Los cascos de la yegua resonaron con eco en el empedrado del pueblo. Parecía que sus habitantes dormían la siesta. Observé señales de un pasado afortunado: construcciones sólidas, cuyas ventanas armadas de cedro, decoloradas por el tiempo, aún mantenían el vidrio cenizo y astillado. La opulencia de sus años pródigos se negaba a desaparecer. La maleza crecía en los jardines, las enredaderas trepadoras indomables subían por las paredes de piedra. En los tejados, como tordos centinelas, se balanceaba uno que otro helecho. Las puertas cerradas. La iglesia mantenía su majestuosidad. El lugar fue paso obligado de los arrieros, centro comercial de la vainilla. Cuando los precios internacionales bajaron, llegó la penuria. Los pudientes se alzaron de hombros, se llevaron su dinero, dejaron sus casas y se fueron a la capital. La gente que se quedó fue por amor al terruño, vejez, enfermedad; los hombres huyen, unos porque tienen fuga en la sangre y la mayoría para no morir de hambre.

desolación