Han pasado tres meses de que inició el curso de bioquímica, Ya los conozco bien. Algunos son brillantes, otros con dificultad, pero caminan y otros están atascados. «su calificación trimestral se las daré en privado» El examen no lo hacían los maestros sino el departamento correspondiente. Cómo no voy a estar en problemas sino había comprado el libro y con eso me justifiqué. En clase, comentó el maestro: «ya tengo claridad de quienes se perfilan a repetir la materia» Me encontré con su mirada verde. Se me atragantaban las formulas y volvía una y otra vez al inicio, era inútil. Me veía rodar por el desfiladero. Y empecé desde la introducción e ir párrafo por párrafo para que me llegase algo de oxígeno. En el segundo trimestral pude alcanzar el seis y él irónico: «García, encontraste una tablita, o afilaste la mirada» Sus exposiciones eran destacadas y hubo una luz, cuando él llenaba el pizarrón de letras y números. En clases sentía su mirada glauca correspondiente a un güero y un pelo castaño. En el pasillo, en el salón me comentaba. Desiste, Te espero en el próximo curso. El día que lo vi sonreir fue la vez que me lanzó una pregunta y se la contesté con acierto. En el tercer trimestral tuve una calificación de ocho. Con esta calificación estas exento García «no sé como lo hiciste, pero lo hiciste» Para los que no estaban exentos se les dio fecha. Me presenté al examen final y cuando me vio me dijo «¿Y que andas haciendo por aquí?, si te presentas al final y me sacas cinco, esa será la calificación final». Volví a repetir el ocho y el maestro güero, glauco de ojos y pelo rojizo me dio un fuerte abrazo y al oído me dice: yo sabía lo que eras, solo había que picarte el orgullo.
Le había dado todo la vida, menos suerte con las mujeres. Siempre oyendo la radio, porque las féminas habían rehusado el «aventón» en su auto. Adquirió una muñeca igual a una adolescente rubia y la hizo su copiloto. Se dejaba ver por el centro, plazas de conveniencia, clubs de boliche. La muñeca acomodada de tal modo, que parecía una novia amorosa. Hizo lo mismo con otra muñeca, ahora morena con el pelo alborotado. Esta mucho mas atrevida, tanto que parecía ir besando su cuello.
Fue la comidilla de los círculos femeniles y más de alguna de ellas movía la cabeza, reprochándose. Otra se hizo la aparecida y le sugirió ir a cenar. Recibió invitaciones y decía que sí, pero después se excusaba por no asistir. «seguramente tu novia no te deja» y él sonreía socarrón. Tomaron como cierto el rumor de que se había casado y ahora las insinuaciones se hicieron atrevidas. En el circulo femenil se decía que un hombre con experiencia era mejor que cualquier mozalbete.
Amaba a sus muñecas, siempre fieles y calladas; tampoco eran celosas.
Tomado del Fb del muro de Norah Hernández Perales El maravilloso poder de las palabras. Leticia, piojos y cuentos. Adaptado por el profesor Veracruzano: Víctor Manuel Cruz Castañon.
Leticia fue mi alumna en la escuela ‘Justo Sierra», en plena Sierra. Tenía 11 años de edad. Once años conociendo las carencias y la mugre de la vida. Siempre con la misma ropa, heredada por una tradicional necesidad familiar. Once años batallando con los bichos de día y de noche. Con una nariz que como vela escurría todo el tiempo. Con el pelo largo y descolorido sirviendo de tobogán a los piojos. Aun así, era de las primeras en llegar a la escuela. Tal vez iba por los momentos necesarios para soñar que era lo que no; aunque enfrentara el rechazo y el asco de los demás.A la hora del trabajo en equipo nadie la quería. No dieron la oportunidad para demostrar qué tan inteligente era: el repudio fue lo que Leticia conoció. Me desconcertaba el hecho de ver que algunos varones con características semejantes a las de Leticia eran aceptados por el resto de las niñas y los niños, pero no ocurría lo mismo con Leticia y las niñas. A mí sólo se me ocurría hacer recomendaciones que nunca fueron atendidas. En ese tiempo me preguntaba: ¿de qué sirve leer cuentos a esos niños que no han comido?; ¿serviría de algo alimentarlos con fantasías? Yo creía que sí, pero no sabía hasta dónde. Constantemente les brindaba relatos, sobre todo en la mágica hora de lecturas, dos veces por semana. Un día conté «La Cenicienta» y cuando llegué a la parte en que el hada madrina transformó a la jovencita andrajosa en una bella señorita de vestido vaporoso y zapatillas de cristal, Leticia aplaudió frenéticamente el milagro realizado. Había una súplica en su rostro que provocó la burla de los que no tenían la misma