Aguacate oloroso

Es un pequeño árbol de aguacate oloroso. Diría que es un jovenzuelo, pero es la segunda vez que ofrece sus frutos a la familia. Tiene característica que lo hacen diferente. El aroma es penetrante y delicioso; apto para degustarlo en un te. Nuestra gente le ha encontrado virtudes medicinales para insuficiencias degestivas, puede ser. Es un fruto que se puede comer con todo y cascara; esto lo diferencía del resto de sus hermanos. Las hojas que es donde se concentra el aroma son favorecidas por los amantes de la cocina uff un «pescado verde al horno» es de paladear. El hueso me lleva a los juegos que podrían convertirse en maldades de la niñez. Hace ya mucho tiempo los boligrafos o plumas atómicas, traían un tubo que contenía la tinta. El tubo a diferencia de los actuales era de metal, por el color para mi eran de cobre. Insertabamos el tubo en la masa de la semilla de aguacate y soplabamos con fuerza y zas salía la bala y daba en el blanco en la espalda del compañero o bien en las nalgas del profesor.

aguacate oloroso

El niño y el mango

Me recostaba debajo del mango. Comía hasta quedar ahíto; descansaba y me dormía. Despertaba con hambre y volvía a jambarme de la carne dorada y jugosa; ríos amarillos dulces y pegajosos escurrían de mi barbilla. Lejos se oían los gritos de mi madre llamándome y reclamando el agua deseada del pozo. “Ninguna culpa tengo de que el árbol de mango me distrajese de mis deberes…”.

arbol mango

Clotilde

Corría por una vereda que no conocía. La tierra suelta recién raspada. Cerca el ganado pastaba y de lejos venía un gruñido que se hacía intenso. Después de traspasar la loma vi que se trataba de un Bulldozer. Cuando me acerqué a la máquina, ésta detuvo su marcha y quedamos en silencio. Le dije mi nombre.
—Soy Rubén.
—Soy Clotilde. —El nombre saltó como un chapulín en mi memoria.
—¿Eres del pueblo de Contreras?
—De Allá mero.
—¿Fuiste agente municipal en tu comunidad?
—Hace diez años tuve el honor.
—Entonces tu esposa es doña Lorenza que es auxiliar médico.
—Pues cómo me conoce tanto, yo por mas memoria que hago no me acuerdo.
Platicábamos en el campo a kilómetros del conglomerado urbano. Él montado en el asiento del Bulldozer y yo en short, con tenis y sudado de pies a cabeza. Las voces podrían haberse escuchado con claridad en aquel espacio. El sol empezaba a ponerse bravo y los animales buscaban la sombra de los mangos, dispersos en el potrero.
—No me reconoces porque ya han pasado cerca de diez años que nos vimos, Imagínate estuvimos en la misma mesa y esa vez tu señora hizo un mole de guajolote con tortillas recién hechas. —Se bajó de la máquina y se acercó a saludarme.
—¿Pues quien es usted?  —se rascaba la cabeza, hasta que se hizo la luz en su memoria. — Ya recuerdo tú eres el médico
y esa vez fue para darle medicinas a mi esposa.
—Así es Clotilde, pero dime, si no es cierto el dicho que dice que más vale llegar a tiempo que ser invitado.
Nos despedimos con un abrazo en un paisaje verde, ausente de brisa y saturada de silencio y soledad.

tierra-del-fuego-scenic-10-big.jpg

La niña y el «pirata»

Bajo la sombra, Cecilia, de diez años mira hacia el caserío. Imagina que su perro yace con el lomo quebrado en alguna callejuela. Su mirada va y viene. Suspira. Sus parpados no le arden, no le pican, pero los talla. Varias amigas la saludan, van acompañadas por su mascota. La tarde envejece y Ceci está por regresar a su vivienda, cuando siente un roce peludo entre sus piernas. Sabe que es “Pirata”. Se hace la indiferente y alzando la voz lo regaña.  “Dos días sin saber de ti es demasiado”. El can mueve la cola. Percibe que en un futuro no regresará. ¡De muy dentro sale un grito “No has sido buen amigo”! “¡Eres libertino, andariego!” El can lame sus manos, chilla. Ella solloza, cierra sus ojos, ya inundados de lágrimas. busca tejos, tira a no darle. ¡Vete!, ¡vete! camina dándole la espalda, a pasos cortos recuerda a su padre que la abandonó sin motivo. Después corre hasta ser un punto.

