Cotidianas

Se fue la lluvia. Todavía La hoja se mueve en la copa del naranjo. Los azahares de un blanco se macularon a un amarillo pálido. Algunos yacen en el barro. La perra dormita enroscada, a veces, abre su ojo y gruñe. El cielo tiene aislados borrones. Este lunes, como todos los lunes, las gallinas no ponen. El obrero salió temprano a trabajar con la compañía que jode a los diablos del subsuelo. El faro petrolero es un gigante de fierro, el fuego del quemador en la claridad parece una fogata; la luz del sol promete arrebato. La florecita del jardín ya se despertó. Camino ligero y silbo. Por La tarde el bochorno será insoportable. Habrá una siesta inevitable.

img-20181009-wa00002056190116.jpg

Las locuras del amor

—¡Tienes que estar loco para pensar así! ¿Cómo se te ocurre decirle a esa muchacha que la quieres y, que te vas a casar con ella? ¡Pues qué! ¿Tienes la cabeza en las patas? ¿Con qué la vas a mantener? ¿Dónde vas a vivir? No tienes ahorrado nada, ¡ni para comprarte un par de calzones! Me dices que ella te dijo que sí. ¡Pero si la pobre está que se troza de flaca! No creo que pueda llevar una casa, ¡te lo juro! Antes de que pase una semana huye de ti. Nada más que te vea tirado en la cama, soñando en no sé cuántas cosas, se irá. ¿Qué me dices? — y lo miró fijamente.
—Nada, ya está decidido.
— ¿Decidido qué?
—Que nos vamos a casar.
—Y los papás de ella, ¿ya lo saben?
—En este momento debe de estar diciéndoles.
— ¡Por favor! ¡Vuelve en ti!
Se escuchan pasos por el corredor, tocan a la puerta; la madre, abre bruscamente. El matrimonio da las buenas tardes, y detrás, viene la hija, tan delgada como su sombra. Jorge, el padre de ella, se dirige directamente a la madre.
—Señora Josefa, perdone usted que venga a interrumpir sus quehaceres, el asunto que nos trae por aquí es delicado. Nuestra hija nos acaba de decir que se quiere casar con su hijo, Virgilio. Ya su mamá y yo le hemos hecho ver que su hijo no puede ofrecerle nada y, a pesar de todo, ella insiste.
—Lo mismo le he dicho a mi muchacho, ¡pero no hace caso! Está necio.
—Por eso venimos y ¡qué bueno que usted piensa igual que nosotros! ¡A ver si entran en razón! ¡Y que entiendan que la vida no es un instante!
Los muchachos, a pasos cortos, fueron acercándose uno al otro y, mientras los padres discutían los avatares de una vida en pareja, ellos buscaron la sombra del patio, cuchicheaban y se reían.
Cuando los buscaron iban rumbo a otro pueblo.

* Fue la base de un cortometraje que dirigí con la asesoría del cineasta multipremiado Ricardo Benet, obtuvo algunas menciones por sudamérica y españa. La institución que lo produjo no ha permitido que se vea en la plataformas. Solamente hay un avance.

 

Destino

Los colores del sapo fulgían. Salía de su escondite cuando fue atrapado.
Ramona, moza regordeta y soñadora percibía el temblor en la palma de sus manos.
—¡Eres el sapo más hermoso que he visto! como brillas. ¡Qué ojos tan vivos!, tienes olor a vainilla. ¿Serás un príncipe?
— Croac croac.
Lo besó una, dos y tres veces, quedando prendada del olor, lo recorrió con su lengua. El batracio sintiéndose asfixiado buscaba escapar y ella al abrir la boca, lo tragó.
El batracio no se transformó en un príncipe. Aterrado, da un salto inmenso para salir de la pesadilla y caé en las fauces de una serpiente que bostezaba soñolienta.

sapo de colores

 

 

