Costumbres de Rubén García García

Sendero

En kurú, los niños mayores de seis meses tienen prohibido chuparse el dedo. Medida preventiva y sensata de la tribu caníbal que sabe del poder del instinto.

También otras…

Ya llegará la noche de Rubén García García

Sendero

Miro a través de la ventana, la perra nevada juega con su sombra en el jardín mientras afinas tu arreglo en el espejo que cuelga de la sala de estar. Me pierdo en la floración de las buganvillas, pero mi oído me dice que vas y vienes de tu recámara al espejo, Capto el taconeo de tus botas en la duela. Es una pisada que hinca, con el ojo angulado veo que sacudes la cabeza y me roza tu mirada. No tarda el Taxi de la compañía en pitar el claxon y sé que no deseas ir al laburo. Los dos sentimos el deseo de perdernos en la intimidad del tiempo. Me volteo y reímos y sin decirlo nos asalta la idea de volar, pero volar es peligroso y el beso que me das solo queda a la orillas de mi boca.

Como me tienes de huésped, la noche podría meternos zancadilla.

Nos van a ver de Rubén García García

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¡Zas! Se fue la señal, la red y la luz. No quedó más remedio que ir a la iglesia y después al parque central, comprar un “algodón” o una nieve en el quiosco. Citada la amiga, dimos de vueltas alrededor de la alameda. «cómo lo hacían los abuelos». En minutos la neblina lo abarcó todo. Se oían los chillidos de las aves, también los suspiros y uno que otro gemido.

Ya llegará la noche de Rubén García García

Sendero

Miro a través de la ventana, la perra nevada juega con su sombra en el jardín y afinas tu arreglo en el espejo que cuelga de la sala de estar. Me pierdo en la floración de las buganvillas, pero mi oído me dice que vas y vienes de tu recámara al espejo, Capto el taconeo de tus botas en la duela. Es una pisada que hinca, con el ojo angulado veo que sacudes la cabeza y me roza tu mirada. No tarda el Taxi de la compañía en pitar el claxon y sé que no deseas ir al laburo. Los dos sentimos el deseo de perdernos en la intimidad del tiempo. Me volteo y reímos y sin decirlo nos asalta la idea de volar, pero volar es peligroso y el beso que me das solo queda a la orillas de mi boca.

Como me tienes de huésped, la noche podría meternos zancadilla.

Una mañana fría

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Jugábamos. Abrí la manivela y las gotas frías cayeron sobre tu cabello, la camisa se pegó a mis senos libres. Te jalé. Aun con la respiración entrecortada mordiste mi labio y había en tu boca yescas. Deslizaste tus besos para llegar a la lava. ¿Quién sentía el agua fría? saciaste tu sed ardiente en la plenitud de mis pechos. Epiléptica de mis deseos tomé tu península y la anexé como territorio conquistado. Sonaba el agua, el gemido y mi pierna fue una boa enroscada a tu cintura.

El frío tomó su sombrero y se fue.

El invitado de Rubén García García

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Su delicadeza me ganó y durante meses fui su amante. Mi esposo en la construcción de su novela interminable, nunca se dio por enterado. Me confundía y, mi estado de ánimo iba de un extremo a otro. Me decidí a dejarle pequeñas pistas, hasta que una de esas veces que teníamos intimidad en vez de gritar ¡Oh dios Roberto!, dije Antonio. En la sobre cama me dijo con una calma de franciscano: «¿Quién es ese Antonio?».

Con Antonio las cosas fueron más sencillas, «mi esposo sabe de nuestra relación». —le dije— Con el tiempo, ambos me preguntaron lo mismo y por más que evadía ese tipo de cuestiones íntimas, poco a poco supieron de mis preferencias y de las suyas.

Un día, mi esposo me dijo que lo invitara. La cena y los vinos fueron una delicia.

«¿De quién fue la idea del menú?, está excelente. «la idea del menú y de los vinos fue de Roberto». La platica siguió por dos horas y aunque se habló de todo, no hubo discrepancias, llegó el momento de despedirse, y estando en la calle, dice Antonio «la otra cena la invito yo».

Ayer llamó, yo estaba con deseos de él. Pero no escuché esa palabra que te enciende «¿a dónde vamos a comer chiquita?»” En la plática estuvo un tanto evasivo, al final se decidió y me dijo: «Pásame a Roberto».

El tío Laudano de Rubén García García

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Se rompió la presa, se inundó el pueblo, hubo ahogados y los muertos del cementerio salieron por las calles.

Lo reconocí por la camisa a cuadros estilo vaquero. Hui.

