La niña de las Guayabas

Historia contada por la sra guadalupe de la Paz

A Lupe se le antojaron unas guayabas. Las había visto en el puesto de doña Jesusa, a unos cien metros de su casa.
—Mamá cómprame unas.
— ¿No te llenaste con el pan?
—Sí, pero tengo ganas de comer guayabas.
—No hay dinero, apenas alcanza para frijoles y masa. Tu papá fue en busca de trabajo. Espérate a que regrese.
—Mamá quiero unas guayabas…
— ¡Llévate la moneda de diez pesos y cuidado con andar de boba!Sigue leyendo «La niña de las Guayabas»

Lejanías

Uno

Abajo están las montañas,
y el sol llama a misa
haciendo doblar las campanas

Dos
Si pudiera
llenaría mi jarrón
con los latidos
presurosos de mi corazón

Tres
Es un puente de niños,
que tiene la voz alta
y le grita al mar.

veo tus deseos;
cuando pasan por tus muros
los peces en procesión.

La lluvia

Empieza a llover,
la tierra aleteada por las gallinas,
esparce aromas.

Huele a pan milenario
y lo mismo que atrapo,
lo arroparon en su alma,
viejos abuelos.

El olor
me hace cosquillas
en alguna parte de mi pensamiento.

Saber que mi padre llenó su corazón de tierra mojada,
o que a millones de kilómetros,
alguien lo hace,
y que está escribiendo cómo lo hago.

Escribirá que el olor abre el apetito del alma,
o agradecerá a la lluvia que su mal humor
se haya esparcido entre los zacatales de alguna estepa.
No sé, la lluvia me hace niño y abuelo el corazón.

Buenas noches Variola

Buenas noches variola
Hace tiempo dañaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos y carcomidos. Podrías decir que era tu misión y no discriminaste. Lo cierto es que sigues formando parte de la vida. Hoy vives encarcelada. No he querido aniquilarte, pues eres singular en la vida. Mi admiración hacia ti me dice que debo respetarte. En las noches de perversidad, te observo con ojos profundos y muevo tus ácidos para hacerte más letal. Mi alma tiembla con sólo pensar que un error podría ser fatal para mí.
Algún día, mi odio podría darte la libertad de anidarte en la linfa de los hombres; tan fácil dejarte olvidada en algún aeropuerto de esta tierra y quince días después brotarías en los cuerpos transformada en pequeñas vesículas negras hediondas de pus y de muerte.
Por este día, Variola, me iré a dormir con un Padre Nuestro en la boca.

Ni la muerte será capaz

¿Estaré en una iglesia? ¿Parece que alguien ora? —Se preguntó el esposo que estaba acostado y cubierto con frazadas. Cerró los ojos y un placer morboso irrumpió al recordar las palabras del yerbero: “La hierba rumorosa debe su nombre a que poco antes de llegar al efecto mortal, las gentes mastican sus pensamientos, como si rezaran.”

La habitación tenía pintura que se levantaba, como si a propósito la hubiesen rizado, al fondo, la estufa prendida hacía bufar un caldero que desprendía vapor y que intentaba aminorar el frío.
—Mi oído se recupera, pues escucho con una claridad diáfana las palabras de mi odiada esposa. Desgraciada, oigan lo que dice.

—Él es idóneo. Obeso, sedentario, fumador y medio sordo. Su gesto me dice que no da crédito a lo que oye. Seguro que no tarda en morirse, la pócima que le di está en proceso, pues, el oído capta el más leve cuchicheo después de ingerida la dósis. ¡Bendito pulque que permite combinarlo con cualquier fruta! ¿Quién puede pensar que lo he envenenado? El médico dirá que fue un ataque al corazón. ¡Me importa un rábano que escuche! ¡No sé cómo pude soportar tanto!

El viejo Antes de morir comprendió y tuvo fuerzas para caer sobre su mujer y forcejear. Abrazados y con la cara de ella sobre el hueco del hombro, los encontraron sin vida al día siguiente. El diario local exhibió la foto y al pie de la página se leía “Victimas del frío”. “Se amaron hasta la muerte”.

