El ermitaño en la profundidad de un bunker salía de una crisis febril. La última vez no encontré un ser humano. Solo hay bosques petrificados, edificios, silencio y soledad. Un aviso que decía que todos deberían entrar a un túnel. ¿Y tú no te fuiste? ¿A mis ochenta años? Saben, cuando de niño soñaba con ser un rey, de mayor me aguijonaba poseer, -nunca era suficiente- ahora la tierra no tiene dueño y me conformo con un espejo para poder platicar conmigo.
Sintió la tibieza de una boca en sus labios. El tren del medio día había cruzado el túnel y la claridad volvió. Los cuatro pasajeros parecían dormidos y de pelo en pecho.
Quince días que la lluvia no para en la planicie sembrada de papa. ¿Y por qué papa? Estas tierras cuarteadas no dan más que papas, se han acostumbrado a lo frío y a lo seco. El cielo tiene nubes percudidas de sombra que presagian agua. Las mujeres rezan, los hombres miran el cielo para que suceda el milagro de que el agua pare, que terca insiste.
Bajan en silencio. Las pisadas de los cascos se oyen al golpear la laja de la serranía. Y las madres desesperadas abrazan a sus hijos. Han llorado días y días, lo hacen sin lágrimas para no mojar más la tierra.
Vio con horror a otro bebé, que hacía los mismos gestos. Arrojó la sonaja al intruso y el intruso hizo lo mismo, a toda prisa buscó el cobijo de su mamá. Lloraba tan angustiado que la madre pensó que algo le había picado. Muy cerca, el Otro había desaparecido del espejo.
Andrés adelantó su regreso y entró a su casa con pasos felinos y sorprender. La sorpresa fue hacia él. Su amigo amado y su compañera dormían abrazados. El estilete de la traición hacía estragos en la batea del tórax. <<Cómo no estarlo narrador, si hace quince días él y yo dormimos en la montaña…>>
Me vestí con un short adherente y un suspensorio. Terminaba de calzarme los tenis para ir a trotar cuando oí tus pasos.— ¡Ah… ya hizo café! –Exclamó. ¿Quiere que le sirva una taza? Sentada en un sofá. Me acuclillé y quedamos cara a cara. No recuerdo que le dije acerca de la vida. Dejé de hablar. Murmullos, pulsos, alientos cortados. Mis labios en su oído. Sus muslos duros. Metí los pulgares en el elástico y empecé a tirar. Besaba sus rodillas. Labio con labio. Amoldados; sudor, respiración ruidosa ocultados por el sonido de la televisión.Salí a correr por un camino de naranjos. Imposible no recrear lo que había pasado a cada zancada, la brevedad del short, el roce constante de la tela y volvió el deseo de tomar otra taza de café.
Banquetas de adoquín, callejones y tejados de barro. Me instalé en un hotel céntrico. Le di las llaves al empleado de la recepción.-¿Algún pendiente señor?-Regresaré en dos o tres horas.- Perfecto. No le recomiendo que esté fuera después de las doce. Si desea una copa, es mejor que lo haga en el bar del hotel. Al salir del cine me detuve en un callejón a mirar revistas. Hojeaba una cuando se desató una balacera. Todos corrían; estaba paralizado. Una mano piadosa me jaló. Estaba dentro del kiosco.—No hable, no se mueva. Percibí aroma de flores restregadas. Después un silencio. Una zapatilla encajó en mis costillas. —¡Salga! Me dijo la voz hueca. Le platiqué al empleado de la recepción. —¿Está seguro que es el estanquillo que se encuentra a dos cuadras del cine? Porque ese quiosco lo cerraron hace años. La dueña, una mujer joven, la degollaron porque no quiso vender droga. En mi cuarto, saqué la revista que había tomado antes del percance. No pude dormir. La revista tenía fecha de hace cuatro años.
Tenía el puñal de su mejor amigo en la parte izquierda del pecho. A su alrededor las chicharras y, en la lejanía silenciosa, los coyotes olisqueando. Respiraba con dolor. Pensó que su agresor iría ya por el arroyo cuando sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax.
El escritor de historias detuvo de tajo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Pero una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:
—Soñé que escribías algo para mí.
Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró: “espérame sobrina que lo haremos con la pasión de Marte y en el sueño te daré unas gotas del río Lete para que el olvido borre el recuerdo de esta tarde. Semanas después leerás la historia y sentirás en tu alma haber sido tú.
No, tu “texto” lo quiero para mí, como una perla en la cavidad de mi corazón.
Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo. Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperdaor lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido. Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron: –Cayó del cielo. Wei Cheng, que había despertado, lo miró con perplejidad y observó: -Que raro, yo soñé que mataba a un dragón así. Wu Ch’eng-en (c. 1505-c. 1580).
Intrigado por un libro escrito en el siglo XIX, cuya edición fue la primera y la única, por ser prohibido. Motivado por el título que según pude traducir como aberración, cuenta historias que sorprende o que es difícil de creer. … regresaba acompañado de Cherri al estudio de pintura que tengo en el último piso de un viejo edificio. El área con suficiente luz y los convivientes no teníamos contacto. Tocamos varias veces, en la idea que Marce nos abriría. Ambas me sirven de modelo. Ambas son mis amantes. Nos llevamos bien los tres. Ella es la bromista del grupo. Saqué mis llaves y entramos, pensé que tal vez estaría en el baño, pero la sorpresa nos quitó el resuello, de una de las vigas aún se balanceaba. Con rapidez rompí la cuerda, la bajamos. La muerte ya había hecho de las suyas Imaginé que la decisión la había tomado de improviso, pues solo cubría su cuerpo una batita transparente que le regalé. Desde que la vi, supe que era para ella, vérsela era sentirme fauno. La vi y pasaron por mi mente las locuras que hacíamos. Cuando ella se ponía la bata me decía, quiero. Ahora tiene la bata… Cherri vio el bulto en mi pantalón. Bajó su mano y comenzó a frotar, al besarme me susurró, la muerte me excita. No le contesté y nos emparejamos teniendo al lado a Marce, que nos miraba con los ojos inmóviles y la lengua de fuera.
