Sendero
Ayer, El “compa”, un hombre de palabra, pasada la media noche regresó a su casa. En la jugada perdió el usufructo de su trabajo. Tuvo la corazonada de que la siguiente partida ganaría, y no teniendo efectivo apostó los cilindros de gas de la estufa. Fiel a su palabra fue por ellos a su casa y pagó su deuda. Por la mañana sacó de su escondite unos billetes y antes de que se levantara su esposa, le dijo “vístete, iremos a la barbacoa” Cuando regresaron, la mujer se percató que no estaban los cilindros y llorando le contó a su esposo. “la delincuencia no descansa” contestó y se quedó profundamente dormido soñando en la rueda de la fortuna
Archivo de categoría: FICCIÓN BREVE
En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción
Los bautizos de Rubén García García
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Hace seis años fui al lugar donde bautizaban a los niños. La ausencia de sacerdotes hacía que las personas del pueblo en grupo fueran al mar. Tenían que cruzar el estero, para llegar a la playa. Sucedía que alguna de las lanchas volcará y había uno que otro ahogado. Quizá con más tristeza que alegría, pero el mole, las tortillas calientes y la cerveza nunca se desperdiciaba. Playa de Cazones. fuente: mi mamá.

Playa Barra de cazones.
Onomástico de Rubén García García
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Me quedé quieto, en silencio. Respiré apenas. Ayer caminaba sin preocupaciones. Por la noche me despertó el llanto de mi vecina. Alfredo, su esposo, había muerto. Una semana antes, el velador del vecindario fue cruelmente asesinado. Mi esposa que parece que nunca duerme, me platicó que los perros no han parado de aullar, incluidos los míos. el colmo fue cuando lo hicieron en pleno día. Ya se llevan el féretro, mi mujer que estaba a punto de partir con el cortejo, la paré. Te quedas en casa, ya habrá oportunidad de darles el pésame. Se han ido y ha quedado en el aire un aroma de flores deshojadas. Tomando café en la cocina, vi pasar a mi hija. Llegó mi esposa, me dijo: «no sé cual es tu ansiedad, al final tu y yo tenemos un año, ¿un año de qué?, del accidente en la curva del diablo.

Postcovid de Rubén García García
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Después que se fue el Covid sonreí, me puse serio, muy serio cuando me dijo » luego regreso»

El zoom de Rubén García García
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Divisé la cara de asombro de un niño que veía un pájaro verde limón. El ave se había posado sobre los hilos retorcidos de la protección del ventanal. Tomé la cámara, puse el zoom y pude ver en los ojos del niño el cuerpo del alado. Parecía el pájaro tener una mirada suplicante, o quizá veía lo que no era. En el reflejo del cristal había otra toma que daba la impresión de ver a dos amigos que charlaban del sol cotidiano y de las flores que se desprenden del limonero. Los minutos tan largos como las horas se sucedían y ellos seguían, el pájaro brincoteando y el niño con los brazos a veces arriba, otras abajo. Si decía, no lo escuchaba, pero el tono de aquella reunión marcaba el inicio de una amistad que dejaba la impresión que los limites no existen, que las barreras son vanas y egoístas formas que el adulto ha manipulado para su beneficio.
El naranjo sorprendido de Rubén García García
semdero
Se vino el invierno, y es verano. La lluvia afilada cae sobre el naranjo. ¡qué olvidadizo!, no encuentra la gabardina. Esperaba un chubasco que lo limpiara del polvo cotidiano y no la gota fría que lo estremece hasta las raíces. El pájaro limón brinca entre sus ramas y canta como si el mundo estuviese sordo. Siempre lo tolera, pero con el frío sus brincos duelen, cierra las hojas y escucha el parloteo de las gallinas que van trepando una tras otra sobre su epidermis. No falta alguna que resbale y otras que lo cagan. Ya duermen y él siente el calorcito de las aves que lo resguardan de la insistente frialdad. Los plumíferos son cagones, pero no hay mal que por bien no venga.

Remedio de Rubén García García
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Roncas muy angustiado amor, verás que mañana por la noche tu respiración entrecortada y sibilante dejará de molestar. Un pedazo de pan envuelto en gel será el mejor remedio para tu conflicto. Quedarás con un silencio crónico.

Recado postmorten
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Si Romualdo Jodínez se hubiese levantado de su tumba, él mismo volvería a la cueva, pero con seguridad iría hasta su domicilio para reclamarle con patadas a la desconsiderada de su esposa que tuvo la osadía de poner justo año de su muerte la siguiente inscripción: «A mi marido, al año de su muerte. De su esposa, con profundo agradecimiento»
La matanza de Rubén García García
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Los puercos chillan. Los llevan al matadero. Los cuidadores llevan al grande amarrado, sujeto, como si le hubiesen puesto una corbata. Les gritan, atosigan, chicotean. Los puercos chillan, quizá se hablan o lloran…

Enojos de Rubén García García
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Los hermanos salen de la casa con cara de pocos amigos. Todos se creen con derechos de poseer la propiedad. Algunos ya tienen su vivienda, otros viven en lugares lejanos. Alguno de ellos puso candado a la mansión y ha dejado dentro las acuarelas pintadas por el finado, en el cajón algunos sonetos de una mujer que amó a destiempo y la foto de un perro que nunca le pidió nada…
Los albañiles de Rubén García García
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Rechinando la carretilla deposita la mezcla de concreto. Allí va también su dolor.

