La visita llegó del norte

Cuando pregunté por el Rondi, ella puso cara de “no me acuerdo”. Dije ¿cómo es posible que no te acuerdes de él, si te llevaba a todas partes, incluyendo a tu marido? “Ah el Rondi”, reaccionaste. “pues no sé nada de él”. Allí si te di la razón, pues a mí me pasa lo mismo, soy tan desmemoriado que algunas cosas se han ido de mi cabeza. Pero no puedo pensar que a ti se te haya olvidado. Tenía alrededor de treinta años, ágil, juvenil con sus rizos dorados que le caían sobre la frente. Alto, esbelto. Con una manera de caminar felina y al cruzar la pierna, dejaba que el pie se balanceara como si tuviese resorte. Era típico de él, como lo tuyo, que antes de que el pie dejara de moverse, revoloteabas en la cocina y desde allá le preguntabas. “qué se te antoja” ¡qué era lo que él pidiese, y que tú no intentaras complacerlo! Tu esposo sonreía satisfecho de que fueses tan buena anfitriona.
Latz y yo creímos que algo les había dado para tenerlos tan mareados. Sabíamos que había llegado del norte, pero nunca mencionaste cómo lo conociste y porqué todos los días llegaba a tu casa. Comían y cenaban con él. Todavía más, en algunas ocasiones, ya de noche nos despedíamos y él seguía la plática. ¿Habrá sido posible que te hayas olvidado de él? Antes del Rondi, los cuatro, Latz, yo y ustedes siempre hacíamos planes, el sábado o el domingo, que si vamos a la playa o vamos de compras. La verdad tuvimos viajes fantásticos, el río, el mar. La serenata del día de las madres. Todo funcionaba bien y por supuesto terminábamos en algunas ocasiones perdiendo la vertical por el alcohol, Pero recuerdo que tú, siempre fuiste ecuánime, al menos nunca te sobrepasaste. Tu esposo en ese entonces tampoco. Claro lo de tu esposo es aparte, en realidad tenía un carácter llevadero, pero cuando le brincaba el apellido a la cabeza, entonces era capaz de desbaratar cualquier fiesta y era mejor despedirse. ¿Habrá pasado lo mismo con el Rondi? no recuerdo, sólo sé de ese momento que fue tan especial para ti y que más parecías esposa del Rondi , que de tu marido. Por supuesto, Latz y yo secreteábamos y decíamos que el amor se te veía en todas partes. Te reconocíamos por tu nariz fuerte, ojos de gata, boca roja y gruesa. El busto grande y duro, caderas amplias y unas piernas largas y velludas. Sí, en aquel entonces, la mujer no se rasuraba como ahora lo hacen. ¿A poco tu esposo no se daba cuenta de que te veías enajenada? Pienso que no, porque él también miraba entusiasmado la amistad del nuevo amigo. Tenía tanta confianza en ambos, que cuando se iba a trabajar, el Rondi se quedaba contigo haciendo sobremesa. Claro, también pasaba con Latz, conmigo, que tu marido se ausentaba y despedíamos al gordo con bromas y él se iba contento de que tú te quedaras bien acompañada.
¡Cuántas fiestas tuvimos sin el Rondi! : en la playa, en casa, y aquella vez en la oscuridad total, sentí tus manos explorando y yo quieto, porque sabía que eras tú y luego tu boca cercana a mi pubis, bajé el zíper y sin ayudarte, hiciste el resto, fueron unos cuantos minutos, lo suficientes para saber de la presión y la humedad de tu boca. luego tu voz:” ya vete… él no tarda en llegar”. semanas después el que llegó fue el Rondi y ya no hubo miradas, ni manos inquietas. No supe más. Y ahora que te he visto y te he preguntado por él, dices que no sabes nada. Tal vez se te olvidó, pero a mí no… aún rescato con la imaginación tus labios gordos sobre mi piel brillosa, mis manos peinando tu testa.

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Noticias bíblicas

La penúltima plaga del diluvio  fue la de las moscas que desaparecieron por el frío intempestivo, otra sobrevino. Los conejos fornicaban a todo momento, varías camadas habían nacido. En un principio fueron mascotas de la familia de Noé; ahora se habían convertido en calamidad misma que fue eliminada por el encanto de las serpientes.

