Rumores

¡Mírala! ¡qué hace!

Es la noche que prepara su bebida, tiene boldo, sauce y cascaras de quina.

¿Para qué?

Así conserva su carácter fuerte, sólido. Amarga su corazón, frita la alegría. Eso dicen, la he visto llorar en las noches, cuando prende el cigarro de hojas.

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Apuntes de un niño 1

Pasé mi niñez en una ciudad que tenía trópico y veneros de petróleo. Los directores de la empresa vivían en la loma, en casas de lujo; los obreros calificados tenían viviendas de madera tratada en la planicie, mientras que en las afueras habitaban los indígenas, en chozas que tenían paredes de barro y techo de palma. Mi casa era de madera con piso de color ladrillo y un patio rico en olores y sombra.
Verdes guayabas,
limón, lima y naranja.
Luz de luciérnagas.

p.gaugin

Tierra y continente

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Te recorro con los dedos de mi olfato, camino con los pies de mi palabra. Eres tierra y continente. Montañas que se abren a veneros de flores. Pinares que hacen germinar cielos de verde y oseznos que juegan entre desiertos de nieve.

Eres pangea;

montañas dehicientes

a nieve y fuego.

Meretriz

Me gustan las manos ásperas, aradas por el golpe a golpe. Ese contraste entre la callosidad de la mano y la tersura de mis caderas. Estoy exhausta, satisfecha de copular con un hombre al que le dejo una porción generosa.

Henrri de tolouse

Henrri de toulouse Lautrec

Haibun en edad de merecer

En la madrugada el viento se ha sentado y se esparce aroma de limonarias. Dentro, la cabeza monótona del ventilador. Hay otro ruido, los silbidos que parlotean en mis oídos, que me prometió la edad. Nada extraordinario es que coseches lo que has sembrado. Estas en edad de merecer desde un sueño erótico, el chapoteo del agua o el roer del gusano. Lo acepto Así que chiflo a mis perros y me contestan con su gritería los cotorros. Será un día bello.

Huele de noche

Los grillos parlotean;

Silban cotorros.

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El tallador de monturas

Melesio  vendía sillas de montar y otros arreos. Las monturas que salen de sus manos son bien cotizadas. Las tendió en la plaza, por la tarde había vendido su mercancía. Tuvo la intención de regresar a su pueblo, no se atrevió; caería la noche y ésta no es buena cuando se trae dinero.
Quiero decirle que yo visto con camisa y pantalón, dijo Celedonio.  Él  usa calzón de indígena. El dinero lo pone dentro de un pañuelo,  lo mete a su morral. Le dieron ganas de tomarse un trago, no caña. Se metió a la cantina de Juan para comprar una botella de brandi, es vino caro para la indiada de por aquí y la consumen los hacendados.
— ¡Eyyy indio! ¿Qué quieres? — gritó el dueño cuando abrió la puerta.
— Una botella de brandi.
— ¿Es para ti?
Recordó que la indiada toma solo caña.
— Es para mi patrón.—Mintió.—¿Qué cuánto cuesta?
— Cien pesos.
En un lugar seguro, contó el dinero y pagó.
El sol caía. Compró queso, pan blanco, refresco y buscó un lugar cercano al palacio municipal, donde divisaba la gente que iba y venía sin ser visto.
Todas las luces se apagaron, sólo quedó alguno que otro candil que echaba fuera su luz vieja. A media noche, la botella era un cadáver. Dando traspiés, fue a una de las bancas del parque para ver dónde podría pasar la noche. Un deseo  de orinar lo estremeció, había algunos arbustos que estaban recargados en las bancas. Casi había terminado de orinar, un golpe, después otro y luego a empujones lo encarcelaron. Allí pasó la noche. En la mañana, muy temprano, lo llevaron con el jefe del orden.
— ¿Por qué metiste este indio a la cárcel?
— Lo encontré miando.
— ¿Y eso que tiene de malo? Todo mundo orina.
— Pero él estaba miando en el parque. Echando su agua apestosa en las plantas que recién trajo el Presidente para adornar el jardín.
— Mmm. Sí, eso es grave. Ponle entonces una multa de cincuenta pesos.
Melesio, crudo, tembloroso y todavía apendejado, sacó sin precaución el pañuelo, desató el nudo y dejó ver el racimo de billetes. Los ojos de ambos, se prendieron. cuando daba al jefe de orden, los cincuenta pesos, movió la cabeza y dijo.
— No me entendiste. No me entendiste, son cincuentas pesos pero por sacudida.—
—¿Cuántas sacudidas fueron gendarme?Al tiempo, guiñaba el ojo.

