Crepúsculo

crepusculoEl río corre dando golpes y revuelca remolinos. Bajo el chapoteo del agua, anima el canto intermitente de las ranas. La noche se da por instantes al silencio; y al sopor, le crecen olores de flores trituradas. Nada perturba.  Los gusanos dejan de roer; y el sopor, el silencio y las sepias se tensan cuando el monte pare el silbido profundo de la serpiente. El sol ha muerto.

El río corre,

noche que das silencio;

roe el gusano.

 

Visiones

faro d epeñas 30x20La luz del faro aluza al viento que persigue a la red, a las sirenas y a las olas. Tiemblan los peces.  En la memoria de la noche se oyen  pasos de viejos naufragios. El mar  contempla  a las almas  que abrazadas al viejo tablón  sucumben al ojo espumoso del remolino.

Entre la roca que todo mira, se oye el asma de un tren en la montaña.

Gourmet

frentealcementeriocom_zpscd6a92e4El médico ordenó que dejara café, cigarro y tequila; que no comiera asados, ni fritangas. No seguiré sus consejos. ¡Quiero tener buena sazón y ser la delicia de mis gusanos!

El chacal de bata blanca

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Cari redondo, de ojos café, pequeños; cejas pobladas y un bigote parecido a un cepillo de alambre. Responsable del servicio de urgencias de una clínica en la periferia de la ciudad. La enfermera pequeña,  de color moreno, seria, con hoyuelos al sonreírse que pocas veces lucia. Lo que si mostraba era una verruga en el mentón. Era un día de perros, lluvia insistente, helada; las sillas de la sala de espera se encontraban vacías.

—Enfermera.  Dijo con voz grave el médico.

 —Dígame.

—Por favor ponga agua a calentar.

—¿Para?

—¿No le caería bien un café calientito? Se hace uno y de paso me lo hace a mí.

—Hágaselo usted. Soy enfermera, no sirvienta.

Nada nuevo desde que se conocieron, siempre enojados, si llegaba un herido lo atendían en profundo silencio sin dirigirse la palabra. “Pinche india le voy a dar un susto que se va a acordar de mí».

El turno era sábados y domingos, durante doce horas, y para todo el personal de la clínica era de conocimiento su enemistad.

Están como perros y gatos, decían, cuando tenían que asistir a obligados eventos clínicos. Era tan evidente.

La sala de urgencias, amplia, de 8 a 10 cubículos, una sala de inyecciones, curaciones y al fondo, baño para el personal.

El hombre de la bata blanca tenía un libró que leía con simulada atención. Ella pasó a su lado, entonando una canción de moda, haciendo sonar el roce de la tela almidonada. Entró al servicio sanitario. Cuando quiso gritar, la mano cerró su boca; hábil, bajó su ropa interior y dijo:

—¡Vas a saber lo que es un hombre!—Te quitaré la cara de seria que siempre tienes conmigo. Veras que de hoy en adelante me respetarás, sonreirás; dejaremos de ser comidilla.

El agua arreció, truenos lejanos. Dentro, el forcejeo fue substituido por caricias, besos que fueron correspondidos. Nadie se dio cuenta, no llegó urgencia alguna. Dos horas después llegó el carro del señor director. Cuando entró al servicio, saludó a la enfermera que mostró sus hoyuelos, levantó ambos manos, y el médico hizo el mismo gesto, indicando que todo estaba en orden.  A diario sobre el escritorio, en el florero aparecía un clavel rojo y en la mesita de ella, escondido entre las jeringas desechables,  un sobre y dentro, una barra de chocolate. Tomaban café en silencio, pero había un parloteo con los ojos que era un jardín floreando.

Las semanas siguientes el cotilleo en los pasillos era que el mejor equipo estaba en el servicio de urgencias, según referencia del comité de evaluación médica.

La esperanza

la muerte

Rumbo al entierro. A la mitad del camino, él ordenó detener el cortejo. Quienes cargaban el féretro lo depositaron en el suelo. Compañera de vida, fiesta y peleas de gallos. Pensamos que deseaba verla por última vez. ¡Rubén!, escuché que me llamaba. Acudí. Levantó las manos, e indicó con señas que abrieran el ataúd. Pasó su mano sobre mis hombros, mientras de su cara ajada, corría humedad.

—Fíjate, ¿dime si está muerta?

Me acuclillé, lo vi de abajo hacia arriba y sin palabras le dije que sí.

Desesperanza

crucifixionPoco antes de cumplir los cincuenta años, numeró las veces que la muerte había estado cerca de él. Fueron varias. Concluyó: “estoy predestinado a un fin grandioso”.Antes de morir, tuvo un último hijo, cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió viejo.
El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos no se cuestionaría tal evento, moriría en la cruz, en las afueras de Roma. Pensando que su esfuerzo para la nueva religión “de amaos unos a los otros” predicada siglos antes, había sido inútil.