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Pisadas en el camposanto

Al mirar la tarde comprendí que no llegaría a la parada de autobús con la luz del día. El último paciente que visitaría vivía en el extremo opuesto. Estudiaba medicina y alguien me dijo: «vaya a Chacotla», por allá las reumas se dan como si las sembraran y le queda como a hora y media de la ciudad de México.
Chacotla podría haber estado cerca del mar; tiene tanto polvo apelmazado que daba la sensación de ir pisando la arena. La gente limita sus solares con plantas de nopal y de ese modo protegen sus bienes y aprovechan la dulzura de la tuna.
Al caminar por las calles parece que solo habita el silencio. Sus casas son de adobe con muros gruesos, ventanas pequeñas y una puerta. El frío, el polvo y su quehacer atan a los chocotlenses a ser serios y reservados.

Hay días en que el viento solo mueve los pirules y veo en la lejanía los volcanes coronados de nieve y al sol dorando las paredes de las casas; pero en un tris, el viento se agita y llega la tolvanera transformando la claridad en un manto gris. Así que la gente se encierra y en quietud trabajan.
A la hora de dormir, las gallinas buscan el acomodo para guarecerse del frío, de la zarigüeya y de la noche. Los mayores se quedan platicando y al rato, solo se escucha el ulular del viento y el ladrido de los perros.
Me agarró la noche. Para llegar rápido al entronque y a la carretera, tengo que cruzar el cementerio. Es un camino en diagonal que se reconoce aún en noches oscuras por la luz de las veladoras. No es que sea temeroso, pero el dinero adquirido servirá para que mi esposa embarazada compre víveres para una semana más. No le tengo miedo a los muertos, pero sí a los vivos.

Mis ojos no se despegan del camino y mis oídos van en alerta. En el centro del panteón percibo pequeños pasos que suenan detrás de los míos; venciendo mi temor doy la vuelta: hay una cortina oscura y el resplandor lejano de una veladora. Seguí caminando con prisa y la levedad de las pisadas también. Me paro y no las escucho. Apresuré más el paso. Mi corazón se rompe en el pecho, un frío recorre los vellos de los brazos, de la espalda y siento cómo rueda el sudor por mi cuello. A lo lejos se mira el farol solitario, donde tengo que esperar el autobús. Cuando comprendí que el reflejo era lo suficientemente intenso para distinguir, me di la vuelta y no vi nada; pero al bajar la mirada, me tranquilicé, había un perro de lunares negros que movía con indecisión la cola. Me reí de mi temor y de mi estupidez; después, sin saber porqué, me seguía riendo.
Recargada en el poste, una señora de chal negro me miró de reojo.
—Buenas noches —le dije.
—Buenas sean para usted.
— ¿No ha pasado el autobús?
—Creo que no. Ya tengo rato y no llega. Oiga…
—Sí
— ¿A poco se vino por el cementerio?
—Sí, ¿usted cree?
— ¿No tuvo miedo?
—Un poquito
Se quedó en silencio, como pensando y como si disparara me preguntó:
— ¿No le salió un perro?
Le iba a contestar, pero llegó el camión. Abordamos. La señora se acomodó cerca de la puerta. Intrigado por lo del perro, me acerqué y pregunté. Insistió en saber si me había encontrado un perro corriente y con manchas negras. Le dije que sí.
Se levantó de su asiento. Pidió que la dejaran en la siguiente parada, y sin preguntarle, se acercó al oído y me dijo: es que el perro anda en pena.
—Entonces ¿mataron al dueño del perro?
—No. El dueño salvó su vida y se fue. A quien mataron fue al perro. Bueno, eso dicen, creo que busca a su amo.

