Sendero
A la abuelita se la llevaron al callejón. Su silla no. Tiene arreglo.

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Sendero
A la abuelita se la llevaron al callejón. Su silla no. Tiene arreglo.

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Rubén García García
Sendero
Al abrir la puerta percibió un olor a patas y sangre. Se acercó al cadáver y lo identificó por el arete.Esbosó una sonrisa y soltó la carcajada que ahuyentó a las moscas.
-¡Hasta que te vi muerto cabrón hijo de puta!
Pudo escuchar un ruido, tan leve como suspiro. Un dolor punzante explotó en su nuca y antes de sumirse en el vacío, la voz odiosa de su enemigo que le dijo:.
-¡Hoy se te quitará lo pendejo!
Y le dio la razón al gordo; que salía del hotel pulgiento acompañado del actor que limpiaba de su piel la pintura roja y le devolvía el arete, zafándolo de la oreja.
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La tía Gertrudis no puede ver una puerta abierta de la alacena porque se enoja, pero ella deja abierta la de su dormitorio. La puerta del estante, se entiende, se meten las pipiliacas* que se comen el chile del mole. La de su recámara no sé, quizá extraña a su difunto esposo. La escucho llorar y creo que por sofocarlo se oye como un quejido.-¡Flaco, flaco! ve con don Demetrio y pides un kilo de bistecs y medio de chorizo. Buscó el dinero y no lo encontró.-Dile que te lo apunte, luego voy y se lo pago.-Me dijo el carnicero que más tarde pasa a cobrarle. Hizo un gesto de rechazo y luego la cambió a una sonrisa forzada. Yo no vi que don Demetrio llegara ni por la tarde, ni por la noche. Algunos susurros en la madrugada y los quejidos de mi tia antes de que cantara el gallo. Lo que recuerdo es que nunca faltó en la mesa un trozo de carne. Aún me timbra en el oído su voz aflautada:» No desperdicien nada, ni se la den al gato, que no me la regalan»

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Los encontró haciendo el amor en su cama. Guardó la pistola y se retiró para no volver nunca. Tres años después se casó con la mujer más fea de todo el pueblo y regresó a trabajar como agente viajero con la tranquilidad que da el de tener a una mujer atormentada de fealdad. Intempestivamente llegó a su hogar y su esposa hacia el amor. Sacó la pistola enfrentó a los amantes. Le puso el cañón en la sien al sujeto.
─ ¿Dígame que le ve a esta mujer, no es fea, es feísima? Dígame la verdad o lo mato.
─ La verdad la verdad… es que tiene orejas muy bonitas.

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En este momento que la perra juega en el jardín, te llega el deseo de no ir al trabajo y quedarte a mi lado. Vi que sacudiste la cabeza e hincaste el tacón en el piso de madera. Inefable sería perdernos y disfrutar la intimidad del tiempo. Reímos. Pero volar es peligroso…te despediste con un beso a orillas de mi boca y roce con las palma tu cadera. El taxi te esperaba, la oficina también.

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Prevención de Rubén García García
¿Por qué te vas? preguntó ella cuando lo vio con su vieja maleta.
Se detuvo, titubeo, no miró la armonía de su figura. Era complicado decirle que era imposible mirarla como hija.

