La mecedora de Rubén García García

Sendero

Vi la flecha que indicaba la desviacion a la comunidad de Piedra Roja, me dije: “Estoy cerca”

hacia el calor de un mediodía que se anunciaba sudor por mi frente a pesar del acondicionador de aire.

Tomé un brecha y cinco minutos después me estacionaba bajo una ceiba.
Me habían recomendado al carpintero desde hace años. No había tenido tiempo y lo posponía. Ante el acoso de mi esposa, tuve que ir en su busca.

Hubiese sido fácil comprar el mueble, pero los que vimos, ella decía: “ Es madera comprimida” “ está rústico” “El color no combina” De regreso a casa su voz salió bronca “ Quiero que me lo mandes a hacer” Ella debió haber visto algún gesto en mi cara y de inmediato replicó: “ Claro, como tú no estás en casa y te la pasas bien divertido en tu trabajo” Suavizando la voz, le contesté que hiciera un dibujo del mueble que deseaba y que buscaría al mejor artesano.

Estaba en el jardín y de acuerdo con el mapa que traía, la carpintería no debería de estar a más de cien metros. Toqué la puerta y una mujer con manchones de pelo canoso y ojos pequeños me invitó a pasar. Dentro de la casa había un clima diferente, fresco, orden, sencillez. Los cojines de la sala estaban hechos con retazos de diferentes telas y colores. Las paredes blancas servían de marco a los retratos de familia y en una esquina: un ramo de flores recién cortadas y una veladora ardía. El olor de la madera, el barro y la cera le daban una fragancia de paz. En medio, como división, estaba un juguetero. En él, una colección de piezas labradas: animales, trasteros, cajitas, baúles, decoradas con esmero. La pieza que llamó mi atención y deseo fue la poltrona.Se encontraba al fondo y, algunos rayos se filtraban y caían en el respaldo, dándole una sensación de espejismo. La madera labrada, hacía juego con algunas figuras tejidas que sobresalían por tener tonalidades suaves. La Poltrona se movía al compás de algunas ráfagas de aire.

— ¿Todo esto lo hizo su esposo?.
— Sí. Un artesano como pocos.
Me sonreí, ella también. Previo permiso tomé del jugetero un águila con las alas extendidas, en cuyos ojos se advertía la furia.
—Mi esposo cada mes decía, hoy es tu cumpleaños y me ofrecía una figura. ¡Estás loco, estás loco! le gritaba y él sonreía. Me contestaba que sí, que era por haberme encontrado. Yo me reía y le daba un beso, luego me arremolinaba en su pecho lleno de aserrín, para que no me viera llorar.
No pude más, me paré y rápido caminé hacia la poltrona, con el vivo deseo de dejarme caer; un grito agudo, helado, me detuvo.
— ¡No lo haga! Mi esposo tiene año y medio que falleció; al menos para mí, sigue vivo. Cuando yo me siento es porque él desea cargarme en sus piernas y tal vez no lo crea, el sillón se mece solo, es su manera de hablarme… y decirme que no estoy sola.

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