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La luz de la vida

Eran noches aluzadas por los candiles. Adopté la costumbre de cargar una lámpara de mano. Estaba con el fresco nocturno, cuando escuché las buenas noches. Era un muchacho vestido de calzón blanco.
— Mi mujer se va a aliviar y ya le empezaron los dolores— me dijo.
— ¿Dónde es?
— Aquí lueguito, por donde bajan las avionetas.
Le pregunté sobre su mujer y deduje que todo parecía estar bien. Sin embargo, uno nunca sabe, así que preferí llevar todo el equipo. Fui en mi yegua. El clima era más fresco y las nubes desaparecieron dejando sin velos a la luna.
Llegamos rápido. La vivienda de tarros, con techo de palma, un cuarto y sin espacio para moverse. Era el tercer parto; el niño venía bien, pero la incomodidad desagradaba. Le dije al esposo que atendería fuera de la casa. Él aceptó, pues de esa manera los niños quedarían dentro y yo me podría mover a mis anchas alrededor de ella.
En un parto siempre hay mujeres, es una especie de solidaridad. ¡Jamás digo que se retiren! La mesa donde tienen el altar me la prestaron para que fuese la mesa de trabajo y la situamos a un lado de la vivienda, poco después el esposo traía una vara con horqueta, donde colgaría el frasco para hidratar a la madre. Rompí la bolsa de las aguas y diluí en el suero una medicina para acelerar el parto.
— Este niño sí viene con agua, el otro, vino seco; por eso nos costó tanto trabajo que naciera —comentó una de las parteras.
No dije nada, sólo pensé que esa era la razón del porqué me habían llamado. Nos quedamos en silencio.
Apagué la lámpara de mano y vi con claridad el óvalo de la cara, su brazo extendido descansaba sobre una tabla y el abdomen, resguardo de la vida, se alzaba bajo el cielo. Una mujer rezaba en totonaco, la otra le acariciaba una mano y el esposo pendiente.
Aquella escena no estaba en ningún libro de medicina. Era inusual: arriba se tocaba la luna naranja y matizaba de ámbar a la tierra y el vientre. La floración de las limonarias esparcía olores de jazmín. Aire que respiraría el recién nacido. Los murmullos del agua trotaban por los cuatro costados, pues la choza era abrazada por dos arroyuelos. La corriente parecía una procesión de sonidos al caer sobre los tejos, y arrancaba al barro su voz. Bajo las estrellas, la tierra era un diapasón. La matriz se abriría para ofrecer una semilla con capacidad de amar. El hechizo de traer al mundo a un ser que con infinitos atributos y convierta nuestra maldad en benevolencia. Jamás he atendido otro parto que le parezca. Tampoco supe más de ese niño que nació enredado con luna, agua y aroma de flores. Hoy lo entiendo: fue un obsequio que la vida me hizo, para recordarme el milagro de la vida.
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La oveja negra

La vieja pretensión se hizo presente en su fiesta de cumpleaños. De tes blanca, de cabello color caoba que, al caminar, ondeaba con gracia. De trato amable, amada por sus dos hijos y su esposo. En el dormitorio, entre los susurros del acondicionador del aire, le llegó el anhelo de lo que en otras familias había mucho. Deseaba una oveja negra.
Aunque tenía confianza con su esposo, guardó el secreto. Poco a poco el deseo adquirió una cuenta de susurros que le cuchicheaban. Se vestía menos formal, dejó de asistir a las tertulias de su clase, para asistir a expresiones de ritmos afrocaribeños. Su esposo, fiel acompañante, se extrañaba de los cambios, pero los atribuyó a los vaivenes que las mujeres padecen.
Ella seguía siendo la mujer transparente, apasionada. El cónyuge estaba consciente de su transformación; lo realizaba con la naturalidad de haberlo hecho miles de veces. Así la amaba, el disfrute de ella, era también la de él y optó por guardar silencio.
Su piel blanca contrastaba con los tonos ciegos de sus vestidos amplios que le daban un bamboleo como lo hacen las cañas cuando las mueve la brisa.
Una madrugada llegó una ambulancia hasta su residencia. En el servicio de urgencia no dudaron en intervenirla. Su marido sorprendido, veía al lado de ella un vástago; ella, hinchada del corazón, acariciaba maternal a su oveja negra.
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Despertando

Soñé con el mar y con una mujer que corría en contra de la brisa que revolvía sus rizos. La blusa se esponjaba. su cuerpo tenía la humedad de garza en vuelo. Me llevo tan lejos que cuando mis manos rozaban su pelo de luna, se perdió en el murmullo monótono de las olas. En el patio la perra ladraba.

mujer en el mar

El messenger

Era osada, desafiaba circunstancias y capaz de esconder el dialogo que manteníamos si llegaba un intruso. Me hizo viajar por su ciudad, me guió entre los viejos edificios; en las sombras le daba algún pellizco y reía. Me mostró su casa, por si vienes, te diré cómo entrar. Rincones que solo ella conocía. Allí, como si fuese mono de plástico, me desinflaba y sonreía diciéndome: “no te muevas, te traeré de comer, debes estar hambriento”. Hoy rumié el recuerdo, el silencio duele, la plática quedó mocha, quieta, enterrada. Nunca más supe de ella, o quizá encontró otro animal de plástico más risueño que el mono.