Yo vivía en casa de mi tía y cuando ella no estaba él me decía, «Mira que ya estás tirando la ceniza, qué guapa te estas poniendo, ni muerto perderé las esperanzas».

«Ahora que el agua lo desenterró me sigue».

Me daba miedo el tio Laudano. Y alli venía, el ataúd abierto y con los brazos de fuera. Lo sentí respirar por mi nuca, abrazándome, y diciendo: «¡Se me hizo sobrinita!, se me hizo», no tardaría en darme alcance.

Asi como se va la tarde, se fue el agua. Los ataúdes quedaron entre el lodo. El de Láudano parece que se lo llevó el río. El mío lo encontraron en las escaleras que van al campanario.

¿olvidar? ni lo pienses

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El escritor de historias detuvo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:

Soñé que escribías algo para mí.

Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró: «espérame sobrina que lo haremos con la pasión de Venus y el empuje de Marte y los dos nos bañaremos en las aguas del rio Lete para olvidar el agravio a la moral. Y cuando leas la crónica sentirás que fuiste la protagonista.

—No. Bañarnos en el rio Late no tiene sentido para mí. Tu texto lo quiero como perla brillante en la oscuridad de mi ombligo.

Camionero en apuros de Rubén García García

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Llueve, es media noche, los limpiadores de los parabrisas parecían desfallecer. «No seas bruto. Busca donde refugiarte». Poco después respiraba tranquilo. Allí, un viejo pueblo. Encontró a esas horas una señora que vendía café y antojitos. «son garnachas» pidió café y una orden que comió con gula. Miró la calle, la oscuridad. «La gente duerme, por eso no se ven luces». Dijo la señora: «tengo atole» «¿eso qué es?» «una bebida hecha de maíz azul, endulzada con panela y si desea agregarle pinole, es una delicia, bueno, eso dice mi mamá, que a todo le echa pinole». La vio de reojo y por lo menos tenía ochenta años. «¿Vive su madre?» «No, ya no, ella ya es difunta, pero cuando me distraigo, el pinole desaparece. Ah, pero conozco dónde lo esconde». Le cortó la plática con un cumplido «¡Qué ricas están las garnachas!» «Sí, este pueblo durante años vivió de los camioneros, pero hicieron la autopista y el pueblo se murió de hambre, imagínese, que algunos ya no alcanzaron a irse, los jovenes se largaron y el que se quedaba se metía en algún pozo minero. Yo quedé en el que se encuentra frente a la iglesia, fui de las afortunadas». El sujeto gritó hacia dentro: «¡¿A dónde madres me encuentro?!» «¿Qué dice señor» «nada, nada», «¿está arrepentido?, no se preocupe, ya se acostumbrará, todos los que han llegado por aquí, les cuesta trabajo…»

La dulce boca

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Al escucharte reír deseé besar tu boca de fruta… percibí temblor y brillo en tu mirada. Te conduje a un cuarto solitario de aquella mansión antigua. Sin el vestido negro tu cuerpo de diosa parecía descender. «no puede ser tan facil, es mi día» me dije. Tu boca dulce resbalaba de mi oreja hacía el perfil de mi cuello y se detuvo al encontrar el mejor latido.

Luna, la gata de Rubén García García

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Mi gata estuvo en mi velorio. Maullando como un bebo a su madre. Escondida. Luna sabía. Yo deseaba la muerte de mi esposo. Él también deseaba la mía. Ningún dinero de por medio, simplemente odio que se afilaba con el paso de los días. Él ganó la partida. Fue simple, regó lentejas en la escalera y … la única testigo fue Luna, mi gata. El vestido negro de lino con fina caída que me compre para el duelo, ahora me lo llevo de mortaja.

«Nada más que pase el novenario me encargaré de la gata». Eso piensa el viudo, mientras recibe las condolencias y eso Luna lo sabe.

Luna ya no duerme en el sillón, lo hace en un cuarto de trebejos, que siempre tiene la puerta cerrada. Ella entra por una ventana entreabierta.

Todas las madrugadas la gata llegaba a la recámara de él, se lamía el cuerpo con insistencia y antes que despertara, desaparecía. Noche tras noche, hasta que tuvo un acceso de tos intenso que lo llevó a un esfuerzo enorme. Hipertenso y obeso quedó doblado en el sillón, Así lo encontraron los paramédicos. Muerto y al lado la gata.

«Seguro que era su mascota preferida», dijo uno de los camilleros cuando lo sacaron de la recámara.