capacidad ni la misma necesidad de soñar. Esta vez hubo recomendaciones y regaños.En otra ocasión, pregunté a mis alumnas y alumnos: ¿qué quieren¬ ser cuando sean grandes? Y el cofre de sus deseos se abrió ante mí: alguien quería ser astronauta, aunque al pueblo ni el autobús llegaba; otros querían ser maestros, artistas o soldados. Cuando le tocó el turno a Leticia, se levantó y con voz firme dijo: “¡Yo quiero ser doctora!» y una carcajada insolente se escuchó en el salón. Apenada, se deslizó en su banca invocando al hada madrina que no llegó.Mi labor en esa escuela terminó junto con el año escolar. La vida siguió su curso. Después de quince años, regresé por esos rumbos, ya con mi nombramiento de base. Hasta entonces encontré algunas respuestas y otras preguntas. Las buenas noticias me abordaron en autobús, antes de llegar al crucero donde trasbordan los pasajeros que van al otro poblado. Llegaron en la presencia de una señorita vestida de blanco.-¡Usted es el maestro Víctor Manuel!… , Usted fue mi maestro! –me dijo-sorprendida y sonriente. El que podía encantar serpientes con las historias que contaba.Halagado, contesté:-Ése mero soy yo.- ¿No me recuerda, maestro? -preguntó, y continuó diciendo con la misma voz firme de otro tiempo- yo soy Leticia … y soy doctora …Mis recuerdos se atropellaban para reconstruir la imagen de aquella chiquilla que en otro tiempo nadie quería tener cerca.Se bajó en el crucero dejando, como La Cenicienta, la huella de sus zapatillas en el estribo del autobús … Y a mi con mil preguntas. Todavía alcanzó a decirme: – Trabajo en Parral … búsqueme en la clínica tal… y se fue …Un día fui a la clínica que me dijo y no la encontré. No la conocían ni la enfermera ni el conserje. ¡Era demasiada belleza para ser verdad! «Los cuentos son bellos pero no dejan de ser cuentos», me lamentaba. Arrepentido de haber ido, y casi derrotado, encontré a la directora de la clínica y hablé con ella. Lo que me dijo, revivió mi fe en la gente y en la literatura:-La doctora Leticia trabajaba aquí -me contó-. Es muy humana y tiene mucho amor por los pacientes, sobre todo con los más necesitados.-Ésa es la persona que yo busco -casi grité.- Pero ya no está con nosotros-dijo la directora.-¿Se murió? -pregunté ansioso.-No. La doctora Leticia solicitó una beca para especializarse y la ganó … ahora está en Italia. Leticia sigue aprendiendo más y enseñando sus secretos para luchar. Yo sigo queriendo saber hasta dónde llega el poder de las palabras; ¿cuál es el sortilegio para encantar a las serpientes que jalan a los descobijados?; como profesor, ¿qué puedo hacer para equilibrar la balanza de la justicia social ante casos parecidos?; ¿cuándo empezó el despegue de los sueños de Leticia en cuanto al resto de sus compañeras y compañeros?; ¿dónde radica la fortaleza de las mujeres que superan cualquier expectativa?Ya no quiero ser el maestro de Leticia: Ahora quiero aprender. Quiero que me enseñe cómo evoluciona una oruga hasta convertirse en ángel y, sobre todo, quiero descubrir cuál fue la varita mágica que la convirtió en la Princesa del Cuento.
Cuento adaptado por el maestro, Víctor Manuel Cruz Castañon.
Aquella tarde, furtivo llegué a su palacio. Detrás de los guerreros de piedra le declaré mi amor. Ella supuso que me burlaba de ella. Para nada, mi deseo no era darle muerte, y como muchos quedé convertido en piedra.
Mañana vendrá Perseo.
Estoy entre cuerpos de roca y el otoño llega lúgubre y gélido. Me azota el viento frío del sur, pero ni eso puede congelar la tibieza de su recuerdo. Todo el tiempo la contemplo y si ella me tocara, sentiría el latido de mi corazón de laja.
Tengo muchas amigas que son mamás. Debo a la mujer mi genética, mi nacimiento y desarrollo y de mi esposa 4 hijos. Me acuso que me enseñaron a leer y escribir. Escribir prosa, lo mucho o poco que sé también me lo enseñaron ellas ( y me siguen enseñando minificción)¿Cómo no amarlas? Felicidades a las que han dado vida, poniendo en riesgo la suya.
Las que día a día se la parten, Espero que este día diez de mayo crezca en el tiempo y que los años por venir todos los días sean: día de las madres.
Su amigo quien las respeta y admira. Rubén García García.
La tarde vieja con rayones naranjas y violetas. El viento desordenaba mi cabello. Del bosque de cedros venía el ruido de las chicharras. El graznido de los patos se hacían punta de flecha en el cielo. Reposo sobre una piedra fría, dura. Respiro profundo, y ella se dibuja. Bajo el cielo pasean las nubes distantes la una de la otra.