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Un día en mi vida*

El mejor día que tuve, fue cuando una señora de mediana edad, me vio comprando víveres.
– ¡Doctor! volví la mirada y frente había una señora menor de cuarenta años, con una niña de diez o doce años a su lado.
– ¡Mira al doctor!, conócelo. -La niña me vio cómo preguntándose y… ¡éste qué! Con el respeto que la señora merece, no recordaba quién era ella, y mucho menos la niña.
-¡Qué esperas, ve y abrázalo! -La niña más por la orden, se acercó a mi y me dio un abrazo tímido. Que correspondí con igual efusividad. Seguramente la señora percibió en mi rostro, el rostro del olvido.
-¿Ya no se acuerda médico? solo moví la cabeza dándole la razón. Venía sola del rancho, ya era de noche y mi hija apenas si podía respirar y yo no se que le hizo, puso sus aparatos, le ayudaba con sus manos y no sé que inyectó, pero una hora después la cara de ella cambió y pude tomar el camión que me llevó a la comunidad. Desde entonces ya no se ha enfermado. La mujer de rostro cobrizo se acercó y me dio un beso en la mejilla, sentí la humedad de su cara y un gracias resonó en mi oído. Nunca la volví a ver.

 

cuadro de Navia

  • Hoy en México se celebra el día del médico.

El taxista

Tomé el taxi.Ordené que me llevara a tal lugar, antes de que cerrase.
-A dónde quiere ir hay manifestaciones.
-busque por algún sitio.
-Pasáremos por lugares complicados.
-Qué quiere decir.
-Peligrosos y putañeros.
Pasamos los peligrosos, nos internamos en una calle de tránsito y comercio.
-Aquí, si mira usted, los de aquella acera son mujeres, y los de la banqueta contraría son varones vestidos de mujeres, vea como mueve la bolsa cada quien, La mujer caderea y la bolsa sigue el compás. En la de los varones no sucede. Fíjese la cantidad de clientes que hay;  la que tienen ellos, está abarrotada, por la de ellas, transitan pocos clientes. ¿ Por qué será ? – se preguntó a sí mismo, me limite a levantar los hombros- Siguió hablando y se contestó.
Tal vez sea por que los mujercitos tengan las nalgas más duras
-¿Ud cree?
-Me lo dijeron unos clientes.

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Domingos de plaza

Los domingos parecían ser calca uno de otro, uno de ellos era que el viejo Germán, sentado en su poltrona veía pasar a gente de diferentes oficios. Yo hacía lo mismo. Mi consultorio tenía una gran puerta que enfocaba bien la cara afilada del viejo cacique. A veces cansado de estar sentado daba un breve recorrido y salía a la banqueta. Era inmejorable ese lugar, un punto donde confluyen cuatro calles, por lo que era un verdadero pasadero tanto de gente de a pie, de mulas y caballos.
  • Sargento buen día.
  • – Buen día mi médico, cuando va a visitarme para jugar volibol.
  • Oiga sargento ese caballo no se lo conocía.
  • A la orden, lo acabo de comprar.
  • Se ve bien, el color es de un café con leche con manchas blancas y la que tiene en su cabeza, parece que le dibujaron una estrella
  • Por eso me gustó.
Sin sentir, pero a un lado ya teníamos a don Germán.
-Buen día sargento. Así que compró este pinto.
Si Don Germán, a la orden.
-Y si no es indiscreción en cuánto se lo dieron. Para cuando le preguntaba, ya el viejo, le veía los dientes al equino.
– ¿Qué le parece?
A qué mi sargento, bien dice el dicho que detrás de uno siempre habrá otro y sin despedirse fue de nuevo a sentarse a la mecedora, afilando la mirada.
-“Pinche viejo”  si no fuera por sus canas, le hubiese roto el hocico por hablador y con los puños cerrados enfiló hacia el cuartel.
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Apuntes de un niño, el abuelo

Me llevaron mis padres a una casa desconocida, después supe que era la de un hermano de mi padre. Allí estaba un cuarto atiborrado de flores y en medio un ataúd. Dentro del cajón, que lo vi enorme, estaba un señor que nunca había visto. Mi padre me levantó con sus brazos.

-Éste es tu abuelo. -me dijo.

