la muerte

Rumbo al entierro. A la mitad del camino, él ordenó detener el cortejo. Quienes cargaban el féretro lo depositaron en el suelo. Compañera de vida, fiesta y peleas de gallos. Pensamos que deseaba verla por última vez. ¡Rubén!, escuché que me llamaba. Acudí. Levantó las manos, e indicó con señas que abrieran el ataúd. Pasó su mano sobre mis hombros, mientras de su cara ajada, corría humedad.

—Fíjate, ¿dime si está muerta?

Me acuclillé, lo vi de abajo hacia arriba y sin palabras le dije que sí.