano amigos y familiares. Escuché que deseaba despedirse de sus amigos porque mañana por la tarde moriría.
Lo encontré sonriendo, limpia la mirada y con su traje blanco. El olor de los enfermos terminales es evidente. La muerte se huele; yo no la olía. Estaba recostado sobre una almohada. Lo saludé a su usanza: tocando la punta de sus dedos con los míos. No sabía qué decirle y él fue quien rompió el silencio, nunca lo había tratado. Me miró sereno y en castellano, me dijo:
—Voy a morir. Lo tengo previsto. Mis hijos ya saben qué les va a tocar. Me iré limpio del corazón y de la conciencia, el padre ya me confesó.
—No te vas a morir — le respondí.
Lo veía tranquilo. No tenía signos atrevidos de enfermedad.
—Así está dispuesto. Ya sé en qué lugar quedaré. Escogí en lo alto de la loma, para que mire hacia mi casa.
El cementerio tenía una parte en la loma. Desde allí, su casa era visible.
—No te vas a morir, verás que mañana tomaremos café con tamales. —Y me despedí con respeto.
Nunca supe qué sucedió. El anciano habló de la muerte como si fuese parte de la vida, como decir mañana haré esto y lo otro. Cierto, murió en la madrugada, claro de conciencia, fibroso como una raíz y está enterrado en la loma, mirando hacia su casa a la que volverá cada año.

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Ni se te ocurra salir un martes trece, porque nunca llegarás a un puerto y en algún mar se detendrá el barco. Salió en la fecha indeseable y para su fortuna llegó. Una reparación menor requería la nave, pero no pudo continuar el viaje. La tripulación incluyéndolo a él fue tirado a una fosa común, aún vivo, lleno de pústulas hediondas, recordó, antes de morir al abuelo, y sus proféticas palabras.

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Brinca sobre los juncos y trepa al macizo. Canta toda la noche. Algunas veces cambia el tono porque la víbora se ha comido a sus amigas. Solo queda ella y canta doliente. Cuando en el cielo se enciende una perla, su canto se hace íntimo.
La dilatada oscuridad la deprime y se queda el pantano en silencio.

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Las mandarinas tienen la piel blanda y olorosa. Caen del árbol con el color del ocaso. Se construyen en gajos simétricos, protegidos por hilos acremados. Un gajo en la boca complace al paladar más exigente, morder y sentir que los flujos dulces te inundan es refrescante. Una mandarina para un sediento es un placer inefable.
¡Por supuesto que no!, la mandarina no es la esposa del mandarín.

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Ella y el mar.
Frente al mar contempla la puesta del sol. La brisa contiene perfumes de Sirena. El fresco hurga sus pechos. Entrecruza las piernas. Los brazos reposan sobre el abdomen. Dormita.
La imagen de la hermana mayor le punza. Vio que ella estaba sentada sobre las piernas del novio.
Despeinada. Respira profundo, sus pechos empujan la blusa; germinan sus pezones. Entrelaza sus piernas una y otra vez. Se inquieta. La rebalsa el bochorno, Hay un rosario de latidos en su vientre. Cierra los ojos y vuelve a recordar que su hermana que es besada en la nuca, las orejas y su cadera se mueve como trompo próximo a desfallecer. Está roja, y gime.
Los dedos de su mano derecha están bajo el short. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.
El mar estalla.

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Lo que no quiere. de Rubén García García
Baja del árbol cargada de fruta. Sus senos brincan en cada salto que hace. Sabe lo que no quiere: terminar maltratada y enferma como su mamá. Anhela vivir en un departamento, lucir vestidos, collares, zaptillas. Quiere ser profesionista y que necesita constancia y, dinero que su familia no tiene.
Es una adolescente que sabe lo que quiere y frente al espejo del baño enjabona y acaricia sus armas.

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Hay un hombre en la choza. Afuera hay silencio, soledad y árboles petrificados. Duerme profundamente, y un dolor en el tórax lo despierta. Se sienta, se masajea la parte adolorida. Recuerda la cita bíblica: “Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre”. impulsado por la fuerza de la fe, pregunta ¿¡eres tú Eva!? mira a su alrededor y solo encuentra el esqueleto de la araña.

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Había una corredera de gatos… Gato mirado, era gato muerto. Las ratas proliferaron, ni que decir de las pulgas, que las tenían saltando de rata en rata y de rata hacia los humanos. La sangre de la pulga no era tan dulce como la de la gente. La pulga era el insecto adecuado para un microbio, le servía de alimento, de transporte y por la voracidad la pulga salto hacia la multitud. Si Atila fue el azote de dios, la rata, la pulga y la Pasteurela fue el azote del hombre.
Olvidaba a los gatos crucificados. Y las aves escucharon: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra (Génesis 1:28)

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El viento juega
con las luciérnagas,
las hace remolino
y las esparce a la vera de las tumbas;
y, los niños difuntos
juegan a ser ellas
Sonríen,
y aletean hasta el cielo
para rozar la luna.
Regresan antes que el alba
y se despierten los girasoles.
