En el cuadro se veía un hombre maduro, el traje gris contrastaba con la oscuridad de la corbata. Su cabeza altiva, sus ojos tenían una luz que parecía diluirse en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.
Pensé que el deseo de romper en llanto era sólo mío, ¡pero no! con el pañuelo enjugaban una lágrima en aquella sala de remates. El cuadro fue vendido. Cuando el dueño  llevaba bajo el brazo, no podíamos soportar.
Al día siguiente amanecimos con la almohada apretada contra el pecho.

picaso