Al llegar fue envuelto por la tristeza. sus grandes orejas se doblaron; se arrodillaba.
Habían Sonado tambores. Su padre fue apartado de la manada. La madre herida de bala corría hacia el cementerio. La encontró sin colmillos. El joven elefante aflojaba piernas, latidos. Al rodar por el suelo sus ojos tropezaron con una margarita.
–¡No me aplaste! recién broté. ¡Quiero vivir! ¡No me aplaste!
Abrió los ojos y caminó. Se fue en busca de la manada.




Cobijado por la tarde vieja, los amigos se despiden, cada quien marcha por diferente camino, unos a pie, otros en mulas. lejos, ondean el sombrero; cada arriero chifla tres veces, deseando buena ventura. Se vuelven diminutos y entre la niebla van como fantasmas-. Tal vez nunca volverán a verse, quizá en la próxima fiesta. Un año se va rápido. 


Tumbado, rascándome las lonjas de la panza, espero pacientemente al tiempo para matarlo.