PIRATA

Desolación

Los cascos de la yegua resonaron con eco en el empedrado del pueblo. Parecía que sus habitantes dormían la siesta. Observé señales de un pasado afortunado: construcciones sólidas, cuyas ventanas armadas de cedro, decoloradas por el tiempo, aún mantenían el vidrio cenizo y astillado. La opulencia de sus años pródigos se negaba a desaparecer. La maleza crecía en los jardines, las enredaderas trepadoras indomables subían por las paredes de piedra. En los tejados, como tordos centinelas, se balanceaba uno que otro helecho. Las puertas cerradas. La iglesia mantenía su majestuosidad. El lugar fue paso obligado de los arrieros, centro comercial de la vainilla. Cuando los precios internacionales bajaron, llegó la penuria. Los pudientes se alzaron de hombros, se llevaron su dinero, dejaron sus casas y se fueron a la capital. La gente que se quedó fue por amor al terruño, vejez, enfermedad; los hombres huyen, unos porque tienen fuga en la sangre y la mayoría para no morir de hambre.

desolación

La consulta

El frío del altiplano se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital. Un fino sudor brotaba de la nariz afilada que hacía resaltar sus ojeras. El cabello oscuro y crespo tenía gotas de agua que al combinar con la luz mercurial, parecía centellear. La lividez de su cara se acentuaba cada vez que se intensificaba el dolor. Eran las tres de la mañana.
 Mi compañero de guardia, arropado con una manta, dormía profundamente. Los cubículos separados por cortinas de plástico daban al espacio olores del yodo, de mercurio y tufo de sangre.
Nos conocimos en la Cruz Roja. Un domingo la invité a salir a caminar por el parque y disfrutamos de un fin de semana diferente. De regreso en el autobús, recostó su mejilla. La abracé. Mi boca reconoció el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó de ahí. Nos dejamos de ver y ahora ella se encontraba frente a mí, en un cubículo que olía a desinfectante.
— ¿Eres el único médico aquí?
—Sí.
— ¿No hay nadie más que tú?
—No a esta hora.
—Debe de haber otro médico.
—¡Claro que sí!, los médicos jefes se encuentran en el área de descanso. Mi compañero de guardia aprovecha para reposar y si tengo suerte en una hora me tocará a mí. ¿Por qué no te quieres atender conmigo?
—Me da vergüenza.
— ¿Vergüenza? ¿Por qué?
—Tú sabes… no puedo contártelo, por lo que pasó entre nosotros.
—Por eso deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención?
Poco a poco se fue relajando y platicándome de su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó la asistencia de la enfermera quien la llevó al privado y la ayudó a despojarse de su ropa interior. Ya situada en la mesa pude explorarla.
Mientras me quitaba el guante, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, pero los momentos eran tan opuestos ¡Qué lejos estaba la penumbra del camión! Su respiración resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que trasponía fronteras y nos llevó a recovecos de placer. No recuerdo qué nos detuvo, y nos despedimos con un abrazo estrecho.
En cambio, en esta madrugada, mis manos se detuvieron en cada parte de su anatomía buscando la causa del sangrado; había que contener la hemorragia. Me comuniqué con el jefe de la guardia quien estuvo de acuerdo con el diagnóstico. La llevarían a quirófano.
Por un momento, quedamos solos, miró con ojos lejanos. Me dio un abrazo débil y un beso en la boca, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas resbalando por mí cuello.
—Por si no te vuelvo a ver —me susurró al oído.

URGENCIAS

Un mudo contento

Me ganaba el diario de la vida haciendo mandados. Naci con pocas gracias y mudo. La gente pregunta por qué no puedo hablar, si tengo una lengua tan larga que puedo tocarme la nariz. Desarrollé a falta de sonido la capacidad de comunicarme con mis manos y me hago entender. Por la mañana voy a los lavaderos comunales del pueblo y las señoras me saludan con afecto. Saben que cuentan conmigo.
—Toma agua de mango que traje.
—Hay enchiladas de mole con huevo.
Ser mudo no es el infierno, sobre todo si sabes manejar una lengua larga.