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Compañero de viaje

En mi tren habita un pasajero que va a mi lado. Trae sombrero de media ala, de corbata con rayas y perfil risueño cuando duerme. Cuando despierta. me hurga como un pica hielos y su pinza aprieta. Gimo. Él esconde una sonrisa y se va. Al minuto llega el carro de las medicinas. Mi esposa duerme. En los otros camarotes viven un agónico silencio.
En la madrugada, el viento esparce el olor de la noche. Dentro, el ventilador ronronea. Hay otro ruido que llega del interior y exhala en mis oídos, son los silbidos que te prometió la edad. Nada extraordinario es que coseches lo que has sembrado: rosas, poemas, cuentos y uno que otro crucigrama. Nada extraordinario pues estás en edad de merecer, desde un sueño erótico, o el roer del gusano. lo acepto. Así que silbo y  despacio me alejo. El tren se ha ido.

 

tren.

 

Mañana llegará un niño

La luz filtra entre las hojas, mis ojos recogen el esplendor disperso en el suelo. Humedad y helecho. El silencio es perturbado por el aleteo imprevisto de los pájaros. Por encima de la cuesta, está el árbol roto, que se fortalece con el olor de los capulines. Recupero el aliento en la silla de sus ramas. El sudor humedece sus hojas, llueve. El agua de sal de las arrugas de mi frente forja a tu lado los días fríos y oscuros. Regresaré para regodearme entre tus frutos. Floreamos, árbol roto, yo desgastado. La vida nos dará retoños. Una mañana seremos futuro cuando un niño llegue, disfrute de tu sombra y lea mis pensamientos.

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Su mirada aromática

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Tiene ojos negros, de mirada aromática. Ella soñó una calle desierta y entre los árboles una cafetería.
He caminado por calles atestadas buscando miradas y no encuentro tus ojos con olor a canela.
Regreso cabizbajo, esperando la mañana.

 

Las muertas de Juárez*

El cuerpo fue encontrado vestido con una túnica blanca ensangrentada. La hemorragia fue causada por una corona que le incrustaron con un cincel en el perímetro del cráneo. El seno izquierdo había sido cercenado por el filo diamantino de un instrumento. El departamento de investigaciones especiales, después de un escrutinio no había encontrado señal. Una segunda ronda hecha por el departamento forense a cargo del doctor Quinci recogió muestras del vidrio de la ventana, y después de varios análisis fueron identificadas como pertenecientes al portador de un raro defecto molecular en el cromosoma 23. Más tarde el asesino en serie era detenido…
Sacó el disco compacto del DVD y lo tiró por la ventana del octavo piso como si se tratara de un platillo volador. Tomó el suéter y repasó en su mente las últimas películas del género. Salió exaltado y abordó el avión que lo llevará a Ciudad Juárez. Era tiempo de sentir el latido sistólico de la acción y prenderse de adrenalina.

Rubén García García.

Médico egresado de la UNAM. La brevedad ha sido compañera de sueños y vida. Nace en Álamo,Veracruz, México y ha sido publicado en diversas antologías y revistas electrónicas. *Del libro «O dispara usted o disparo yo» Antología de micros policiales.

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La despedida.

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Lo despedimos en su casa, bajo de ella corría el río con su canto eterno. Arriba un cielo gris. A un lado de la rivera un grupo de garzas en fila parecía meditar. El hombre muerto oía los rezos, pero poco caso les hacía; sólo veía el reflejo de su silueta en el río cazando los últimos coágulos de luz.

