Se vino el invierno, y es verano. La lluvia afilada cae sobre el naranjo. ¡qué olvidadizo!, no encuentra la gabardina. Esperaba un chubasco que lo limpiara del polvo cotidiano y no la gota fría que lo estremece hasta las raíces. El pájaro limón brinca entre sus ramas y canta como si el mundo estuviese sordo. Siempre lo tolera, pero con el frío sus brincos duelen, cierra las hojas y escucha el parloteo de las gallinas que van trepando una tras otra sobre su epidermis. No falta alguna que resbale y otras que lo cagan. Ya duermen y él siente el calorcito de las aves que lo resguardan de la insistente frialdad. Los plumíferos son cagones, pero no hay mal que por bien no venga.
Roncas muy angustiado amor, verás que mañana por la noche tu respiración entrecortada y sibilante dejará de molestar. Un pedazo de pan envuelto en gel será el mejor remedio para tu conflicto. Quedarás con un silencio crónico.
Si Romualdo Jodínez se hubiese levantado de su tumba, él mismo volvería a la cueva, pero con seguridad iría hasta su domicilio para reclamarle con patadas a la desconsiderada de su esposa que tuvo la osadía de poner justo año de su muerte la siguiente inscripción: «Ami marido, al año de su muerte. De su esposa, con profundo agradecimiento»
Los puercos chillan. Los llevan al matadero. Los cuidadores llevan al grande amarrado, sujeto, como si le hubiesen puesto una corbata. Les gritan, atosigan, chicotean. Los puercos chillan, quizá se hablan o lloran…
Los hermanos salen de la casa con cara de pocos amigos. Todos se creen con derechos de poseer la propiedad. Algunos ya tienen su vivienda, otros viven en lugares lejanos. Alguno de ellos puso candado a la mansión y ha dejado dentro las acuarelas pintadas por el finado, en el cajón algunos sonetos de una mujer que amó a destiempo y la foto de un perro que nunca le pidió nada…
Mi ángel de la guarda trabajo bien hasta mi pubertad. En mi adolescencia fue peor que mi madre. siempre detrás como perro faldero. Me dejaba sola cuando me bañaba, pero estaba pendiente a un costado de la puerta. De púber me gustaba encaramarme a los árboles y deslizarme presionando mi pubis sobre la superficie rugosa y me reprendía, que si era yo marimacho, que eso no estaba bien para una señorita decente. Nunca vio mi cara de placer al tocar tierra, yo no sabía porque lo disfrutaba, pero lo disfrutaba. Ahora lo sé, pero es insuficiente.
—¿ te pasa algo? —pregunta mi Ángel cuando escuchó que suspiraba.
—Nada, solo es por lo frío del agua;. Abrí la llave del agua caliente. y «sorprais», enmedio del vapor, apareció un fauno de esos que corretean a las ninfas y yo no tenía para donde correr…
— Te pasa algo, me preguntó al escuchar mis gemidos.
—Nada, nada…le dije con voz entrecortada. Es que el agua ahora está muy caliente.
Fiesta HuastecaEl Palomo vestía de blanco con zapatos de charol. En la alameda reconocía a la pareja de indígenas y preguntaba:
—¿Se quieren casar?
Él costearía los trajes, la música, y la primera ronda para brindar por los novios. después, todo tendría un pago.
Palmar grande era el centro de otras rancherías. Los domingos hacían su mercado. Había cerca de la plaza un viejo cañón que aún servía. Si tronaba, la gente se enteraba que habría baile y la muchachada bajaba con sus mejores vestidos.
La plaza se transformaba en salón de baile que era iluminado por lámparas de gasolina. Agregaban una barra, bancas para las mujeres y un estrado para los músicos huapangueros.
Un día antes llegaba la cerveza y la caña, que era transportada por Juvencio, hombre del Palomo.
—Todo quedo listo patrón, solo hay que esperar que llegue la gente.
Cerca de la media noche el baile estaba en su mejor momento. . Había una joven de trenzas, sola, que miraba hacia todos lados.
—¿Gusta bailar morena?, — dijo Juvencio.
Ella lo ignoro y él volvió a invitarla ofreciéndole su mano. Muy entrecortadamente contestó
—No, gracias.
