El baile de las lagartijas de Rubén García García

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Soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que resaltaría el verde untado de las piernas. Tomaron su baño de sol y colgaron en su cuello argollas violetas.

Se fueron hacía el desfiladero, cruzaron las dunas, los cactus, y esperaron sobre las piedras, en las partes bajas del río muerto.

Después de los relámpagos vibró la tierra. El agua corrió ruidosa hinchando las rocas. Y con la avalancha se sumó el de las moscas zumbadoras sobre la espuma del río. Son miríadas de dípteros que nacían en milésimas de segundo.

Las lagartijas saltan y bailan. Comen hasta hartarse. El río difunto resucitó llenándose de agua y de insectos. Bailan y devoran. Las lagartijas que ayer en la noche soñaban con un cinturón magenta, ahora es el verde danzón de sus piernas que con sus lenguas consumieron miles de moscas. Mañana el río volverá a ser difunto.

Empatía con la mujer de Rubén García García

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Gracias por amamantarnos. Por darnos la caricia, el canto de tu nana, el cuento antes de dormir; por levantarse a deshoras y asegurarse que la noche transcurre con bondad. Por cultivar la fantasía y preocuparte en los días de fiebre y tos.
Gracias por los hijos y enseñarles la majestuosidad de la luna y las estrellas. Gracias porque aun siendo hombres los sigues amando como niños.
Gracias por apretar mi mano, por estar a mi lado en mis horas grises. Sin tu quehacer mi mundo sería opaco.

Intento la empatía con mis amigas de las que aprendo de su amistad y de su conocimiento. Adelante a perseverar en su lucha y desterrar la violencia machista.
Muchos abrazos y un enorme ramo de rosas.

Un gato para Juan de Rubén García García

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Hubo un tiempo que el gato se le reconocía como el rey de la selva. Los felinos lo veían con temor, respeto. El tigre era un cazador inútil que caminaba desgarbado, tambaleante.

Un día quedaron frente a frente y el tigre balbuceó.

– Gato enséñame a cazar.

El rey lo vio y no pudo evitar un maullido de lástima. Con paciencia inculcó su destreza. El tigre seguía al gato, lamía su piel, velaba su sueño, a cambio fue entrenado en el acecho, en otear el viento, en camuflarse entre la vegetación. En la estrategia y el ataque.

Ahora, el tigre lucía diferente. La buena caza le restituyó la vitalidad perdida. Se sintió poderoso.

«Gato estoy satisfecho de lo aprendido. Estoy en condiciones de valerme por mi mismo. También quiero ser rey de la selva. No lo tomes a mal, me caes bien, solo acepta que estoy en todo mi derecho. No lo tomes personal».

El tigre saltó sobre el gato y éste subió a una palmera con rapidez. El tigre lo miró enfadado.

«No me dijiste como subir a los árboles y menos a las palmeras».

»No tigre, un maestro nunca enseña todo, y menos si es un pariente»

Invitación de Rubén García García

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Pasa…platiquemos. La noche es tibia. La flor del cedro ha caído sobre las hojas y la osa mayor no salió. Tal vez quieras tomar un descanso a mi lado. Entre cerrar los ojos y arribar parece un instante, pero es un largo viaje. Cuando llegas las oscuridades que te consumían se dejaron en el camino. Pasa. no tengas duda. Mi lecho es confortable y sobre mi tumba las margaritas no dejan de florear.

Los apresurados de Rubén García García

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Despiertas porque hay partes vivas que gritan de tanto estar inmóviles y recurres a la poca fuerza de tus brazos. El codo se vuelve palanca y te alzas del tronco para moverte cinco miserables centímetros a un lado. Es un aliento, un soplo fresco que las otras partes del cuerpo te lo agradecen. Duermes, duermes no sabes cuánto, pues el tiempo lo mides por el goteo que recorre el frasco de vidrio y llega hasta tu red venosa. Sabes que cuarenta gotas es un minuto, eso me contestó la enfermera antes de ingresar al quirófano.

Escuché pasos.

—¿Cómo está?

Sigue dormido.

Revisó los frascos de suero, de la orina y el drenaje de las secreciones.

—No te confíes. Algunas veces se ven dormidos y no lo están, ni se hacen. Simplemente se van sin decirle nada a nadie. Son los apresurados.