Volver, volver

52531980_100_0012 Todo se fue, pero un día volvió, como vuelven las mariposas y lo que nunca se pudre: con menos fuego, pero con eternidad.

Los fantasmas no tallerean

Erin-Hanson-Prism-LightsCursaba la preparatoria, pregunté al subdirector ¿si yo terminase un libro, podría tener apoyo para publicarlo?

—Claro Rubén, faltaba menos, veríamos cómo, lo mandaríamos a la imprenta. Sería grato que la escuela contase con un escritor.

 Me río. Él sabía lo complicado que es hacer un libro; sólo fue una mentira piadosa.

Han pasado más de cincuenta años. Algunas de las historias forman parte de antologías, pero no he hecho un libro. Me inspira temor, respeto. Y es que para algunos es carta de presentación, estrella para el ego, parte curricular. No aspiro más a que el lector diga, está bien escrito, entretenido, me dio una idea. Si se vende o lo regalo es aparte. Si trasciende o no, está fuera de mi ámbito.

Espero decidirme. Recuerdo que los fantasmas no tallerean.

Un día de pesca

pescador-oleo-Sonia Fernandez

Treinta años tiene que Pepe me invitó. llegamos al puerto con dos compañeros más. clareaba el día. El pescador esperaba en la ribera del río, nos instalamos en una lancha amplia. El aire fresco, gotas minúsculas se esparcían en la cara. El cielo, rayas blancas sobre un fondo rosa, las garzas en bandadas. A medio río el bote dejaba su estela de burbujas; chapoteo y ruido del motor. llegamos a la bocana y nos internamos en el mar.

 Había visto su bastedad, estando de pie sobre un acantilado, desde la playa, las olas mansas, nunca había estado cara a cara, asombra, enmudeces; abruma, empequeñeces ante tal inmensidad. Vuelves, al escuchar el graznido de las aves y te extasías al ver la marcha de los delfines o el vuelo mudo de los pelicanos, hay agua viva, percibes que abajo hay un cuerpo que respira.

El plan era adentrarnos, llegar a unos “bajos” atracar allí. Traíamos bocadillos del hogar a cambio llevaríamos pescado fresco. Me veía con el cordel en la mano y escuchando los fragmentos de agua y a lo lejos los barcos.

 Fueron quince minutos de ir mar adentro, percibimos algunos cambios; la cresta del mar se dividía rápido, el fondo parecía despertar. En el cielo el sol fue cubierto por algunas nubes que salieron de la nada y el día brillante se hizo denso. Lo que vi sólo lo había percibido en algún pueblo de la sierra.  llegaron en bandada sombras de neblina y acamparon sobre nuestra embarcación, en un instante nos vimos como figuras mal cortadas: como espectros. Nos quedamos mudos, hasta que el pescador rompió el silencio.

— No se asusten, esto pasa a veces.

Unos minutos, el sonido del motor se escuchaba menos y nuestra nave parecía subir y bajar entre el mar. Intentaba tranquilizarme. Los cambios causaron que mi pulso saltara desordenado.

¡Regresemos! —Exclamó Pepe.

 El pescador dio la media vuelta. Las briznas de agua no tan sólo procedían de la quilla del cayuco, sino que empezaba a llover fino. Quince minutos después nos dimos cuenta que el perfil de la costa no aparecía por ningún lado.

—Paremos. —dijo uno de los amigos. Tratemos de orientarnos, pues si seguimos sin saber, podríamos ir mar adentro. ¿Dónde tienes la brújula?

Nos quedamos viendo al pescador y éste balbuceó:

— No la traje.

 La pequeña embarcación parecía en ese momento una cuna zarandeada por el vaivén de olas encrespadas. Mientras la nave iba en movimiento, me había sentido bien, pero diez minutos después vomitaba y vomitaba, era una nausea que te copa y te rebalsa y la única respuesta era arquear de manera incontenible. Me daban, agua, me apretaron la cabeza con un pañuelo y el vómito parecía quitarse, pero volvía, siempre volvía. No sé cuánto tiempo pasó, y aún de que trataba de asumir fortaleza, sentía un trompo en mi panza, en mi cerebro. Muy cerca retumbó el silbato de un barco y un grito de alegría se escuchó.

— ¡Un barco! Sigámoslo y ellos nos podrán sacar de este apuro.

El Pescador echó mano al arranque del motor. Nada, solo tosía, no arrancó. Varias veces lo intentó. En silencio veía el barco cada vez más lejos.

— Deja descansar el motor; ya lo ahogaste. —Escuché.