Juvencio se retiró, fue a la barra, donde pidió un vaso de caña y cuatro cervezas. A hurtadillas la miraba, y de nuevo encaminó sus pasos hacia ella. Antes de llegar, otro hombre la sacó a bailar y aceptó sonriendo. Regresó a la barra y volvió a pedir más caña al cantinero.
El enojo por el desaire sufrido le revolvía la cabeza. Temblaba… de un salto se plantó entre la pareja, sacó una navaja con pico de loro y sin mediar palabra asestó la cuchillada en el vientre del hombre. El herido abrazaba su vientre intentando detener a los intestinos que pugnaban por salir. Fue llevado fuera de la pista y lo cubrieron con una sábana.
Al agresor lo amarraron al poste.
Los huapangueros no dejaron de tocar y la muchachada siguió zapateando. Cada vez que los músicos paraban, se oían los quejidos y al tocar de nuevo se ocultaban. Juvencio con las puntas de los botines seguía el ritmo de la música. La gente disfrutaba.
Cerca del alba se fueron los quejidos.
Anestesiados por la caña los músicos tocarían hasta que empezaran a cantar los gallos. Al clarear, si bien los músicos se habían ido. En la pista silenciosa se oía otra música: la de las moscas.
Ayer pasó con bastón y morral el vidente Tiresias. Me dio un manojo de hierbas. Me abrazó. “buen viaje”, me dijo. Un mes después, llegué al inframundo. Los perros me ignoraron y Caronte me dio luz verde. La vi en su sueño profundo y unté en su frente el humor de las raíces. Con dos tablas y una mantilla inmovilicé su cuello. Poco antes de la salida escuchamos ¡A dónde vas! y por reflejo quiso voltear, y no pudo. La empujé hacia la salida y corrimos hasta ver el día. Ella florecía en lágrimas y sonrisas al abrazarse con sus hijos.
Minutos antes de que abra la noche hay un catálogo de sepias. Las nubes obesas y agrisadas procuran inminencia. El sol deja en el aire una luz comatosa. A los lados del río lo sigue una pista de piedras. En el horizonte el perfil de los montes se pierde y el añil de la tierra se amontona cubriendo la arboleda. El río da golpes de mago y hace y deshace remolinos. Bajo el chapoteo del agua, se abre en intermitencia el canto de las ranas… la noche se da por instantes y en el calor aletean olores de flores trituradas. Nada perturba, los gusanos dejan de roer. El sopor, el silencio y las sepias se tensan al parir en el monte el silbido profundo de la serpiente. El sol ha muerto.
Tu voz que platica del viento, de los fantasmas. Cuando te asomas me alcanza tu voz instructora, donde las frases que corriges, las transformas. Tienes luz en tus ojos y las cucarachas del lenguaje corren en desbandada. Me prometes tu sonrisa y bajo tu mirada, atento pongo mi parco entendimiento para comprender las declinaciones que susurras. Escucho tu voz de mujer sosiego, mujer oído que con tu saber penetras. Cuando me hablas y pronuncias mi nombre, mi oído se hincha y baila. Serás por siempre la guía.
Si a México, se le pudiese levantar la tapa, como una cajita de Olinalá: saldría el eco de los gritos de lo que aún con vida fueron enterrados y los quejidos de los muertos al roer de los gusanos. Algunos carteles de » Se busca» » la última vez que lo vieron preguntaba por cigarros»
Antes que el sol saliera y el gallo cantara, el matrimonio del Rancho las Margaritas ya llevaba un avanzado trabajo. La prole crecía y la niña mayor estaba en la universidad estudiando medicina. Veinte años después los hijos eran suficientes. Esa noche se abrazaron y él al oído le susurró: Dormiremos como troncos, no importa que el gallo cante y el sol rebuzne. Fueron catapultados, desconocían la furia de la cama, que no soportaba más peso despues de la alborada.
Encontré una casa abandonada, quizá pudiese comprarla y rehabilitarla. Entré sin forzar la puerta. Era de dos plantas y unas escaleras que llevaban a un sótano. Parecía haber sido un lugar para fotografía. En una de las paredes aparecía una púber con la ropa desgarrada. En mi cabeza resonó una voz.
Eyy… eyy, mírame. ¿Verdad que soy una niña sexi? Esta es la primera foto de tantas que me tomó; las últimas ya no pude verlas…¿puedes imaginártelas? por favor…por favor ayúdame.