—Por favor háblame despacio, que no se escuche. —Es tan bonito decirte que me gustas toda. —Que me hables quedo, ¿no has escuchado que las paredes oyen? —Es que es tan grande mi amor que quisiera gritarlo. —Ni se te ocurra. —Esta noche saltaremos en el colchón hasta oír que la madera de la cama cruja. —No. ¿estás loco? —¿Te preocupas porque las paredes pueden escuchar? — Asi es. Me pone de “nervios” que la gente se entere. — Qué te preocupas, ya nadie nos conoce, la mayor parte, si no es que todos ya están muertos. Y las paredes de esta casa ya no oyen, se han hecho sordas. Despreocúpate y deja escapar tus gemidos, que es miel para mis sentidos.
Después de veinte años, me da la espalda y duerme a las tres caídas de cabeza. ¡Ay! queda la sensación de haber hecho el amor con un amigo de la infancia. Duermo insatisfecha deseando que mi sueño tenga las vivencias de las primeras veces. Por supuesto él está invitado. Un mirón añade la cereza en el pastel.
Se murió el conde, señor feudal, dejando una esposa en plenitud y riqueza. Hubo una boda y ella se presentó con su guardia reclamando el derecho de pernada. Con los ojos dio la orden, dos guardias inmovilizaron al novio, y ella tomó a la novia, diciéndole en el trayecto. «te gustará tanto que una noche no será suficiente»
El sol aún se hamaca en las montañas. sigilosa trotas y al ritmo de tus pensamientos. Hay ruidos lejanos: chillidos de los pájaros nocturnos. Escuchas el tac de tus pasos cuando golpeas el adoquín. Tu mirada se fuga en el resplandor de las torres de la iglesia y aparece el color viejo del pasado. Te estremeces y aceptas que la vida te haya dado un menú de claroscuros. Saltas y saltas al percibir tu cara graciosa, la misma que ves ahora en tus hijos. En el parque central de tu ciudad se entremezclan los retoños con la corteza de los pinos. Das de brincos y te ríes, al recordar que así lo hacías cuando jugabas al bebe leche en tu escuela. Te miras con tus hermanos, y llega hasta ti, la figura de tu madre, que con los brazos cansados de sueño y trabajo te abrigaban en las noches de oscuridad o de frío. El amor te hace mover la cabeza y el tranco es firme. Abres los brazos y escuchas la alborada. Se oye el canto de un ruiseñor y una alegría danza en tu corazón. La joven entregada al placer del amor con el hombre más maravilloso que has conocido y las hojas tiernas que te miran, saben que has enrojecido de la cara. Tu suspiro, si pudieses verlo, es un ave que aletea. La respiración se te vuelve asmática, sudas. Te observas en la media noche vigilando el reposo de tus hijos y sales a trabajar, el esfuerzo diario. Los días pasan en procesión, te ves en las graduaciones, mientras tu esposo vive obseso en su quehacer. En una esquina encuentras a la mujer que barre la calle, su escoba pareciera ser una prolongación de su cuerpo. Te mira con intensidad y sigues. Te arrepientes de no haberla saludado. Va aclarando el día. Levantas tu cara, y tu mirada se pierde entre los cerros como puños levantados. En el descenso, el sudor se desvanece por el viento frío. Un rocío cae y baña tu nuca y produciéndote un escalofrío. De la oscuridad de tu pensamiento corren como bolas de fuego los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respiras profundo a pesar de que tienes nudos en el pecho y a punto de desfallecer y quedarte a la vera del camino, sacas, de tu vientre un impulso más y logras rebasar la loma y seguir y seguir. Pareciera que corres por inercia, sin embargo, sobre el paisaje llega una ventisca con olor de frutas y levantas tu cara sobre el bermellón de las montañas y corres con más fuerza como una cabra que reta el peligro de los abismos.
Un coco siempre creyó que podría ser luna. «es un coco loco» —decían. Una noche aluzó las olas, y algunos dijeron que la luna había bajado a beber al mar.
El coco nunca se percató que la vida le había concedido ser un nido de luciérnagas y en la noche oscura iluminó el mar.
La introdujeron en un auto que pidieron prestado, la silla, en la cajuela. Fueron a un comercio donde reparaban el inmueble. «sale más caro componerla que comprar una nueva» les dijeron. A la anciana paralítica la dejaron frente a un asilo, recostada en una pared. «aquí la atenderán, no creo que tengan tan mal corazón para no darle un lugar» Arrancaron, perdiéndose entre el tráfico.
Tiene una semana que no se baja, el gerente ha comprado diferentes platillos y los rechaza. Solo come alpiste, después de dormir arrodillado, se levanta y silba.