Ignoro que le habrán hecho, pero minutos después arrancó. La voz cantada del pescador se escuchó de nuevo.

— Solamente tenemos un cuarto de tanque de gasolina.

 En mis adentros me preguntaba de los años cursados en la universidad ¡para qué madres sirven!, si en este momento no sé para donde está el norte, el oriente. Veía agua a mi alrededor, un agua que a cada momento se rompía en espumas que parecían vociferar. Veía los ojos de Pepe y se notaba preocupación, miraba al pescador y percibía indecisión y solo se rascaba la testa.

Pepe se puso de pie, se dilataron sus pupilas verdes y dijo

— Hay que tomar una decisión, Si viene tormenta las cosas se pondrán más difíciles. ¡Vayámonos por allá y que Diosito nos ayude!

Ya en marcha el vómito y la náusea cedieron, poco a poco la neblina dio paso a lluvia fina, persistente que nublaba la mirada. Diez minutos que se nos hicieron siglos, pues teníamos en el pensamiento la voz cantadita del pescador: “Sólo tenemos un cuarto de gasolina en el tanque” Escuché el sonido agudo de la gaviota y traté de seguirla, poco después, veíamos grotescamente el perfil de la costa, no se veía el puerto, sino el dibujo tenue de montes lejanos. Comprendimos que navegábamos paralelo a la costa.

Regresamos a nuestra ciudad, con más pena que gloria, pero antes de tomar carretera, fuimos a las bodegas de pescado y nos trajimos camarón, róbalo en suficiente cantidad; nuestras esposas esperaban a los “pescadores”

Caminos de agua y lodo

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La lluvia diminuta y fría, los caminos de lodo, la hierba tupida. Contraté a Zoila, delgada, de labios finos, dentadura blanca, cabello a la cintura. Aprendió a inyectar, notable paciencia para atender a los enfermos. Nada raro que se hiciese de amigas. llegaban de varias partes.

 Juana vendía tamales los domingos en la plaza. Arribaba de su ranchería salpicada de lodo hasta en los ojos. Con servilletas de algodón bordadas cubría la cesta. Me pedía permiso para cambiarse. Cuando salía, me percataba de que se había lavado con esmero sus pies y piernas, la cara polveada con retoque labial, su cabello peinado y de algún lugar oculto, sacaba un par de sandalias limpias.

—Andas de novia, ¿verdad? Le decía sonriéndome. Como no hablaba español mi secretaria traducía y ella avergonzada ponía sus ojos negros coquetos y al lado de las comisuras se le formaban dos hoyuelos.

 Se iba a vender como si hubiese salido de un salón de belleza. Luego, hablaba en totonaco a Zoila, y yo preguntaba, ¿qué te dijo?

—Me da las gracias, y a usted le deja dos bocadillos, para que se los coma.

Despedida

SOLEDAD ANDENSOLEDAD ANDEN

Hoy vino a verme. La abrace con íntima calidez. Dijo que se encontraba bien, con intenso trabajo. Entendí entonces que no nos veríamos por mucho tiempo y volví a abrazarla para desearle fortuna. Nadie se dijo adiós. Se fue. La vi caminar bajo el sol sin su sombra.

El tesoro(Haibun)

cox iglesia

Llegué al pueblo, la iglesia que piedra tras piedra conquistó altura. La entrada miraba al mar. Desde el atrio, contemplé  el paisaje; caminos reales, senderos. Casuchas sobre la grama, el ganado vacuno sesteando bajo viejos árboles.

La nave principal, amplia, adornada con retablos tallados por manos artesanales. Al centro, la imagen de Jesús, iluminado por veladoras. Aroma a silencio que se esparcía con la misma intensidad con que la humedad lo hace sobre las paredes. El tiempo allí, no existe.

 Recorrí calles, comercios, platiqué con algunas familias y, por último, me entrevisté con las autoridades.

—Señor Presidente, ¿aquí hay dentista?

—No hay, pero viene uno cada mes. ¿También saca muelas?

—Para nada.

 No tuve duda, mi intuición decía que allí estaba un tesoro. Años después, sabría que el tesoro no eran riquezas, sino la comprensión de un pueblo olvidado, rico en cultura, despojado de sus tierras.

Tiempo y silencio,
Jesús crucificado;
olor de rezos.