Un día en la vida de Rubén García García

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Ella descansó su cabeza sobre mi brazo, yo acariciaba su pelo. Ella sonreía y escondía su cara en mi cuello. «Qué velludo eres …quisiera dormirme contigo», «duérmete». Cerraba los ojos y los abría. «Mejor llévame a casa, si me duermo despertaré mañana y en casa se preocuparán». En el taxi volvió a dormirse en mi hombro.

«Eres al que amo. Otros halagan y solicitan respuesta a sus pretensiones. Este corazón está contento con el que no puede estar siempre para mí. Me hago muda cuando te vas, sin embargo, todo el coraje desaparece cuando sonríes. Nunca sabré que es mejor: sí haberte conocido, o no, pero no dudaría en estar a tu lado, mis días los llenas; y el mañana es una pregunta que nadie puede contestar»

Un día se fue. Un día me fui. Quizá el temblor, nunca supe.

¡Qué me hiciste Rocío! de Rubén García García

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La ciudad de México en las horas pico es igual o peor que si desbarataras un hormiguero. Las calles son cordones de vehículos que se mueven en accesos, enganchados por el claxon y la ansiedad. Respiramos polvos con olores que cambian en cada esquina. Arriba, algunos pájaros nómadas, anuncios, antenas y nubes corpulentas que arrojarán cubetadas de agua.

Estoy guarecido bajo una cornisa y la gente corre, algunos ilusos se cubren la cabeza con el periódico. En el local de enfrente están vistiendo a un maniquí con un traje azul y una peluca lacia. En ese momento tu imagen me llama y coincide con tu presencia.

Un carro ronronea frente a mí, que insiste con el claxon, y lo abordo. Iba a besarte en la mejilla, cuando el semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta. Con la ceja saludo al viejo auto, quién a diario se rompe el espinazo por ti.

Tomas mi mano y la aprietas, como preguntando «¿por qué no me has hablado?» En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y la suavidad que me acariciaba se desplaza al volante.

Hablas y hablas y simulo una atención que estoy lejos de tener. Te contesto con monosílabos. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. (es posible que para ti nada pasó) Muestras tu imagen de mujer presurosa, y tu voz corre sin pausas.

¡No quiero escucharte! Me dices que la mañana es fría, que llueve a cántaros, que la polución, el tráfico. «Es mejor que manejes en silencio».

Me miras sorprendida. Antes no te hubiera hablado de ese modo. Pero ahora sí.

Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo estornuda cada vez que el rojo obliga a suspender la marcha; y el semáforo se reproduce en cada esquina.

Aquella mañana –cuando por primera vez nos encontramos –, ya te conocía, porque los primos hablaban de ti, de tu sonrisa, de tu cercanía con la música. También sabía del carro, que era viejo, pero ¡qué jamás te dejo tirada a media carretera! de tu carácter tan bonito! ¡Qué tus manos largas iban y venían y retozaban sobre el teclado! La primera vez que te vi estabas sentada en la mesa del comedor y tu cabello bajaba lacio sobre tus hombros. Olías a mañana fresca con café y pan. Tus ojos negros, vivos, te otorgaban una mezcla de paz y sensualidad. Aspiré tu presencia. Te imaginé dentro de mí: fue una delicia enjuagarme con tu aroma a manzanilla y te inventé recovecos y laberintos.

Me conociste con el desaliño de mi barba y ojos adormilados. Te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y esa tristeza adosada. ¿Qué me hiciste Rocío! Mi piel cambió de textura, el color viejo se hizo vivo, mis resabios se fueron. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen nuevo.

—Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes, parecías frágil y cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos callosas y viriles me hacen imaginativa.

Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!

Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me suavizaste la piel con tus caricias y mis ojos se hacían brillantes cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se detenía y me vitalizaba.

Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí sin estarlo y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse del jarrón. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, ¡un asombro! Observar tu carro doblando la esquina me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo.

Pero fui dejando de ser… hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río sin saber nadar, bracear sin ton ni son, hasta el desmayo, percibir que en el fondo resbalaban los musgos por mis mejillas y cuando al fin alcanzaba la orilla volvía la soledad. En silencio me regañaba, ¿de qué? No lo sé.

Hoy, a tu lado soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.

Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos aparecen en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.

—Como quiera ya estaban empapados, además. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad?

—Déjame en la esquina, por favor.

— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?

—No, gracias.

El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad. A mi lado, un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que regresa y busca su cueva.

El juguete de un dios de Rubén García García

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Todas las noches en el sueño termino una historia, ya para pasarla en limpio, llega Morfeo y me ordena que la deje sobre la mesa, que él la revisará. Todas las mañanas trato de recordar lo que soñé y por más vueltas que le doy, solo recuerdo la sonrisa burlona del dios.