Pintura.-Enfermera.-ARTILANDIA-tienda-virtual-de-arte-y-artesania-3

Cari redondo, de ojos café, pequeños; cejas pobladas y un bigote parecido a un cepillo de alambre. Responsable del servicio de urgencias de una clínica en la periferia de la ciudad. La enfermera pequeña,  de color moreno, seria, con hoyuelos al sonreírse que pocas veces lucia. Lo que si mostraba era una verruga en el mentón. Era un día de perros, lluvia insistente, helada; las sillas de la sala de espera se encontraban vacías.

—Enfermera.  Dijo con voz grave el médico.

 —Dígame.

—Por favor ponga agua a calentar.

—¿Para?

—¿No le caería bien un café calientito? Se hace uno y de paso me lo hace a mí.

—Hágaselo usted. Soy enfermera, no sirvienta.

Nada nuevo desde que se conocieron, siempre enojados, si llegaba un herido lo atendían en profundo silencio sin dirigirse la palabra. “Pinche india le voy a dar un susto que se va a acordar de mí”.

El turno era sábados y domingos, durante doce horas, y para todo el personal de la clínica era de conocimiento su enemistad.

Están como perros y gatos, decían, cuando tenían que asistir a obligados eventos clínicos. Era tan evidente.

La sala de urgencias, amplia, de 8 a 10 cubículos, una sala de inyecciones, curaciones y al fondo, baño para el personal.

El hombre de la bata blanca tenía un libró que leía con simulada atención. Ella pasó a su lado, entonando una canción de moda, haciendo sonar el roce de la tela almidonada. Entró al servicio sanitario. Cuando quiso gritar, la mano cerró su boca; hábil, bajó su ropa interior y dijo:

—¡Vas a saber lo que es un hombre!—Te quitaré la cara de seria que siempre tienes conmigo. Veras que de hoy en adelante me respetarás, sonreirás; dejaremos de ser comidilla.

El agua arreció, truenos lejanos. Dentro, el forcejeo fue substituido por caricias, besos que fueron correspondidos. Nadie se dio cuenta, no llegó urgencia alguna. Dos horas después llegó el carro del señor director. Cuando entró al servicio, saludó a la enfermera que mostró sus hoyuelos, levantó ambos manos, y el médico hizo el mismo gesto, indicando que todo estaba en orden.  A diario sobre el escritorio, en el florero aparecía un clavel rojo y en la mesita de ella, escondido entre las jeringas desechables,  un sobre y dentro, una barra de chocolate. Tomaban café en silencio, pero había un parloteo con los ojos que era un jardín floreando.

Las semanas siguientes el cotilleo en los pasillos era que el mejor equipo estaba en el servicio de urgencias, según referencia del comité de evaluación médica.