Rubén García García
La muñeca gritó cuando iba a ser violada.
Cerca, los soldaditos de plomo
jugaban a «serpientes y escaleras»

El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
Rubén García García
La muñeca gritó cuando iba a ser violada.
Cerca, los soldaditos de plomo
jugaban a «serpientes y escaleras»

Autor Rubén García García
Soy fea, se dijo murmurando. Yo también le contestó una voz que arrastraba las palabras. La luz disminuida del bar y con pocos clientes facilitó el acercamiento. Su estima se inflamó. Una mano húmeda peinaba su pelo, dos brazos la sujetaban de las caderas. Otros arremangaron su vestido, Lo confirmó el frescor en los muslos. Iba a protestar, pero se contuvo cuando un muñón acariciaba con destreza ocasionando un placer nunca antes sentido. fue la primera vez que supo que era una mujer y contestó con un beso intenso y profundo. Los orgasmos bajaron de un tobogán que la cimbraron de rubor, asfixia y gritos contenidos. Llegó a su casa sin saber nada del furtivo amante, pero al volver la película se percató que los brazos la habían tocado al mismo tiempo y se sonrojo, luego le agarró un episodio de risa y se preguntó ¿sería un calamar?
se transforma en prostituta y vea que hace con un supermacho.
Voy por la calle de música y aparadores contoneando mis caderas. Hay aromas de carne que fritan y de miradas que apuntan a mis nalgas. Ninguno me convence. Cuando estoy por regresar, me sale un ejemplar que me mira como su presa y eso me convence, me excita los sentidos. En el camino al hotel me seduce con sus marranadas y terminada su faena saca el puñal y allí es cuando inicia mi diversión. Lo desarmo, lo anestesio y lo transformo y desaparezco.Por la mañana verá en el espejo a una hermosa madona. Pensará que está soñando. Tendrá ganas de miccionar y al no encontrarse ningún apéndice lo hará en cuclillas. “Le estoy dando lo que el odia” Años después los encuentro como homosexuales, o prostitutas. Muchas aceptan su realidad y me llena de gozo, algunas lo aceptan tan bien que disfrutan el noble retozo y una porción muy menor se hacen lideres para defender lo que tanto asco les causaba.

Ha causado mucha expectación la competencia: «la desaparición de montañas» que se llevará a cabo en el Himalaya. Todo indica que el ganador saldrá del Tíbet o del Medio Oriente, regiones donde la fe campea.Occidente envió a un jovencito llamado David Copperfield a quién no le dan ninguna posibilidad.
Noticielo, su agencia de noticias.

Rubén García García
Antes de morir el abuelo le dice al hijo “pon en mi caja un frasco de pastillas azules, no sea que me tope con alguna de las once mil vírgenes que viven en el cielo».

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¿Quién mató al susodicho?Cuando me fui a comprar la carne, él estaba escuchando a todo volumen el concierto de rock y sobre el buró estaban los cigarros. Con seguridad tenía uno prendido y se durmió. La humazón se hizo al quemarse la sábana y el colchón. —¿Y por qué no abrió la puerta? —Lo intentó. Pero yo me llevé las llaves del cuarto.—Mire nada más y él, siendo tan buen cerrajero.

Rubén García García
Así, calladito, calladito… ¡se ve tan bien!, nada de sombrerazos o alharacas. De esa manera hay que enfrentar a la muerte, como si fuese una vieja amiga, o una esposa a quien se le dice que sí, porque es el día de compra. Calmado. Ya vendrá cada año a festejar. Seguro que tendrá sus viandas de mole, su cerveza oscura y hasta es posible le ofrenden ese ron blanco añejo que tanto disfrutó. Claro que podría no suceder, si su esposa decide continuar la relación virtual y viajar a una costa en el Pacífico para hacerla real, donde los festejos hacía los difuntos son diferentes. No se altere, es poco probable, pero posible.




Rubén García García
Volvió el viejo deseo en su fiesta de cumpleaños y encapsuló el secreto. La pretensión cuchicheo en sus sueños y un día, contrario a sus hábitos, se vistió con sencillez, dejó de asistir a las reuniones de canasta y disfrutó con emoción de niña los ritmos afrocaribeños de su pueblo. Su esposo, fiel acompañante, se extrañaba de los cambios, pero los atribuyó a los vaivenes que las mujeres padecen. Ella seguía siendo la mujer sencilla, apasionada y buena madre. Su esposo así la amaba.
Meses después llegó una ambulancia hasta su residencia. En el servicio de urgencias el médico no dudó en intervenirla. El marido, sorprendido, veía a un vástago que hacía contraste con la piel blanca de ella. Hinchada del corazón, acariciaba maternal a su oveja negra.

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El pescador regresó al caer el sol y piensa en voz alta “el mar ha sido todo para mí. me da el sustento y la belleza. Me ha enseñado tener paciencia: hoy no hubo pesca, mañana tal vez la haya” Por reflejo echó la red. No tuvo que luchar para depositar en el bote su presa, era una sirenita con ojos verdes y cejas color carbón, una niña que lo miraba resignada. Sabía que no le harían daño, y que tampoco podría escapar.
“Debería sentirme afortunado, es un golpe de suerte”. Todo estaba bien, lo que no encajaba era la mirada de la niña, inmensa, lejana y su cara tan parecida a la de su nieta que ya estaría esperándolo en el muelle. En silencio la liberó y la puso entre las olas del mar. Ella se impulsó dándole un beso en la mejilla. Cerca, su mamá la esperaba.