Los benjamines

Poco antes de cumplir los cincuenta años, numeró las veces que la muerte había aleteado alrededor de él. Eran muchas, por lo que concluyó que estaba predestinado a un fin grandioso.
Antes de morir, tuvo un último hijo cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió viejo.
El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos no se cuestionó pues moriría en la cruz en las afueras de Roma, pensando que su esfuerzo había sido inútil.

Deseos

Abrazo tus hombros. Al besar tu cuello, froto la nariz en el caracol de tu oreja.
Mis brazos ruedan. Deja que tus ojos se pierdan a través de la ventana y percibe como relamo la frutilla de tu cerviz.
Tu espalda es un mar,mis labios una barca. Remo a la vera de tu columna y la habito con jazmines.
Entreabro tu boca y la inundo; anhelo que los corales fulguren y al trote el deseo se exhiba. Tienes fresas de mar en los bordes. y en el trapecio del cuello sobrevivo a tus latidos. Al caer la blusa arribo al muelle de tus pechos. Destrabo el corpiño.Sigue leyendo «Deseos»

El obsequio

El día que me bautizaron, el agua derramada sobre mi cabeza se tiñó de un azul celestial. El cura vaticinó que sería un santo. Crecí dando bendiciones, escuchando los rezos de las beatas y recogiendo las limosnas cada domingo. La gente veía en mí una esperanza y confiaba en que diese el fruto anhelado.
A lo lejos estaban las palomas arremolinadas en la plaza y la tibieza de un sol invernal calentaba mis ojos cuando la vi. Su negra cabellera bamboleaba al ritmo de las caderas. Apreté el paso y antes de que se perdiera entre las casuchas donde la risa y la música se fundían, distinguí su perfil de aceituna, sus ojos Sigue leyendo «El obsequio»

¡Me gustas toda!

Me gustas toda.
Eres como una tierra llena de asombros, con flores de nieve sobre las montañas. Osos que parecen pedazos de hielo y arboledas que cubren elefantes y gacelas.
¡Me gustas toda como la tierra!
Tu ternura es  sombra que refresca los ardores de la espalda. Percibo la vida cuando tus pies son agua que humedece mis entrañas.  Eres tristeza cuando el sol es cubierto y el cielo revienta en cuchillos fríos. Me gustas en tu grito y en tu prudencia. Pues luego habrá sobre mis manos  margaritas.
Me gustas como la tierra. Tu ardor que sale de los volcanes, el agua termal de tu vientre
y la paz de un cielo que cubre la floración del maíz. Me gustas circular. Abrazada a mí como el lazo de un gigantesco anillo y canto enloquecido uniendo mi grito al de la vida.
Grito sideral que corre tras las cometas, diciéndote que estás en mí, como yo estoy en la tierra.
Me gustas, eso es todo.
Que importa si no te gusto.
Eres para mi como la mariposa que acaricia, y se va.
¡ Lo bello es saber que llegó a mí! ¡Qué importa que no te guste!  Lo esencial es admirarse: cómo se admira la tierra, cómo me sublima la luna. Tú eres circular, no hay parte de ti que no sea como la tierra.  Cuando te canto, también me canto. Y así caminaremos por las copas de los árboles. Seremos nubes, niebla, lluvia y anillo de colores que despierte las alboradas.
¡Me gustas toda cómo la tierra!

Velando a Hector Cárdenas

Frente a la casa donde lo despedimos, había unas piedras enormes; abajo el río corría chapoteando; el cielo tenía nubes grises y el sol convulsionaba ofreciendo un brillo de oro sucio.
A mitad del río, un pelícano pescaba y en fila, las garzas inmóviles parecían meditar. Las gaviotas pasaban de un lado a otro aleteando jirones de la noche. El agua con su bamboleo rayaba las orillas, y cuando la lancha rauda rompía la continuidad del manto, el silencio se refugiaba entre las zancas de las aves.
El hombre muerto oía los rezos, pero poco caso les hacía; sólo se veía el reflejo de su silueta en el río cazando los últimos coágulos de luz.