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Él tomó su sombrero, te dio un beso en la mejilla. Dijo: “Luego vengo”; y en un santiamén llegó la madrugada, sin que él diese señas de volver. Antes de que partiera, lo abrazaste, se enlazaron tus manos. El perfil en su cuello, los senos contra su pecho.
Mientras se bañaba, miraste al espejo. Tu pelo castaño caía lacio sobre los hombros, la bata abierta parecía un zaguán resguardando frutales. ¿Sabes?, la seda va bien a tu cuerpo, al caer define la brevedad de tu vientre y la curva de tus caderas. Del buró sacaste un incienso de sándalo y el olor se esparció en la recámara.
Salió del baño con las gotas de agua atrapadas en el vello, sin mediar palabra lo besaste. Él respondió rozando los tuyos, se zafó de tus brazos, se vistió.
—Regresaré pronto— dijo.
Besó tu mejilla y sonrió con picardía.
— Voy a una reunión de caballeros.
Mientras te bañabas, miré tu silla veteada, recorrí cada una de las figuritas de porcelana. Oí crujir la puerta. Saliste con una bata color naranja y sujetabas tu pelo con una toalla. Te veía detrás del espejo. Tus ojos color carbón, labios hechos para el beso; las mejillas turgentes y frescas.
El bochorno de la noche dio la justificación para abrir la bata. Observaste la grandeza de tus pechos y sonreíste al recordar la atracción que ejercen sobre el deseo de los varones. Cepillabas el cabello y en cada movimiento sobresalía enrojecido tu pezón como una uva cargada de vino.
Te recostaste sobre la cama. La noche calurosa se transformó en tibia y la vigilia, y el fastidio fue ocultando tus deseos.
Miraba tu esplendor, acostada tenías la cabeza de lado, y la dignidad erecta de los pechos; en el sueño ellos esperaban. Tus piernas blancas que parecían con el velador cal dorada.
—No entiendo el desprecio de tu varón. ¡Cómo no trotar y cabalgar tus colinas llegando así a las dunas de tu vientre y entremezclar los suspiros con lluvia íntima! He salido de mi escondite y estoy a tu lado, por más que intenté sacudirte con mi ánimo, no despertaste. Me retiré a mi guarida a rumiar mi desorden que, por supuesto, no es de este mundo. Recuerdo las veces que escuchaba a las parejas en su procesión de quejidos. Hermosa mujer, yo también me he decepcionado de tu esposo y me he quedado con el deseo de lubricar mis sentidos.

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Rubén García García
Me quedé indefenso, turbado, al ver su sonrisa fresca. No me contuve y le grité—espera— Fue un grito mudo y ella se perdió entre las voces del viejo muro y el aleteo de las palomas en el campanario.
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Le ordenaron reposo y tranquilidad. Rentar una choza a metros de un lago, le pareció buena idea y giró el importe. Dos días después se instalaba. Los moscos fueron un suplicio. Los ruidos de un monstruo que rompía el agua los escuchaba detrás de las orejas. Con los ojos vidriosos y ojeras profundas se levantó a prepararse un café, al primer sorbo llegó una parvada de patos haciendo un ruido infernal.
Ya descansa, entre un gritón de la lotería y un vendedor ambulante.

Sendero
Vi la flecha que indicaba la desviacion a la comunidad de Piedra Roja, me dije: “Estoy cerca”
hacia el calor de un mediodía que se anunciaba sudor por mi frente a pesar del acondicionador de aire.
Tomé un brecha y cinco minutos después me estacionaba bajo una ceiba.
Me habían recomendado al carpintero desde hace años. No había tenido tiempo y lo posponía. Ante el acoso de mi esposa, tuve que ir en su busca.
Hubiese sido fácil comprar el mueble, pero los que vimos, ella decía: “ Es madera comprimida” “ está rústico” “El color no combina” De regreso a casa su voz salió bronca “ Quiero que me lo mandes a hacer” Ella debió haber visto algún gesto en mi cara y de inmediato replicó: “ Claro, como tú no estás en casa y te la pasas bien divertido en tu trabajo” Suavizando la voz, le contesté que hiciera un dibujo del mueble que deseaba y que buscaría al mejor artesano.
Estaba en el jardín y de acuerdo con el mapa que traía, la carpintería no debería de estar a más de cien metros. Toqué la puerta y una mujer con manchones de pelo canoso y ojos pequeños me invitó a pasar. Dentro de la casa había un clima diferente, fresco, orden, sencillez. Los cojines de la sala estaban hechos con retazos de diferentes telas y colores. Las paredes blancas servían de marco a los retratos de familia y en una esquina: un ramo de flores recién cortadas y una veladora ardía. El olor de la madera, el barro y la cera le daban una fragancia de paz. En medio, como división, estaba un juguetero. En él, una colección de piezas labradas: animales, trasteros, cajitas, baúles, decoradas con esmero. La pieza que llamó mi atención y deseo fue la poltrona.Se encontraba al fondo y, algunos rayos se filtraban y caían en el respaldo, dándole una sensación de espejismo. La madera labrada, hacía juego con algunas figuras tejidas que sobresalían por tener tonalidades suaves. La Poltrona se movía al compás de algunas ráfagas de aire.
— ¿Todo esto lo hizo su esposo?.
— Sí. Un artesano como pocos.
Me sonreí, ella también. Previo permiso tomé del jugetero un águila con las alas extendidas, en cuyos ojos se advertía la furia.
—Mi esposo cada mes decía, hoy es tu cumpleaños y me ofrecía una figura. ¡Estás loco, estás loco! le gritaba y él sonreía. Me contestaba que sí, que era por haberme encontrado. Yo me reía y le daba un beso, luego me arremolinaba en su pecho lleno de aserrín, para que no me viera llorar.
No pude más, me paré y rápido caminé hacia la poltrona, con el vivo deseo de dejarme caer; un grito agudo, helado, me detuvo.
— ¡No lo haga! Mi esposo tiene año y medio que falleció; al menos para mí, sigue vivo. Cuando yo me siento es porque él desea cargarme en sus piernas y tal vez no lo crea, el sillón se mece solo, es su manera de hablarme… y decirme que no estoy sola.

