Pasé mi niñez en en el trópico, con venero de petróleo. Los directores de la empresa vivían en en casas de lujo edificadas en los hombros de la loma; los obreros calificados vivían en casas de madera canadiense en la planicie, en las afueras habitaban los indígenas, en chozas que tenían paredes de barro y techo de palma. Mi casa era de madera con piso de color ladrillo y un patio sombreado por árboles. Recuerdo a mi madre arrodillada con escobeta y jabón fregando el piso para que sacará su color rojizo. Color de atardecer que miraba encaramado  sobré las ramas de un viejo almendro que le daba por desnudarse dos veces al año.

 

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