La muerte

   Antes morías en tu casa rodeado de tus familiares. Ahora mueres entre sonidos de ambulancia, luces intensas y batas blancas. Antes los viejos tenían la alegría de mirar el paisaje y sus recuerdos. Ahora los achaques lo platicas con otros ancianos en el asilo. No hay tiempo. todos los hijos están insertos en el pan de cada día. Hemos cambiado. Les decía a los alumnos: ” Los bebes de ahora desde los tres meses están guardados, porque papá y mamá trabajan. Que no les extrañe que estos bebes, el día de mañana estén firmando el convenio para que los padres sean enviados al asilo. ¿Será una reacción a lo que ellos sufrieron cuando eran bebes?.

tierra-del-fuego-scenic-10-big.jpg

Tardes de lluvia

Camino con indiferencia. ¿Llueve o es un sereno? la tarde gris. Tengo cientos de gotas en mi cabeza y algunos hilos de agua corren por la mejilla. Recuerdo. Tu cabello abundante, suelto, que se mueve al vaivén del viento. Me acerco, el aroma se esparce y vuelan saliendo de tus risos sabores de hierba y manzanilla. El día que te diría las emociones que me causabas, no llegaste. Han pasado muchos años y de vez en cuando la tarde gris, lluviosa se convierte en añoranza. No puedo reprimir un suspiro y la pregunta de ¿cómo estarás?
Tarde de lluvia
de recuerdos añejos;
que me perturban.

van-gogh1

Velatorio tres

Oía lejanos los rezos como si estuviese escuchando el eco de una cascada. El aroma de flores difuntas venía en un blanco y negro que me recordaban acostado en el silencio de mi recámara. Enfrente estaba el dormitorio de las niñas, diferentes la una de la otra, eran acompañadas de sus hijos. Los amigos de tantos años se saludaban o bien se tomaban el café.
Vi con alegría a compañeros que cualquier día era motivo de festejo. Uno de ellos que sin vencer los vicios llegó a la tercera edad con la dignidad de un vegetariano. Te das cuenta de tu vejez, porque al caminar por el pasillo, te abrazan hombres maduros, esposa al lado y luciendo canas entreveradas en su melena.
En la sala vecina se escuchan los gimoteos de una mujer, por su intensidad podría inferir que es una viuda. Palabra que me lleva a recordar a mi maestro de anatomía, que decía que el golpe sobre el codo se hace sobre el nervio cubital, se le menciona como «Dolor de viuda» ya que es muy intenso, pero de corta duración.

viuda

La magia de la vida y los poetas

Era una mañana tibia preámbulo de la fiebre vespertina. Rocío en las hojas y humedad en el añoso zapote. Entre sus ramas se hacían cuencos que rebosaban de agua, fría transparente. Contemplé que dentro había seres que iban y venían, buceaban por decirlo de alguna manera. Sí, eran larvas de insectos que pronto estarían yendo y viniendo por la maleza y burlando los mosquiteros de las viviendas.
La maravillosa vida que de un huevo hace germinar larvas y éstas en ocho días de intenso calor, saldrán para batir sus alas y encontrar su nutriente. Los masculinos se conforman con el jugo de las frutas, las hembras obligadas por la perpetuidad de la especie requieren alimento rojo, brillante que humedece y alimenta las partes más íntimas de nuestro cuerpo. Así fertilizan los huevos que los depositarán en cualquier lecho de agua sola y clara.
Es la magia de la vida, y puede ser la muerte de los poetas que buscan el entramado de los colores del amanecer para gritarles a las musas,  que sordas se acicalan una a otras.

tuxpan

En el velatorio dos.

Denme una guitarra
que tenga cantos de sirena
maderas de naufragio
y vientos de fino color.
Fui al féretro. La muerte no respetó su belleza. La piel se le juntaba con sus macisos oseos y la pintaba con una palidez intensa. Las manos parecían ramas secas. Me despedí hablándole con murmullos y con la mirada.
Ninguna brizna de polvo se escapaba del escrutinio de ella. El departamento conde vivía era una casita de muñecas. El orden prevalecía. Manos de cocina, de tejedora, que después del desayuno el brillo del comedor y de la estufa lucían impolutos.
Había llegado a vivir a su casa en mi último año de la carrera de medicina, pude ver su dedicación para con sus hijas y al tío cuando regresaba del viaje.  Era el último estirón y tuve de ellos lo básico para terminar.
Pronto te alcanzaremos.