Peleas

Cuando platicamos, pareces una elegante boxeadora. Me engañas con pasitos hacia delante, a los lados, cabeceas y mueves tu cuello con gracia. Poco a poco me llevas a una esquina para acorralarme. Te mueves como sierpe. Cuando llega tu golpe demoledor, me abrazo a ti. En el clinch bailamos, mejilla con mejilla y por instantes golpeo con besos intensos tu cuello y caemos en el ring. Un murmullo, un suspiro y después el chapoteo que hacen los cuerpos al encontrarse.
La campana suena y regresamos a nuestras esquinas, esperando  a que el tiempo nos de otra hora.

El trabajo de un dios

basado en una leyenda Totonaca

El leñador se desperezó estirando el cuerpo.
Se calzó las botas y fue por sus arreos.
Con el dedo pulgar comprobó el filo.
Observó a la lejanía y con una leve inclinación de la testa saludó a los cuatro puntos.
Respiró hondo y de a poco fue moviéndose en círculos,
iniciando una danza de gratitud por los bienes concedidos.
Con las manos ceñía el mango del hacha y lo giraba,
cortando gajos de viento con el borde plateado.
Los tacones de sus botas sonaban en el piso como si miles de potros trotaran sobre la estepa.
Avanzaba, se detenía y daba vueltas por encima del piso. Parecía una libélula.
El sudor hacía regatos dibujando el perfil muscular de su cuerpo.
Después la mirada caía sobre los grandes árboles y el sonido de caballos presurosos se transformaba en golpes certeros sobre los tallos.
Provocando el miedo germinal por los estruendos.

El sudor del cuerpo corría por cordones de cristal… .

Las gruesas de leña se disponían como tambores acostados.
Del norte y del sur llegaban vientos que revolvían la oscuridad del cielo. Los hatos rodaban.
El leñador corría de un lado a otro tratando de detener los tambores.

Enojado levantaba el hacha y las luces que caían sobre filo,
se convertían en relámpagos.
Poseído, disparaba rayos hacia la luna, hacia la tierra.
El sudor incesante formaba arroyos que al resbalar por los promontorios cuajaban en cascadas ahogando las ínsulas.
Al volver a danzar, llegaba la calma y daba fin a la furia cuando se dormía ocupando la mitad del cielo.

La esperanza

He podado mi esperanza,
para que no crezca hasta el cielo.
La quiero chica,
tierna;
compatible con la tierra que me abraza.
Agria como el sudor del obrero,
callosa como la arruga del campesino.
No quiero que trepe más allá.
La quiero pequeña.
Para que la miré el niño,
o la señora
que sin quitarse el hato de leña;
pueda sonreír con la mirada
y decirme:
su esperanza es tan grande como la mía.

El gobierno

Inserté en el “aviso de ocasión” un anuncio donde solicitaba un licenciado en ciencias sociales, con carácter, ambición y capacidad para resolver problemas. Llevaba días entrevistando en una oficina que no es la mía y alejada del centro urbano. Cuando lo tuve frente a mí, vi que era el hombre que buscaba. Frente amplia, de mediana edad, ojos claros y grandes que despertaban simpatía y un movimiento rápido que reconozco sólo en las personas observadoras. Alto, robusto y con la piel aceitunada por frecuentes caminatas bajo el sol. Discutimos el sueldo y acepté su propuesta. Le pagaría de acuerdo a los resultados.
La zona indígena de la región de la montaña andaba alborotada. Él tendría que llevar en una mano el pan y en la otra el fuete. Tenía libertad para decidir, si una situación escapaba y había difuntos, yo tendría a quien echarle las culpa. ¡ Joder! En la actualidad los “ chivos expiatorios” le salen caros al gobierno del cambio.