El tío Laudano de Rubén García García

Sendero

Se rompió la presa, se inundó el pueblo, hubo ahogados y los muertos del cementerio salieron por las calles.

Lo reconocí por la camisa a cuadros estilo vaquero. Hui.

Yo vivía en casa de mi tía y cuando ella no estaba él me decía, «Mira que ya estás tirando la ceniza, qué guapa te estas poniendo, ni muerto perderé las esperanzas».

«Ahora que el agua lo desenterró me sigue».

Me daba miedo el tio Laudano. Y alli venía, el ataúd abierto y con los brazos de fuera. Lo sentí respirar por mi nuca, abrazándome, y diciendo: «¡Se me hizo sobrinita!, se me hizo», no tardaría en darme alcance.

Asi como se va la tarde, se fue el agua. Los ataúdes quedaron entre el lodo. El de Láudano parece que se lo llevó el río. El mío lo encontraron en las escaleras que van al campanario.

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