Acoso y pasión

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Desnuda en el trasfondo del espejo.
peino los cabellos que caen lacios sobre mi espalda. A medida que me acerco, las ropas ocultan mi piel. Nadie, ni yo sé de los huecos que tiene mi alma. Oscuridad profunda y muda.
Después del maquillaje, nadie diría que no soy hermosa. Miro de pies a cabeza, todo es perfecto, calzo las zapatillas; recorro de un lado a otro mi figura y todo está en su lugar.
El señor secretario me ha mandado el taxi, me espera en su oficina para disfrutar del café. Es un espacio íntimo anexo a su oficina, donde atiende gajos de su vida privada.
Afuera, tiene asuntos graves que esperan, a él le vale madre, sólo quiere disfrutarme tomándose un café, pendiente del aroma de mis pechos. A veces se inquieta y le tiemblan las manos, aunque su voz tenga crisantemos, se que no tiene más intención que llevarme y envolverme entre las sabanas de seda que cubren el mueble. Cuando el gobernador le habla, es el instante adecuado para salir de la madriguera.
Voy a la oficina y la jefa con su voz de hiel me pregunta por el secretario.Me mira tratando de descubrir alguna seña que la haga deducir que soy una delicada perra. Mis labios gruesos mantienen el color, el maquillaje exacto. Mi cabello tiene aroma, exhalo mar, montaña y limonarias. Todo tiene un sentido de orden que nunca pierdo.
Mi superiora cree que no me doy cuenta; cuando salgo, una guarura del secretario me sigue. Voy en el carro de la institución, pero siempre detrás. Qué estúpida sería si les hiciera saber que me doy cuenta. Regreso con mi trabajo realizado, el operador me compra una soda. No hay nada de extraño que el anciano me tome del brazo y roce mi cintura. Me dejo, pues se que eso ánima su interior que todo hombre lleva.
Regreso a casa y por las cortinas observo a un par de sujetos que rondan el edificio. Todos los días es lo mismo. Al señor secretario cada vez lo veo más desesperado, sabe que ya no tardaré en irme a mi país, que el agregado cultural en la embajada es un viejo compañero de mi padre. Ya me dieron la liberación del servicio, me lo dieron mucho antes que todos los pasantes, fue una gracia de su poder, de mi discreta coquetería con palabras ensambladas con perfección.
Acepté que sus labios rodaran por mi mejilla y su brazo cubriera mi cintura con la mano extendida para abarcar parte de mis caderas. Esa noche fingí salir y despiste a mis vigilantes. Casi a la media noche escuché la llave del departamento abriendo la cerradura, no me asusté, sabía quién era. Vestida con sencillez esperaba, pasé la noche con él. Y poco antes de que abriera el día, lo insté a que se fuese. MI joven amante llegó a mi oficina y cuarenta y ocho horas después derretimos las vetas de la madera.
El día fue una calca del anterior, el secretario desesperado, la jefa de personal escaneando mi manera de vestir, interrogándome con los ojos. El operador del auto, comprándome la soda y tocando discretamente mi cintura.
Me iré por la noche, el avión sale en la madrugada. Escribí una carta pormenorizando el acoso del secretario en la embajada. Algo pasará, En el avión recordaba la belleza del paisaje, el agradecimiento de la gente humilde y mis orgasmos en cadena con la boca maravillosa del joven estudiante.
Vente conmigo, le dije. Y él con el fuego de sus ojos, no me dio descanso hasta que la madrugada nos alcanzó.

Por el hospital

Los pasillos del hospital se iluminan con luz fría. la gente va o viene. El camillero  lleva una embarazada, o un herido desangrándose hacia el quirófano. Se oye la prisa de la enfermera con su carro de medicinas porque hay un enfermo infartado. Por los pasillos caminan los familiares deshechos en silencio, otros, callando gemidos con el pañuelo en la boca. Van y vienen penas. esperanzas. Las embarazadas caminan de un lado a otro, cargando el peso de su hijo por nacer, en silencio, piden a la virgen que el niño no llegue mal hecho. Por los pasillos corren historias, pocas de alegría. En los pasillos que dan a la sala de espera de urgencias, hay preocupación, angustia y una miríada de oraciones que buscan salida empujándose hacia el cielo.niña enferma.jpg

La graduación

La pelota hizo una parábola, llegó al ángulo de la portería. «gol gritó el respetable.»El portero inmóvil; la pelota rebotó en una fina malla tejida en el ángulo. La araña aprobó el examen final y se fue a festejar.

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