Melesio  vendía sillas de montar y otros arreos. Las monturas que salen de sus manos son bien cotizadas. Las tendió en la plaza, por la tarde había vendido su mercancía. Tuvo la intención de regresar a su pueblo, no se atrevió; caería la noche y ésta no es buena cuando se trae dinero.
Quiero decirle que yo visto con camisa y pantalón, dijo Celedonio.  Él  usa calzón de indígena. El dinero lo pone dentro de un pañuelo,  lo mete a su morral. Le dieron ganas de tomarse un trago, no caña. Se metió a la cantina de Juan para comprar una botella de brandi, es vino caro para la indiada de por aquí y la consumen los hacendados.
— ¡Eyyy indio! ¿Qué quieres? — gritó el dueño cuando abrió la puerta.
— Una botella de brandi.
— ¿Es para ti?
Recordó que la indiada toma solo caña.
— Es para mi patrón.—Mintió.—¿Qué cuánto cuesta?
— Cien pesos.
En un lugar seguro, contó el dinero y pagó.
El sol caía. Compró queso, pan blanco, refresco y buscó un lugar cercano al palacio municipal, donde divisaba la gente que iba y venía sin ser visto.
Todas las luces se apagaron, sólo quedó alguno que otro candil que echaba fuera su luz vieja. A media noche, la botella era un cadáver. Dando traspiés, fue a una de las bancas del parque para ver dónde podría pasar la noche. Un deseo  de orinar lo estremeció, había algunos arbustos que estaban recargados en las bancas. Casi había terminado de orinar, un golpe, después otro y luego a empujones lo encarcelaron. Allí pasó la noche. En la mañana, muy temprano, lo llevaron con el jefe del orden.
— ¿Por qué metiste este indio a la cárcel?
— Lo encontré miando.
— ¿Y eso que tiene de malo? Todo mundo orina.
— Pero él estaba miando en el parque. Echando su agua apestosa en las plantas que recién trajo el Presidente para adornar el jardín.
— Mmm. Sí, eso es grave. Ponle entonces una multa de cincuenta pesos.
Melesio, crudo, tembloroso y todavía apendejado, sacó sin precaución el pañuelo, desató el nudo y dejó ver el racimo de billetes. Los ojos de ambos, se prendieron. cuando daba al jefe de orden, los cincuenta pesos, movió la cabeza y dijo.
— No me entendiste. No me entendiste, son cincuentas pesos pero por sacudida.—
—¿Cuántas sacudidas fueron gendarme?Al tiempo, guiñaba el ojo.

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