Antes de cerrar la puerta, su hijo le lanzó un beso chasqueando la lengua. Rosa entrecerró los ojos y vio nítida la imagen de su esposo que hace dieciocho años partió a un viaje de negocios. Lo recuerda con el ceño fruncido, la ceja levantada y aquella sonrisa indefinible. No era extraño que él se ausentara algunos días. había sido una semana fría, lluviosa cuando se le vio por última vez. Vivían en un condominio donde los edificios parecían idénticos.
Lo define como buen compañero, sin embargo, eran evidentes sus ausencias que tenía que golpearlo para volverlo a la realidad. Lo sueña en ocasiones. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez… Había ordenado vestido, y al ir bajando la escalera, se preguntó: ¿qué tanto me amará mi mujer?, sería bueno saberlo. En vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó a vivir. En unos minutos estaba relativamente cerca de su casa, y podría decirse que era vecino de sí mismo. No salió durante un mes. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba hasta sus ojos. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar la comisaría. Oculto, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la esposa siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y escuchó alguna conversación con la verdulera. Su voz era suave, susurrante, parecía hablar consigo misma. Recién casados su voz comunicaba viveza, alegría.
Casi por cumplir los veinte se dio cuenta que Rosa era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Procuró coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque arbolado, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Su compañera apretó sus manos, supo que una cicatriz se había roto. Aquellos ojos tristes volvieron a prenderse, se llenó de una fina lluvia. Sobrevino un relámpago, sintió que tenía algo mágico en aquel varón y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó con descaro. Reconoció el sabor del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.

valentin serov