Rubén García García
El búho alisa sus plumas y lava su pico antes de dormir. Hoy no saldrá de caza.
La luna canturrea entre las estrellas. Él la acompaña con el pensamiento. No quiere disgustarla; sólo desea estar con su recuerdo. Así que cuando pase, cantará de pico hacia fuera.
Dentro de él, hierven los vientos y agitan el polvo que el tiempo ha depositado.
Es gracioso y él se da cuenta, que no puede evitar su pensamiento analítico. Sonríe y después exhala un silbido que compite con el de los vampiros. Es la manera en que los búhos suspiran.
Ha perdido la figura esbelta y por más que alisa el plumaje da la impresión de ser un paréntesis. Nunca está solo, siempre acompañado por sus pensamientos filosóficos que guarda en las sienes de su testa.
Tuvo amores pasados que fueron y vinieron. “Las féminas estorban las cadenas de mi inferencia”, decía, después de saciar su apetito corporal. Sin embargo, se enamoró de una que no tenía cursos, ni recursos y su método de análisis era un champurrado de tonterías. La veía aletear alrededor de él demostrándole su entusiasmo. Hubo momentos que sonreía, luego se hizo insoportable. No estaba hecho para el dulce y un buen día se alejó.
Hoy la recuerda y comprende que hay fulgores que el pensamiento no puede obsequiar. Y el método de la razón magnifica la inmensa soledad en que vive.
Él ya no suspira, risotea como lo hace la hiena. La verdad es que llora, sólo que disfraza su emoción, pues no es saludable que pierda compostura e imagen: ahora canta alargando el tono como lo haría un bandolón.
Rubén García García
Me levanto sin pensarlo. Se oye el aleteo de los murciélagos en el perón; la noche ha sido fría y húmeda. A la olla del café le pondré más canela y agua. Despierto al marido y busco un pedazo de pan para que se vaya con algo en la tripa. ya se levantan los chiquillos y piden, —no saben si hay — pero piden. voy de prisa a llevarle el almuerzo: son tortillas untadas con frijoles y un poco de chile para que sienta que algo le pellizca el estómago. Limpiamos la milpa. Él se queda, yo me regreso a preparar un caldo de chayotes. Me llevo los niños a la cañada para que ayuden a cargar agua. con una buena vara se pueden cargar dos cubetas y otra en la cabeza. Agua para el marrano, para las plantitas de olor, las gallinas. Los perros piden después de que se come su mazorca. Agua en la cocina para el atole, el café y para la sed. Nada se desperdicia. Ya mañana que lave aprovecho para bañarlos y de regreso me ayudan cargando con la ropa seca; también compraré un litro de petróleo para los candiles, a oscuras no se puede remendar la ropa. Hace mucho que no tengo un hato seco de leña y los que la traen a vender no se arriman por aquí, saben que el dinero está escaso y los chamacos piden, —ellos no saben si hay— pero piden.

Rubén García García
Aspiraba el humo del café y decía: “en este momento puedo hacer locuras.» Yo reía, pensaba que era una broma. Una mañana fría después del exprés subíamos por el elevador y empezó a besarme. «tengo citas pendientes” y se fue corriendo. Jamás se volvió a tocar el tema. Un fin de semana tuve que ir a su departamento y dejarle los documentos que necesitaría para una reunión de negocios. Tomé el aromático que me ofrecía y ella sólo agua. «Entonces, no me acompañaras con un café y le dí mi taza», le dio tres sorbos y espontáneamente me tomó de los hombros y me besó en el cuello. «Tienes una fragancia y suspiró». Dos horas después estábamos bajo la misma regadera. La acompañé y pasamos un domingo increíble. El aroma del café se alejó de mi sueño y encendí la luz del velador y solo habían transcurridos dos minutos. Mi esposa dormía profundamente. Fui de nuevo al baño, y regresé satisfecho y relajado.
Rubén García García
Tiene los ojos de muñeco. Buscó sus cigarros, tocó su cabeza, su cara, la barba. Su coleta había desaparecido. Miró a su derredor: las paredes impolutas, lisas y un cielo azul. El pasto mullido, la sombra acostada de los árboles que invitaba a la oración. Musica de chelos brotaba del suelo.
Iracundo gritó: ¡No! ¡basta! ¡basta!, ¡pongan a Metálica! ¡Mac Sabbath! ¡Ladybird! ¡quiero morir!, quiero morir!
—Estás muerto
—Quiero ir al infierno
—En él, estás. Y diviértete, …tu angelito al que siempre mandabas a la chingada.

Rubén García García
En las noches de frío intenso te hacías bolita y tus pies se calentaban entre los míos; mi pierna derecha cubría tu redondez con fiebre y olor a canela. Ayer, dijiste que me apropié de la frazada y en la madrugada te despertaste. Vi en el reclamo de tus ojos una luz de enojo con regusto a quina. Dejamos de abrazarnos y había en la cama lejanía; cada uno comenzó a abrigarse con su propio cobijo de lana. En la noche, el frío regó cristales de sal en la casa.
No puedes conciliar el sueño, porque tu cuerpo no responde al acomodo; yo me cubro hasta la cabeza y, aunque mis ojos permanecen abiertos, solo veo una profunda oscuridad –fría como la menta– Afuera el viento ulula.


Rubén García García
Escucho el ruido de la heladera. Afuera, va gritando el vendedor de mondongo. Flota una calma que no lo es. Se oye la alarma de un vecino. Después el silencio; veo por la ventana el pájaro azul negro. Es un día nublado, los cotorros en el patio chiflan fiu-fiu a mujeres inexistentes. Desde la avenida se oye el ir y venir de los carros. Muy a lo lejos llega el canto de la primavera. Me encimo en su silbido para escapar de la soledad.
Flota una calma;
no lo es, pero asfixia.
Vuelo a la sábana.