Perseverancia

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Perseverancia de Rubén García García

«¡Solo muerta saldría contigo!». —me dijo esquiva. Fue difícil, pero aquí viene conmigo.

El ocaso de Rubén García García

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Se miró en la playa. Estaba arrodillada con las manos sobre la arena de la costa solitaria. Los últimos rayos del sol pintaban de sepia la curva del talle. A cada empuje de su amante los dedos se enterraban en el arenal. El rumor del mar iba y venía. Despertó sudorosa, inquieta y con granos de arena en las manos.

La reina complaciente

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No he dormido. Si bien el sapo que besé se convirtió en apuesto príncipe, por la noche se duerme con la boca abierta; cada mosca que pasa la desaparece y croa satisfecho. Acepté a regañadientes que construyera un estanque en la recámara, y lo adornara con lajas limosas. Anoche le ordené al “encantador”, que trajese su mejor animalito y lo escondiera debajo de las verdes lajas.

La invitación de Rubén García García

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El Tío Juan daba una cena, y era de los pocos sobrinos que había invitado. «Vivo hasta el fondo de la calle y el portón es negro. Procura llegar temprano, estará tu prima y unas amigas de ella». Oprimí el timbre, y me abrió una mujer que sin poder precisar la edad se veía elegante. Pasé. La seguí, me senté, y en un minuto ya tenía un Whisky en la mano. No veía gente, ni barullo «¿Es la casa del señor Juan Carmona?» «No, la casa de él es la anterior» perdón, e hice el ademán de retirarme, y dejé la bebida en la mesa de centro. «No me dejará con la copa en la mano» y reparé en mi descortesía. Se cruzó de piernas, levantó una ceja y se acomodó en el sofá «por el gusto de conocernos» Alcé mi copa, estaba mudo por la impresión de ver a una mujer tan atractiva. «Si no se ofende y quiere acompañarme, lo invito a cenar» «Daría la mitad de mi corazón por convivir con usted, pero tengo un compromiso familiar al cual no puedo ofender, si me acepta, mañana estaré con usted».

Para fortuna llegué a tiempo para convivir con la familia. Pretexté un compromiso y lo más temprano que pude me despedí. Salí y con sorpresa solo me topé con una barda de hormigón. A un lado una vendedora de camotes, le pregunté por la casa de al lado, ¿casa? y contestó: «estoy vendiendo camotes desde años y dónde dice nunca he visto una casa».

Las razones del nieto

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Tomó al nieto y se fue a una loma con su comadre. La parte baja del pueblo era rodeada por el arroyo. Por el camino, el niño rezongaba

—Se ve mejor la lluvia desde el cerro, que estando encaramados sobre el techo de la casa. Le dijo al niño que iba enojado.

—Abuela, yo quería ver cómo navega mi barquito, también escuchar el cacaraqueo de las gallinas cuando la corriente las revuelque y los chillidos del puerco de doña Eduviges que siempre se va a cagar al patio de la casa. La vez pasada tampoco me dejaste ver como se llevaba la corriente a Don marco el señor que fue a gritarte frente a la casa. Todo por no quedarnos en la azotea. ¡Nunca me das gusto! En el cerro no veré nada.

El enano de Rubén García García

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Dormía la siesta. Soñaba con un ejército de hombrecillos que lo sujetaban con cuerdas y lo herían con sus lanzas. Despertó vociferando madres y quitándose las hormigas aferradas a sus nalgas y al sumidero.

Divertimento de Rubén García García

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Por la noche fue clonado diez veces dejándolo con forma de bolo. La mano larga y huesuda los formó. Tomó una pelota ósea y empezó a jugar. Después de cinco intentos no pudo hacer chuza y se retiró exclamando «¡otro que se me va!»

La vida son breves mascaradas* de Rubén García García

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Y yo que me la lleve al río creyendo que era mozuela.** Retozamos bajo la luna encendida. Ya sin las máscaras nos reconocimos. Cuando acudo a la casa del tio, con prudencia, evitamos la mirada.

*Juan de Dios Peza

** F. García Lorca

Anuncio de Rubén García García

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Se vende abuelita disecada con discreto olor alcanforado, ideal como anuncio para un comercio de antigüedades.