20190107_102034

Por la noche

Casi la media noche, el reflejo de la luz iluminaba la calle, silencio, aroma y enmedio la esposa del tío. Si bien sabía que era una muerte anunciada, estaban los deudos, familiares y gente que nunca había visto.
-Solo nos reunimos en estas ocasiones, dijo mi prima. Le contesté moviendo la cabeza.
A mi lado estaba la única tía que me queda, la besé, la tomé del brazo. Aperreaba sus manos frías, ella y yo sabíamos que el fin de aquella generación se estaba yendo y que muy pronto seguiría la nuestra.
Recordé otro velorio. Escuché mi nombre y voltee identificando a un sujeto que le hablaba a otro señor de marcada edad, risueño y apoyaba sus manos en el bastón.
-¿Qué haces tocayo?
Aquí, despidiendo al amigo y esperando el camión. Sonrió un momento, lo suficiente para decirnos que pronto le tocaría a él.
Cuánta historia mía dentro del féretro, con los dolientes y amistades que rezaban al son de la rezandera. El padre nuestro, el ave maría y lejos sus alegrías, sus voces y la fiesta en años pasados.
. Recuerdos que pensé que ya no eran parte de mí, volvieron húmedos, lozanos. Niños que vi correr a mi lado, ahora son adultos con una vida que desconozco.
Qué tienen las flores del velorio que te cimbran y te muestran lo que fuiste, lo debilucho que eres; tu vida breve en los rostros que miras y que te observan.

 

mecedora.1

De la soledad

Desde niños conocemos la soledad. La percibimos cuando mamá no está por ninguna parte, pero después de estar concientes del hecho, algo más intimo e intenso nos abraza. Viviremos con ella toda la vida y es necesaria para encontrarnos, pero si se hace presente día a día, minuto a minuto, entonces se hace indeseable y destructiva.

mujer camila reveco

Trotando

Al trotar rompe el silencio de la madrugada fría y se escuchan chillidos que llegan de la zona boscosa de la ciudad. El resplandor de la torre de la iglesia ilumina el rocío de la hierba. La mirada de ella se fuga; surge el color del pasado. Recuerda su cara, que es la que ahora ve en sus hijos.
Al pasar por la escuela en la que estudió la primaria, se mira con sus amigas, ¿qué habrán hecho de su vida? Reconoce la casa donde vivió con sus hermanos, parece oír la voz de su madre, que la abrazaba en las noches heladas. Amanece, se oye el chiflido de los pájaros, el aroma de los pinos, el color rosa de la alborada que cruza la cordillera. Aparece en la mente el novio, que al tiempo sería su esposo. Suspira. Se entregó a él sin condiciónes; en un siempre que se perdió.
Al subir el lomerio la respiración se hace asmática, el sudor recorre su piel. Los días de criansa fueron intensos, acostándose después de la media noche y levantándose antes de que el sol asome. El tiempo corre. El esposo vive obseso de su trabajo, apenas si se da cuenta que los hijos están convertidos en hombres. Al dar la vuelta, en una esquina, se topa con la mujer que barre la calle. Es la misma de años atrás. Falda larga, negra, su escoba hecha de ramas que día a día le sirve para recoger la basura, y de lo encontrado, mantiene la prole. Al pasar a su lado, siente su mirada vacía. Muerde sus labios, desea darle los buenos días y sólo levanta la mano en un intento fallido de saludo.
En su carrera escucha el golpeteo que hacen los  tenis sobre el pavimento. Va aclarando el día. divisa los cerros que parecen puños levantados. En el horizonte, el sol está saliendo, deja en las paredes del caserío un color de naranja suave. En el descenso, el sudor se desvanece por el viento frío. Un rocío cae y baña su espalda produciéndole escalofrío.
De la oscuridad del pensamiento corren como bolas de fuego los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respira profundo a pesar de que tiene nudos en el pecho; y a punto de desfallecer y quedarse a la vera del camino, saca del vientre un impulso, logra seguir y seguir; pareciera que corre por inercia. Del paisaje llega una ventisca con olor de frutas. Su mirada cae sobre el bermellón de las montañas. Trota con fuerza; es ave que levanta el vuelo saliendo de los abismos. El día abre.popo jose maria velasco

