La última vez que amé a una mujer, tenía su testa recostada en mi brazo y la yemas de mi mano se deslizaban por su pelo. “beba, beba que bella eres”, y ella suspiraba. La ventana tenía cortinas de color almendra. Al tiempo que mi mano corría de sus pechos hacia el vientre;  lamía su mejilla y la apretaba. “Niña, mi niña” ella sonreía y ocultaba su perfil en mi cuello; rodeaba mis hombros y exclamaba: ¡qué velludo eres! … “Quiero dormirme contigo” “pues duérmete”.   Ella cerraba los ojos un momento y más tarde los abría. “amor, mejor llévame a casa, si no, no despertaré hasta mañana y pensaran mis padres que algo terrible ha sucedido.” Nos vestimos perezosamente, volvimos a besarnos. En el taxi, ella recargaba su mejilla en mi hombro y mi brazo corría por su talle.
—Eres al que amo. —me susurró. Hay quienes halagan y sin mediar un acomodo solicitan respuesta a sus pretensiones; pero mi deseo no se mueve. Este corazón está contento con el que no puede estar siempre para mí , sólo obtengo momentos ; me hace pena y lloro cuando te vas, sin embargo todo el coraje contra la vida desaparece cuando sonríes. Nunca sabré que es mejor: sí haberte conocido, o no; pero en este instante no dudaría estar a tu lado, mis días los llenas de canciones y eso es enorme. El mañana es una pregunta que no quiero hacer, mucho menos pensar.

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