Aflicción

-¡No se atreva ni a verme!
¡Piensa que soy estúpida! Creyó que no me daría cuenta. Vino a enamorarme, a proponerme matrimonio sabiendo que es mi medio hermano, ¡Qué ruín! lo hace con el fin de lastimar a mi madre. ¿Quiere venganza? Vamos al cementerio, traiga la pala, desentierre a nuestro padre y exhíbalo. Mi madre no tiene ninguna culpa. ¡Ahora lárguese!

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*intertextualidad Electro O’ neil

La ciencia de la pereza por Italo Calvino

Para los turcos, Dios no nos ha impuesto castigo más brutal que el trabajo. Por esa razón, cuando su hijo cumplió 14 años, un viejo turco, buscó al profesor de la comarca para que se ejercitara en la pereza.
El profesor era conocido y respetado, pues en su vida sólo había escogido la senda del menor esfuerzo. El viejo fue a visitarlo y lo encontró en el jardín, tendido sobre cojines, a la sombra de una higuera. Lo observó un poco, antes de hablarle. Estaba quieto como un muerto, con los ojos cerrados, y sólo cuando escuchaba el ¡chas! que anunciaba la caída de un higo maduro a poca distancia, estiraba lánguidamente el brazo para cogerlo, llevárselo a la boca y tragárselo.
“Éste es, sin duda, el profesor que necesita mi hijo”, se dijo. Se acercó y le preguntó si estaba dispuesto enseñarle a su hijo la ciencia de la pereza.
—Hombre —le dijo el profesor con un hilo de vos—, no hables tanto que me canso de escucharte. Si quieres transformar a tu hijo en un auténtico turco, mándamelo y basta.
El viejo llevó a su hijo, con un cojín de plumas debajo del brazo, y le dijo:
—Imita al profesor en todo lo que no hace.
El muchacho, que sentía especial inclinación por esa ciencia, vio que el profesor, cada vez que caía un higo, estiraba el brazo para recogerlo y engullirlo. “¿Por qué esa fatiga de estirar el brazo?”, pensó, y se mantuvo recostado con la boca abierta. Le cayó un higo en la boca y él, lentamente, lo mandó al fondo. Luego volvió a abrir la boca. Cayó otro higo, esta vez un poco más lejos; el discípulo no se movió, sino que dijo, muy despacito:
—¿Por qué tan lejos? ¡Higo, cáeme en la boca!
El profesor, al advertir la sapiencia de su discípulo, le dijo:
—Vuelve a casa, que aquí nada tienes que aprender. Soy yo, más bien, quien debe aprender de ti.
Y el hijo volvió con el padre, que dio gracias al cielo por haberle dado un vástago tan ingenioso.
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Una historia londinense* Marco Denevi

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:
-Thaddeus, voy a matarte.
-Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.
-¿Cuándo he bromeado yo?
– Nunca, es verdad.
-¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?
-¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.
-Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.
El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.

 

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Jean Simeon Chardin

*El título es mío.

¿Qué castigo merezco?

¿Qué castigo me darán, si dejo que los árboles sean sombras desdentadas, retorcidas osamentas donde no abreva un clarín? el camino es sembradío de ortiga y el arroyo transparente es una pisada árida. ¡Nada hice por detener a los jinetes de la oscuridad y carcoma!

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Diario de una mujer-15-sin pecado concebido.

Dejé que fluyeran las imágenes como un tren que arriba a la estación con las puertas abiertas. Hoy Encontré selvas con helechos que al moverse dispersan la luz, haciendo que ésta baile. Me vi correr en la pradera; restregando con mi espalda la hierba mojada, como una yegua estremecida por el placer del retozo.
Con el tejido en manos, me pregunto. ¿por qué no lo hice? Sigo siendo la mujer sin mancha que todas las tardes toma camino hacia la iglesia al repiqueteo de las campanas, mientras en el atrio los niños juegan con las palomas.

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Si no fuera por Toñito-diario de una mujer 13

¡Ah si no fuera por Toñito!, ya estuviera en mi rancho, tiene quince años y cada día se parece más a su padre. Va a ser alto, con unos ojos que solitos platican; como los de su papá en aquella tarde. Estaba sentada en el escalón, secándome el pelo, el señor llegó con los ojos brillosos y me empezó a decir de cosas cerca de mis oídos, respiraba por mi cuello. Me hacía la tonta; sus palabras fueron acomodándose, estaba ansiosa de que siguiera, y él siguió. Sus brazos alrededor de mi cintura eran duros como ramas, su voz que me decía «si tienes un varón me harás el hombre más feliz». No recuerdo las veces que lo intentamos, pero todos los meses la regla llegaba como soldado a su guardia. La que se embarazó fue su mujer, pero a Toñito lo siento como mío. Si no fuera por él, no sé dónde andaría.

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Diario de una mujer. doce

«Sería una simpleza describir cómo me abordó el desconocido; nada quedó íntegro. El placer es un remolino que anestesia la realidad, que sólo se mira a sí mismo. Vuelvo a reír: de niña no deseas tomar la pastilla por la náusea. El pudor ordena esconderte de toda mirada. Ese día introduje cápsulas y pastillas sin que arqueara. Mostré mi desnudez, tanto placer de que él viese, tocase mi cuerpo. Acepté, pedí ser penetrada. El dolor inicial se transformó en placer indefinible. Cuando tuve en mi boca el sabor de él, oliendo a mar, lo degusté intensamente. ¡Dejé de ser niña!, son las mejores horas que la vida me ha dado. Afuera oía como el mar azotaba los riscos. Él besaba mi cuello y decía: Beba te he hecho mujer…”

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Para ganar un partido de Fut

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Tienes que rodearla con suavidad, acariciarla, hablarle al oído, como murmurandole lo mucho que la amas. El salón de belleza está en ti. Toque, retoque y arte para peinarla. Llegará tarde o temprano el Gol.

 

¡Qué Bella es!

¡Qué bella es cuando la veo dormir! Su cabellera extendida es un río encrespado. Navegar en él es encontrarse con el brillo de sus ojos. Su pelo fulgura en la copa del cielo. Es mi señora y enriquece mis sentidos al jugar conmigo. Pero la congoja llega si ella se ausenta, y el silencio pesa como el enramado de un gigantesco árbol.

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El placer de correr

La línea blanca de la carretera se pierde, una motocicleta irrumpe y desaparece. Corriendo por la mañana, el sol cae sobre mi espalda; delante veo mi sombra desfalleciente. En la cima rozo las nubes, abajo los árboles parecen arbustos. La mirada se refresca al mirar correr el agua; imagino, llenar el hueco de mis manos y humedecer los labios. Cuando mi sudor es regato sobre mi piel; buscará el arroyo, el río y llegará hacia el mar.

Renoir: Marea baja, Yport, 1883

El sueño

Juan soñaba con Isabela. Los besos de ella le causaban sofoco, dejando un olor de piñas fermentadas. Su esposa intentaba despertarlo, pero él tenía los ojos lejanos, en los labios un azul húmedo que enmarcaba su fría sonrisa.

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Del diario de una mujer once.

Bajo la sombra recortaba las uñas de los pies de mi esposo. Mis amigas aconsejaron que no lo hiciera más ¡Qué vivíamos otros tiempos! Al hacerlo con torpeza se hirió, días después su pierna cambió a un azul marmóreo y tuvieron que amputarle la extremidad.  Cómo la pensión de él es insuficiente para resolver los gastos, ahora doy servicio de pedicura a domicilio a las que fueron mis amigas.

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