 

 

 

Aprendiendo inglés

llegué a la escuela de idiomas, situada en una vieja casona que el director ordenó pintarla aprovechando el fin de semana. Los pintores dejaron el inmueble desordenado, con olor de aguarrás.
Los alumnos se arremolinaban, unos en un área, otros en los pasillos, y algunos más, preguntando en que parte recibirían la instrucción. Tenía la clase a las siete de la noche y me presenté minutos después, así que busqué a mis compañeros cuarto por cuarto para saber dónde tomaríamos la enseñanza que nos impartiría el profesor Danoski, responsable del plantel.
 Danoski era alto delgado y con profundas entradas, bigote grueso, rojizo que contrastaba con su lechosa piel. Fui buscando mi salón, abriendo y cerrando puertas, unos vacíos, otros oscuros y, al fondo, encontré uno débilmente iluminado. Reconocí a una mujer esbelta, de cabello rizado que hurgaba entre una pila de archiveros, escritorios y máquinas de escribir.
-¿No sabe dónde está dando clases el profesor Danoski?
Al tiempo que preguntaba, rodé los muebles. Ella hizo lo mismo, y quedamos enfrentados, muy cerca, cara a cara. Sentía su respiración.
Acaricié su cabellera, su mejilla. No se movió, respiré el calor de su perfume y mis labios resbalaron en el cuello y su hombro. Escuché su aliento entrecortado. Decidí besarla. No respondió, me despegué para mordisquear sus orejas y su boca fue correspondiendo. Mis manos rodearon su fina espalda, ella mis hombros. Palpé sus caderas, sus nalgas respingadas y duras. Sentí sus senos y sus pezones que se abrieron entre mis palmas. La mujer sintió mi erección al rozar mi pubis. Ya no hubo retroceso, levanté su vestido, y trabé los dedos en el elástico de sus bragas. Bajó el zíper de mi pantalón y nos llenamos de arroyos y espuma. Olíamos a intensidad, gemíamos en diminutivo cuando levantaba en vilo su esbeltez y sus piernas eran tijeras en mi cadera. Recargados en la pared nos conjugamos en fuego y sudor.
Cuando el ahogo nos dejó, escuché -en la lejanía- la voz del maestro dictando su cátedra. No hubo beso de despedida, si acaso alguna bocanada de aire fresco. Ella se fue para un lado, yo por el otro. Me sequé el sudor, arreglé la figura y entré al salón disculpándome por la tardanza. El maestro dictaba, pero nunca se dio cuenta de que yo escribía con el borrador. Mi mente era un revolcadero de emociones. Después de la clase, charlé en el frente de la escuela con algunos compañeros; en realidad, mis ojos la buscaban entre las féminas que salían. Fui afortunado al verla. Venía acompañando al maestro Danoski. Me acerqué a ellos cuando iba a hablar, el maestro me dice en inglés: I’d like to introduce you my wife.