El custodio de Rubén García García
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Mi ángel de la guarda trabajo bien hasta mi pubertad. En mi adolescencia fue peor que mi madre. siempre detrás como perro faldero. Me dejaba sola cuando me bañaba, pero estaba pendiente a un costado de la puerta. De púber me gustaba encaramarme a los árboles y deslizarme presionando mi pubis sobre la superficie rugosa y me reprendía, que si era yo marimacho, que eso no estaba bien para una señorita decente. Nunca vio mi cara de placer al tocar tierra, yo no sabía porque lo disfrutaba, pero lo disfrutaba. Ahora lo sé, pero es insuficiente.
—¿ te pasa algo? —pregunta mi Ángel cuando escuchó que suspiraba.
—Nada, solo es por lo frío del agua;. Abrí la llave del agua caliente. y «sorprais», enmedio del vapor, apareció un fauno de esos que corretean a las ninfas y yo no tenía para donde correr…
— Te pasa algo, me preguntó al escuchar mis gemidos.
— Nada, nada…le dije con voz entrecortada. Es que el agua ahora está muy caliente.

1Lilian Aguilar de Andreutti
Fiesta huasteca sucedió por los años treinta en un lugar de la huasteca méxico. Recreación literaria.
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Fiesta HuastecaEl Palomo vestía de blanco con zapatos de charol. En la alameda reconocía a la pareja de indígenas y preguntaba:
—¿Se quieren casar?
Él costearía los trajes, la música, y la primera ronda para brindar por los novios. después, todo tendría un pago.
Palmar grande era el centro de otras rancherías. Los domingos hacían su mercado. Había cerca de la plaza un viejo cañón que aún servía. Si tronaba, la gente se enteraba que habría baile y la muchachada bajaba con sus mejores vestidos.
La plaza se transformaba en salón de baile que era iluminado por lámparas de gasolina. Agregaban una barra, bancas para las mujeres y un estrado para los músicos huapangueros.
Un día antes llegaba la cerveza y la caña, que era transportada por Juvencio, hombre del Palomo.
—Todo quedo listo patrón, solo hay que esperar que llegue la gente.
Cerca de la media noche el baile estaba en su mejor momento. . Había una joven de trenzas, sola, que miraba hacia todos lados.
—¿Gusta bailar morena?, — dijo Juvencio.
Ella lo ignoro y él volvió a invitarla ofreciéndole su mano. Muy entrecortadamente contestó
—No, gracias.
Juvencio se retiró, fue a la barra, donde pidió un vaso de caña y cuatro cervezas. A hurtadillas la miraba, y de nuevo encaminó sus pasos hacia ella. Antes de llegar, otro hombre la sacó a bailar y aceptó sonriendo. Regresó a la barra y volvió a pedir más caña al cantinero.
El enojo por el desaire sufrido le revolvía la cabeza. Temblaba… de un salto se plantó entre la pareja, sacó una navaja con pico de loro y sin mediar palabra asestó la cuchillada en el vientre del hombre. El herido abrazaba su vientre intentando detener a los intestinos que pugnaban por salir. Fue llevado fuera de la pista y lo cubrieron con una sábana.
Al agresor lo amarraron al poste.
Los huapangueros no dejaron de tocar y la muchachada siguió zapateando. Cada vez que los músicos paraban, se oían los quejidos y al tocar de nuevo se ocultaban. Juvencio con las puntas de los botines seguía el ritmo de la música. La gente disfrutaba.
Cerca del alba se fueron los quejidos.
Anestesiados por la caña los músicos tocarían hasta que empezaran a cantar los gallos. Al clarear, si bien los músicos se habían ido. En la pista silenciosa se oía otra música: la de las moscas.
El rescate de Rubén García García
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Ayer pasó con bastón y morral el vidente Tiresias. Me dio un manojo de hierbas. Me abrazó. “buen viaje”, me dijo. Un mes después, llegué al inframundo. Los perros me ignoraron y Caronte me dio luz verde. La vi en su sueño profundo y unté en su frente el humor de las raíces. Con dos tablas y una mantilla inmovilicé su cuello. Poco antes de la salida escuchamos ¡A dónde vas! y por reflejo quiso voltear, y no pudo. La empujé hacia la salida y corrimos hasta ver el día. Ella florecía en lágrimas y sonrisas al abrazarse con sus hijos.

Cansancio de Rubén García García
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¡Ha de estar agotadisima! toda la noche soñé con ella.