Sendero.
La línea blanca de la carretera se pierde, una motocicleta irrumpe y desaparece.
Por la mañana el sol cae sobre mi espalda; delante de mí veo una sombra desfalleciente. En la cima del cerro rozo las nubes, abajo, los árboles parecen arbustos. Los ojos se refrescan al mirar el río. tener el agua en el hueco de mis manos, humedecer los labios.
Mi sudor brota y hace aroyos que llegaran al mar. Irrumpe el ruido fugaz de la moto que poco a poco se pierde en la lejanía.
Sendero
El zapote mamey es oval, carne olorosa.
asalmonado.
La semilla, café brillante en armonía con el fruto.
Verla es arrobarse.
La fruta de eva.
El nonagenario acarició la piel, olfateo y se la llevo al pecho.
Ruben García garcía
Mujer de madera. De Rubén García García
Tengo un rostro de madera que nunca dulcifico, soy de un perfil severo, que si alguien viniese a pedirme un favor; se retiraría sin pronunciar palabra. Los gestos, me los ha tallado la vida. Cuando joven, para no ser victima de los atropellos y después, como escudo para defender a mis hijos.
Dentro de mí, habitaba una niña que gustaba sobar el lomo a los animales, o correr tras la cometa y admirar el atardecer. Hoy, a mis ochenta años, la muerte duerme a mi lado y mis cuitas despiertan en mis labios, cada vez que sorbo el té…
A la mitad de mi vida, sólo un varón conoció mi interior. Así, cuando él llamaba por mi nombre se dirigía a la mujer dura. Si éste salía cantado y en diminutivo, le hablaba a la pequeña; y si lo decía en voz baja y susurrándolo, entonces comprendía que buscaba a la mujer.
En un tiempo lo amé, pero él tenía semillas de fuga, y tuve que olvidarlo. Las últimas veces que platicamos, le advertí que su presencia sólo sería atendida si dejaba tras la puerta su orla de sensualidad.
Nunca replicó, sólo guardó silencio y la mirada se alejó, como buscando alguna explicación.
Cerré los ojos, y repetí que sería afortunada, si los hombres dejasen de rondar por mi vida. Ellos tienen más carne que espíritu: fuman, beben, son mujeriegos, torpes y en ocasiones estúpidos. Mi punto de desagrado crecía, si la insistencia llegaba al ruego. ¡No lo soporto! Yo nací para ser libre. Me decía.
Un día dejó de venir y fue la niña que vivía en mí, la que más sufrió con su ausencia. Mi vanidad también lo recordaba. Yo continué con mi vida, me cultivé, atendí mejor a los hijos y después a los nietos, viajé mucho y el tiempo pasó como un respiro.
Hoy llegó a mi memoria y dejé que fluyeran las imágenes como un tren que arriba a la estación con las puertas abiertas. Encontré selvas donde los helechos cambian la luz y la dispersan en cristales de colores haciendo que baile, como si cada canica de fosforescencia tuviese vida propia. Después me vi correr en la pradera; restregando con mi espalda la hierba mojada, como una yegua estremecida por el placer del retozo.
Hoy me pregunto, ¿sí lo seguía amando, por qué lo evité? ¿Para ser libre? A la luz de mis ochenta años, comprendo que fui yo quien lo alejó. “Si deseas estar a mi lado, sólo serás espíritu; cuando meses antes había sido su mujer” ¿Cómo puede estar un hombre contigo siendo sólo espíritu? Si él busca de ti una apertura que comience con un beso.
A esta edad, contemplo que mi saco de recuerdos está repleto de las travesuras de los hijos y mis nietos. Sin duda fui egoísta con mi corazón, o simplemente me negué a vivir… Hoy comprendo que la libertad es plena cuando tienes una persona que rebana el pan, mientras tú sirves el té.