 

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Andariego

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Bajo la sombra, sentada, una adolescente escudriña el caserío; imagina que su perro yace con el lomo quebrado en alguna callejuela. Su mirada triste y húmeda. No le arden, no le pican, pero ella los talla. Varias amigas la saludan, más de alguna acompañada por su perro. Está por regresar, cuando siente el roce de un lomo peludo por sus piernas, sabe que es “callejero”. Se hace la indiferente y alzando la voz lo regaña por no avisarle dónde es que se había metido. “Dos días sin saber de ti es demasiado». El Perro le mueve la cola. Ella no se inmuta. Su mirada proyecta que en un futuro “Callejero” no regresará. De muy dentro sale un grito  “ No has sido buen perro. Eres libertino, andariego” El can lame sus manos, chilla, mueve la cola. Ella suspira. Toma piedras, cierra los ojos, tira a no darle. “vete” camina dándole la espalda a pasos cortos y después corre hasta ser un punto.

El baile

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Me habían dicho que Lillo era quien bailaba vestido de payaso. No imaginé que aquel viejo aserrador, diestro en trepar los árboles, fuese el danzante. De cara terrosa, cuarteada y con ojillos que simulan persianas entrecerradas, llegaba a la falda de la montaña al clarear la mañana para aserrar la caoba, el cedro o el carboncillo. Es el oficio que aprendió y sabe del quehacer, pues una tabla serruchada por él mide una pulgada por cualquier lado. Lo hacía a escondidas de los militares, por encargo de los ricos. Es un trabajo duro que lo contrapone con sus emociones, por lo que murmuraba -en totonaco- un rezo de perdón.

Tirar el árbol, derramarlo, trozarlo, subirlo a una tarima exige destreza. Trabajaba en silencio. El único ruido que se oía era el roer de los dientes de acero. Era una sierra manual que requería un ojo aritmético y un pulso fino para mantener la dirección del corte. Su oído tenía que ignorar el dolor de la madera y concentrarse en el ruido que hacen las pisadas de los caballos, las voces y ecos. Adquirió con los años un oído de centinela.

Por las tardes, Lillo deambulaba por el parque, la iglesia o el palacio municipal y al saludarlo, sabías que su mano era una pinza revestida por una piel callosa y gruesa. Traía cabello corto que lo cubría con su sombrero de palma; la frente, surcada por canales, servía de marco para unos ojos que ven mejor cuando los entrecierra, pero no adivinas qué hay detrás; sólo se ve una carnosidad, que amenaza con saltar.

En la plaza había ruido de tambores y violines. Sobre la gente arremolinada, atisbé, entre los hombros y sombreros, el baile del payaso. En medio del cuadrado estaba él vestido de colores y con mascara; en cada ángulo, un bailador. Movía hombros y piernas con gracia y elasticidad; se acercaba a cada uno de los danzantes y, bajo el influjo de la música, estremecía su cuerpo, lo hacía temblar durante unos minutos. Con vertiginosa armonía, saltaba de una esquina a otra. Tal parecía un reto que finalizaba consigo mismo. Bailaba solo; sus acompañantes habían desaparecido. Entre el silencio y la risa destacaba –más aún – su profunda soledad: se hacía irreal, sin tiempo. Era un espíritu libre, lejos de la pobreza y la miseria diaria. Poco a poco, doblaba su cuerpo, llegaban las convulsiones y la muerte que coincidía con la nota aguda y lastimera del violín. El público le miraba con tristeza, como viendo parte de su vida en la muerte del payaso. Poco después, cada quién seguía su camino.

El tigre

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En la fría, soleada mañana llegó el pájaro que acicala , es un ave que le acomoda el pelo con la peineta de su pico. Él responde con gruñidos , el ave entre chisme y chisme  quita las garrapatas del cuello y sigue.
Hoy no gruñó el tigre y el ave comprendió que era un día diferente y calló respetando su deseo.Tiene la cabeza oculta entre sus patas y no percibe que las mariposas revolotean alrededor de su testa. Arriba hay sol tibio, no siente el calor que cae sobre el  lomo.

Anoche no levantó su testa al cielo. La luna se fue malhumorada; gusta reflejarse en sus ojos; Allí se peina, corrige sus aretes y se retira.

¡Se fue el hijo del tigre! él se ha quedado solo, ya no harán las correrías por caminos que le enseñó. Sabe que es viejo, no tendrá más hijos. Tiene una mirada lejana.  Recuerda los besos del cachorro sobre su hocico, los juegos insistentes, con sus manazas.

Todo fue después de la tormenta, del rayo que mordió los hombros de la montaña.¿Qué dislocó su corazón? para que su hijo cambiara tanto: se hizo taciturno, de mal carácter, y luego enmudeció.

Está solo, pero eso no le preocupa. Él disfruta del viento, la mirada de la luna y el grito en la lejanía de los búhos. Su hijo se fue; eso pasaría tarde o temprano., preocupa lo que dijo antes de irse, lo dijo sin decirlo. Pero el padre adivina que le han dado ansias de matar por el sólo placer de matar y eso no lo soporta.