A Lupita se le antojaron las guayabas. Las vio en el puesto de doña Jesusa, a unos cien metros de su casa.
—Mamá cómprame unas.
— ¿No te llenaste con el pan?
—Sí, pero tengo ganas de comer guayabas.
—No hay dinero, apenas alcanza para frijoles y masa. Tu papá fue en busca de trabajo. Espérate a que regrese.
—Mamá quiero unas guayabas…
— ¡Llévate la moneda de diez pesos y cuidado con andar de boba!
La niña tomó el dinero y se fue. Al regresar, traía la fruta en el hueco que se hace cuando juntas las manos. La mujer del puesto no le había dado bolsa.
— ¿Y el cambio de la moneda? —preguntó la madre.
La niña con las manos ocupadas susurró:
—No sé…
—¡Lo primero que te digo, y lo primero que haces!
La mujer furiosa con una vara azotó la espalda de Lupita. La niña oprimió el tesoro contra su pecho y corrió; corrió por solares vacíos, después por pastizales hasta llegar a un potrero. Al dolor del espinazo se le agregó el de las pantorrillas que sangraban por las heridas que se hizo mientras corría.
Allí la encontró su padre, con la mirada perdida y apretando la fruta contra su pecho. La tarde se iba.
Su papá la llevó en brazos hasta la casa, donde la madre lavaba la ropa.
—Allá la hubieras dejado, para que se le quite lo bruta. ¡Perder el cambio, con la necesidad de dinero que tenemos!
El hombre la situó sobre una poltrona y revisó las heridas. Le quitó la tierra con agua limpia, sin evitar que su enojo creciera.
—No ha de estar tan mal, mira, todavía tiene agarradas las guayabas.
Con violencia, le abrió las manos. Las frutas saltaron y detrás de ellas, rodaban las monedas del cambio que le habían dado a la niña.

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