Sendero
De día te ocultas y de noche atisbo y leo las reacciones y tus pensamientos. Me siento y aplaudo tu exhibición de arte gatuno. baile de callejones que poco a poco te despojas de los prejuicios y das una excelsa.
función de tu libido.
Al día siguiente tímida te escondes.
Rubén García García
4 de la mañana.

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La consulta de Rubén García García
Afuera llovía.
El sudor le corría desde la frente hasta las comisuras. El cabello oscuro reunía miles de gotas que al mesclarse con la luz hacía resplandecer sus ojeras. La palidez y el gesto de su cara se contraía cada vez que apretaba el dolor.
Eran las tres de la mañana en la sala de urgencias obstétricas. En el cubículo estaba ella y yo.
Mi compañero de guardia, arropado con una manta, dormía profundamente. Los cubículos separados por cortinas de plástico daban al espacio olores del yodo, de mercurio.
Nos conocimos en la Cruz Roja. La invité a salir a una ciudad cercana y disfrutamos de un fin de semana diferente. De regreso en el autobús, recostó su mejilla. La abracé. Mi boca reconoció el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó de ahí. Nos dejamos de ver y ahora ella se encontraba frente a mí, en un cubículo médico.
— ¿Eres el único médico aquí?
—Sí.
— ¿No hay nadie más que tú?
—No a esta hora.
—Debe de haber otro médico.
—¡Claro que sí!, los médicos jefes se encuentran en el área de descanso. Mi compañero de guardia aprovecha para reposar y si tengo suerte en una hora me tocará a mí. ¿Por qué no te quieres atender conmigo?
—Me da vergüenza.
— ¿Vergüenza? ¿Por qué?
—Tú sabes… no puedo contártelo, por lo que pasó entre nosotros.
—Por eso deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención?
Poco a poco se fue relajando. Más resignada que conforme, aceptó la asistencia de la enfermera quien la llevó al privado y la ayudó a despojarse de su ropa interior. Ya situada en la mesa pude explorarla.
Mientras me quitaba el guante, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, pero los momentos eran tan opuestos ¡Qué lejos estaba la penumbra del camión! Su respiración resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que trasponía fronteras y nos llevó a recovecos de placer. No recuerdo qué nos detuvo, y nos despedimos con un abrazo estrecho.
En cambio, en esta madrugada, mis manos se detuvieron en cada parte de su anatomía buscando la causa del sangrado; había que contener la hemorragia. Me comuniqué con el jefe de la guardia quien estuvo de acuerdo con el diagnóstico. La llevarían a quirófano.
Miró con ojos lejanos. Me dio un abrazo débil y un beso en la boca, escondió su cara en mi hombro y sentí el agua de sus lágrimas resbalar por mí cuello.
—Por si no te vuelvo a ver —me dijo.