lavaderos--

El hombre-parafraseando una idea de Borges

Antes de cerrar la puerta, su hijo le lanzó un beso chasqueando la lengua. Rosa entrecerró los ojos y vio nítida la imagen de su esposo que hace dieciocho años partió a un viaje de negocios. Lo recuerda con el ceño fruncido, la ceja levantada y aquella sonrisa indefinible. No era extraño que él se ausentara algunos días. había sido una semana fría, lluviosa cuando se le vio por última vez. Vivían en un condominio donde los edificios parecían idénticos.
Lo define como buen compañero, sin embargo, eran evidentes sus ausencias que tenía que golpearlo para volverlo a la realidad. Lo sueña en ocasiones. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez… Había ordenado vestido, y al ir bajando la escalera, se preguntó: ¿qué tanto me amará mi mujer?, sería bueno saberlo. En vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó a vivir. En unos minutos estaba relativamente cerca de su casa, y podría decirse que era vecino de sí mismo. No salió durante un mes. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba hasta sus ojos. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar la comisaría. Oculto, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la esposa siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y escuchó alguna conversación con la verdulera. Su voz era suave, susurrante, parecía hablar consigo misma. Recién casados su voz comunicaba viveza, alegría.
Casi por cumplir los veinte se dio cuenta que Rosa era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Procuró coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque arbolado, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Su compañera apretó sus manos, supo que una cicatriz se había roto. Aquellos ojos tristes volvieron a prenderse, se llenó de una fina lluvia. Sobrevino un relámpago, sintió que tenía algo mágico en aquel varón y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó con descaro. Reconoció el sabor del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.

valentin serov

Oficio

Me conmueve el asma de la hormiga, que carga cien veces su peso. El chapoteo del agua que hacen las lavanderas que tallan desde niñas con sus manos heridas de vejez  más ropa , que las tiene una boutique.

Cortometraje de lupita

Lavando la conciencia

La beata sale del curato, percibe que el cabello se le ha destrensado, lleva bajo el vestido
la acalorada discusión de los pezones y reza los cien padres nuestros que el cura le impuso para purificar su conciencia.

iglesia.

La prueba*

Ella estaba en un rincón de la sala orquestando sus manos largas que más que ganchos parecían batutas. Él fumaba y tamborileaba pensamientos; nada le parecía relevante. Intentaba recordar, pero las evocaciones pasaban veloces y livianas.
— ¿Qué haces?
—Tejo.
— ¿Es una corbata?
Ella ignoró el sentido irónico y siguió con la labor.
—Sólo practico un punto que resista cualquier embate.
Él salió dando un portazo. Respiró hondo; la fina lluvia
rápidamente lo perló.
— ¡Tu gabardina! —le gritó.
—Eres divina, estás en todo.
—Sólo te cuido— Le dijo paciente.
Se internó por las callejuelas del barrio. La luz mortecina dejaba ver los grafitis y bajo el dintel de un viejo portón, a un ciego que cantaba acompañado por un bote de lata. Entró en el bar, pidió un tequila, después otro. La luz traspasaba indiferente las capas de humo que salían de la boca de los escasos parroquianos. Un saxofonista resoplaba el instrumento. No aguanto más y pidió la cuenta.
Por la mañana, su esposa lo encontró colgado con el lienzo que ella había tejido. Dijo para sí: “El punto no es tan bueno, tendré que ajustarlo”, y empezó a vestirse de negro.

retrato-de-actriz diego Rivera

Diego Rivera

 

  • Una mini que fue elegida por uno de los diarios de circulación nacional  «La jornada»

Páginas sueltas

Aquel sótano olía a vejez. Había largas mesas y encima libros de segunda. Llegaron unas hojas sueltas y leí. Hablaba de amor.
“… pasamos tiempo platicando sin cansancio. Fue tal nuestro afecto que, si no aparecías en la red, me preguntaba: ¿le habrá pasado algo? Nos permitió conocernos a fondo. Un día me invitaste a tu casa. Me instalé en tu hogar, conviviendo con la familia. Nuestras vidas se hicieron reales. Caminamos por las calles, fuimos a reuniones sociales, por la noche alargábamos el tiempo. En la mañana hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Meses después llegaste a mi ciudad. Dejé todo por estar a tu lado. Nos unimos sobre la ceiba, el mar y la sabana. Dejamos de ser dos.
Hoy no estás, y tú evitas cualquier roce que te haga recordar lo que vivimos. Callo. comprendo que nada bien nos hace seguir montados en un viento que no existe, sin embargo, tu recuerdo vive en soledad. Cuando nos veamos sonreiré por el gusto de verte nuevamente. Aunque dentro…”
Con insistencia rebusqué en el tiradero el completo de aquellas memorias. No lo encontré. Decepcionado salí del local. ¡Ah el parque!, ¡los árboles! Y sobre la parte más frondosa, una mujer de botas, pantalones y pequeños aretes colisionó conmigo. Ella ruborizada, se disculpó y siguió su carrera. La vi perderse entre el gentío. Tocaban las campanas llamando a misa.

mujer en paris