Pasé el peine sobre mi testa y salí para conocer el centro del pueblo. “no confíes en lo que veas” escuché la voz detrás del espejo. Me reí, la mañana era tibia, un sol abierto iluminaba las cortinas de la ventana. Guayabera de manga larga, pantalón de fina lana. A dos cuadras el cielo se volvió negro y las nubes vomitaban agua. Regresé ensopado y mis zapatos de tela parecían dos fuentecitas de juguete. Para llegar crucé con un sujeto que me saludó y dijo para sí, “lindo día”.
La abuela, ahora con la pandemia, es un río de rezos. Pide por sus padres, sus hijos y nietos. Hay un tal padre Rentería, que estuvo en Comala, y ora día y noche para ser perdonado. Entre los dos desordenan mi silencio y me niegan el eterno descanso. Noviembre es de lo peor, el martirio de escuchar las plegarias de los vivos e impregnarse del aroma de las flores muertas es insoportable.
llueve, es media noche, los limpiadores a punto de rendirse. oía dentro: busca donde refugiarte, busca, busca. “metete a la derecha, hay un viejo pueblo minero” diez minutos después se encontraba en el sitio. Encontró a esas horas una señora que vendía café y antojitos. “son garnachas” pidió café y una orden que comió con gula. Miró la calle, las casas, y si pudo apreciarlas fue gracias al relampagueo. <La gente duerme, por eso no se ven luces>. “Tengo atole” ¿eso qué es? una bebida hecha de maíz azul, endulzada con panela y si desea agregarle pinole, es una delicia. Eso dice mi mamá, que a todo le echa pinole. La vio de reojo y por lo menos tenía sus ochenta años. ¿Vive su madre? No ya no, ella ya es difunta, pero cuando me distraigo el pinole desaparece, pero como conozco donde lo esconde, fácilmente lo encuentro. ¡Qué ricas están las… garnachas! Sí, este pueblo durante muchos años vivió de los camioneros hambrientos, pero hicieron la autopista y el pueblo se murió de hambre. Imagínese que algunos ya no alcanzaron a irse, solo se fueron secando con sus recuerdos y el que quedaba vivo lo echaba al fondo de algún pozo minero. Yo quedé en el que se encuentra frente a la iglesia, fui de las afortunadas. El sujeto grito para dentro: ¿A dónde madres me has traído” ¿Que dice señor? nada, nada, ¿está arrepentido de haber llegado? no se preocupe ya se acostumbrará, todos los que han llegado por aquí, les cuesta trabajo…
Vivo en los hombros de una colina, a un lado hay un camino que es paso de quien vive en lo alto. A todos los conozco, porque he sido buena persona con ellos, me ponen al tanto de las noticias del pueblo y de lo que pasa a los alrededores. Ayer platiqué con Artemio y me informó que habían llegado varios extranjeros. Uno de ellos vestía con calzón blanco y un cinturón de grecas. Entendí el mensaje. Por la tarde daría con mi casa. Ya no era el tiempo de correr. cansado, preferí de una buena vez afrontar el agravio de cuando él era un púber y yo un joven impetuoso. Vi como abría la puerta. Un tope hizo que tardara en girar el picaporte. Lo recibí acostado, senil y reumático. Él se encontraba en una joven ancianidad. Su pelo ralo y cano no correspondía con la manera de caminar. Tomó una silla y la acomodó a un lado de la cama. ¡No sabes cuánto soñé con este momento!. El cómo vengar el agravio que me hiciste frente a la etnia. Me avergonzaste y fue una dura loza con la que tuve que cargar. Al tiempo que sacaba una daga curvada con cacha de cuero y plata. Es inútil que trates de justificarte. Me daría rabia que trataras de decirme que te perdone por compasión, por tu edad. Pensé en darte una tarascada en el cuello, y he cambiado de parecer, penetraré la daga hasta dentro y la moveré de un lado a otro, así te desangraras. En la entrada del puñal pondré una cinta que evite te vacíes y manches la blancura de tu cama. ¿Pero tú te recuerdas de lo que hice? yo no, mira que los años nos van borrando de la memoria. El huracán del tiempo se lleva desde la basura hasta una alfombra persa. Trataba de armar una plática, calculaba que el veneno que puse en el picaporte no tardaría en hacer efecto, la posibilidad de que yo muriese era mucha, y la de él era segura. Si en cinco minutos él se regodeaba en sus palabras, con seguridad caería antes de herirme. Saco la daga, la vio de uno y otro lado y dijo a tu muerte tendrás mi perdón. Levantó el brazo y el dolor profundo y plateado hurgaba cerca de mi columna. la último que vi, fue la mueca que sustituyo a su sonrisa.
Del despertador salía la quinta de Beethoven y una voz sensual “ya es de día, ya es de día.En el comedor me pregunté ¿y si llegara?