sex.1

Bochorno

Esperaba a su esposo, que se había ido a un viaje de negocios. Aburrida y soñolienta decidió darse un baño e irse a dormir a la recámara de su sobrina. Adela tenía viviendo seis meses con el matrimonio y salió de improviso al hospital a cuidar una amiga. Abrió la ventana para que el viento refrescara, miró hacia la calle oscura y entrecerró las cortinas. Llevaba una bata de algodón y, talco perfumado entre sus pliegues. Debajo de la sábana sólo quedó un cuerpo desnudo y profundizado por un sueño que se ofrecía como un abrazo. Cuando llegó el amante de Adela y tendió a su lado no malició, – eso sucedía a menudo en su matrimonio –, lo integró a su espacio. Los besos de él rodaban y ella corría tras las bolas de fuego que al tocarlas salían relámpagos que desnudaban la penumbra. De aquella noche no recordaría más que unos chillidos que paulatinamente se fueron alejando. Él se retiró cerca de la alborada, cuando los perros aullan y animan a los gallos. Ella despertaría prendida a la almohada y sola. “tanta realidad solo puede ser un sueño” se dijo.
La puerta se abrió de par en par y la voz de su esposo cayó a su oído como el golpe en la espinilla.
—¿Qué haces en la recámara de Adela? ¿Qué no tienes la tuya?
Con modorra le contestó doblándose de la cintura y estirando las piernas.
— Adela se fue de improviso. Vino una amiga y se la llevó al hospital. ¡En nuestra pieza hacía un bochorno insoportable! Ésta es la más fresca y dormí como nunca. ¡He tenido un sueño…!
— ¿Qué soñaste?
— Luego te contaré. ¿Te esperaba antes de la media noche?
— Me fue imposible. El autobús se quedó tirado en la carretera por más de cinco horas. Me voy al negocio.
Al salir de la habitación ella percibió el aroma familiar, pero el deseo de regodearse en la cama ocupó su atención y dio rienda suelta a la imaginación.
 El esposo abría el portón cuando llegaba su sobrina. Adela le dio un beso en la mejilla y él la tomo discretamente de la cintura. Ella aprovechó para susurrarle al oído:
— No pude esperarte. Tuve que ir al hospital. Qué rico hueles tío. Veo que  no pierdes el tiempo ¿Con quién pasaste la noche?

renoir.3

Renoir

El cardenal se despide de la serie apuntes de un niño

La abuela por las tardes se balanceaba en la poltrona; el viento mecía las ramas y se llevaba lejos el canto de los pájaros. Antes vivía en el centro de la ciudad con una tía, ahora está con nosotros.
—Desde la ventana solo veía las azoteas y el paso de los carros. Era aburrido.
Vivíamos sobre una loma. Era una casa con techo de lámina, un patio con árboles frutales y abajo un gallinero.
El corredor largo, cercado por macetas, donde el viento de la tarde parecía un perro juguetón que correteaba cualquier cosa. Descansaba en la poltrona con la cabeza reclinada, mientras chiflaban las canoras. La abuela y yo nos encargábamos de platicar con las aves.
—Juan no quiere cantar. —Decía la abuela en voz alta. Yo sabía que hablaba del cardenal de ojo blanco. Pedro, cantaba tan fuerte que ensordecía. Algunas veces las aves se contagiaban y el corredor era una fiesta de silbidos. Todos hacían bulla, menos el de ojo blanco. Ya por la noche se bajaban las jaulas y era cuando platicaba con Juan. había una simpatía que nos abarcaba.
Una madrugada cantó uno de ellos. En la mañana fue la comidilla. Todos preguntaban ¿escucharon cantar al cardenal?
—¿Quién fue el que cantó?, —preguntaba mi papá.
—Debió de ser Pedro, ya sabemos que Juan no canta. Dijo mamá.
Toda la semana chifló fuerte que nos espantaba el sueño y lo que parecía novedad se convirtió en molestia. La abuela separó las jaulas para saber quién nos despertaba. Quedamos igual pues la sonoridad de la casa no permitía identificar el ave. Tampoco podíamos dejar los pájaros fuera, las madrugadas llegaban con harto frío.
La tarde se hizo gris. Pelotas de nubes gordas ensombrecieron el cielo y una lluvia finita empezó. “hay que meter a los pájaros dentro de la casa” dijo mamá. ¿Cómo fue? No supimos, pero el cardenal de ojo blanco escapó. Esa noche fui a la cama friolento y cabizbajo. Oía el viento. El agua tamborileaba al golpear sobre las hojas del naranjo, la luz del foco se perdía en el enramado. Dormía entrecortadamente. Abría los ojos y me preguntaba en dónde estaría. El frío, el sueño, el cansancio me venció. En la madrugada desperté sobresaltado. Escuché el canto de él entre las ramas del árbol. Fui hacia la ventana y pude divisarlo por su ojo de leche. Fue un instante, después se perdió de mi vista, de mis oídos, mas nunca de mi memoria.
Afuera se oía la chorrera de agua sobre las hojas del plátano y el viento hacía tronar el techo de la casa.
cardenal.

Colisión

El caracol corre y evita el golpe de la tortuga, sin embargo el remolino formado hace estragos en su caparazón.
caracol