La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos de su pelo; me detenía en los signos de incomodidad. Sonreía y decía lo feliz que era conmigo. Mentía. No se percataba que después de su sonrisa, fruncía el entrecejo. Las últimas veces al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches. Y ésta aunque se oculte un hombre sensible lo percibe.
Tuve momentos de alegría, cosas pequeñas como el hecho de tener su mano entre mi mano. Las veces que la conducía sobre las grandes avenidas donde la muchedumbre se arrebataba para cruzar la calle, ella caminaba o se detenía a la sutil orden de mi palma. Recordé la luz de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa. Poco a poco se fue apagando. Tal vez ella no lo sabía, o lo disimulaba. Nunca me lo dijo.
Muy en la mañana la niebla reptaba en el piso. la reconocí por su forma de caminar. En una mano llevaba su equipaje, en la otra su bolso; subía y bajaba en desorden como lo hace las mariposa con el ala rota. Se iba de viaje cuando apenas ayer con su índice me dibujaba en la mejilla su labio.
El tren partía, me miraba incrédula. La saludé moviendo el pañuelo. aquel que me regaló en un cumpleaños y que estaba bordado con las iniciales de mi nombre.
Monet













Cuando hablaba su desatención era insultante; ella platicaba de las cosas diarias de la vida. Yo me distraía con el centelleo de sus ojos, la oscuridad de sus cejas, el tono melodioso de su voz. En los pequeños silencios, buscaba mi mejor entonación para musitar mis trastornos. Ella seguía hablando de los quehaceres y avatares de su persona. Entonces inflé con gas mis palabras, obtuve un ramillete de globos. Salí al patio, solté la cuerda y los vi en la lejanía. Regresé y seguía hablando sin notar mi ausencia. Aproveché para inspirar profundo y recargar mi boca sobre su boca e inflarla poco a poco. La dejé ir hacia las nubes.
Tuve una novia que se desató de mi mano y buscó una banca frente el mar, se recostó cruzando la pierna, imitando a una estatua. Nunca supe de ella, se fue como el chiflido, el aroma; en el recuerdo es punto en la lejanía. Cada que encuentro el malecón, el sabor marino y una banca, regresa y me sacude.