De tez blanca, nariz prominente. Supe que había salido de Líbano, llegó a Nueva York, de allí tomó otro barco y arribó al puerto de Tampico. Por tierra llegó a la ciudad de Monterrey, en tren se embarcó hacia la ciudad de México. Sus compatriotas le dieron mercancías y le orientaron a que se fuera a una ruta. Vendiendo telas iba de pueblo en pueblo hasta que se acercó a uno donde conocería a mi abuela paterna. Mi abuelo no sabía una letra de español, hoy en mi vejez, medito las dificultades que pasó para poder subsistir en una tierra extraña, con idioma y costumbres diferentes y lo peor con un pueblo próximo a una guerra civil como lo fue la Revolución Mexicana.

El amor no conoce idioma.

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La indecisión

Se levantaba el pantalón de mezclilla, recomponía su camisa de cuadros de manga larga, veía con estilo la hora de su reloj plateado y se perdía en aceras pobladas. Veía sin ver los aparadores y detenía sus ojos en la mujer que tuviese un abultado trasero. Aquella noche la encontró. Con discreción se adelantó para mirarla de reojo, era muy hermosa. Ella le miró con sus ojos brillantes.
En el instante en el que iba abordarla, se detiene paralizado.
—¿Le digo un piropo? ¿La saludo? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Si le pregunto y me contesta? ¿Si deja que la acompañe y con suerte acepta? ¿Después, con qué dinero podría invitarle un café?
¿y… si había química de dónde sacaría para el hotel? ¡Eso sería tener buena suerte! bien sabe que está en un lugar de putas, y dirá que le has caído bien y te cobrará barato.
Cabizbajo regresó al departamento de su tía.

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Los predestinados

Poco antes de cumplir los cincuenta años, numeró las veces que la muerte había aleteado alrededor de él. Eran muchas, por lo que concluyó que estaba predestinado a un fin grandioso.
Antes de morir, tuvo un último hijo, cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió viejo.
El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos no se cuestionó ya que moriría en la cruz, en las afueras de Roma. Pensando que su esfuerzo para la nueva religión de amaos unos a los otros, había sido inútil.

crucifixiones

En la boca del lobo

Tomé mi tarjeta de crédito, la froté sobre el pantalón y la puse en la mesa. Prendí la televisión. Cuando vi el comercial de una aerolínea ofertando un descuento inusual, me alteré . Mi esposa dormía. Ella estaba enterada de que iría a la convención sobre ecosistemas que se efectuaría en una ciudad distante. No la desperté. Hice algunas llamadas por el teléfono móvil. La besé antes de despedirme y soñolienta me respondió. Salí a la calle con mi breve maleta. En el taxi me di cuenta que olvidé el celular y contradije la orden.
— ¡Lléveme al aeropuerto! por favor.
En tres horas de vuelo, estaba en aquella ciudad porteña. De mi agenda leí en voz alta la dirección para que la oyese el taxista. En treinta minutos me situé frente a su casa. Algunos faroles vetustos contemplaban la madrugada y el silencio se hincaba por el ruido de un motor en la lejanía.
La residencia la conocía como la palma de mi mano. Ella me la había descrito rincón por rincón. Inclusive sabía cómo entrar para acceder a la casa y después a su recámara. Me acostumbré a la oscuridad y reconocí sus detalles. Vi la escalera que conduce al sótano, bajé, abrí la puerta presionando la manija y recargandose. En instantes llegué a un pasillo y de allí al balcón de su recámara. «Antes de acostarme, respiro la noche y dejo la ventana entrecerrada»dijo alguna vez. Cuando abrí, agudice mis ojos y sonreí. Solo se veía el cuerpo de ella hecho bolita. Su esposo no estaba. Era viernes y había en una ciudad cercana la competencia del Sábalo. Dormía en una cama que parecía una gran estepa. Ingresé al baño, vi la tina y recordé la vez que ella me soñó dándome un baño con jabón de frutas. En silencio lavé con esponja el cuerpo y me tendí a su lado como una hoja que cayó al suelo.
Adormilada escondió su cara en mi cuello. Entreabrió los ojos y murmuró soñolienta «que rico hueles» y volvió a dormirse. Yo la abrazaba. Sentí que sus manos palpaban el vello de mi pecho y de repente se apartó.
— ¡Tú no eres mi marido! —dijo.
De un salto prendió la luz. Cuando me vio, creí que sus ojos se saldrían.
—¡Qué haces aquí!
A través de la bata de seda transparente se veía su cuerpo aceitunado y sus pechos protuberantes parecían rodar.
—Apaga la luz y recuéstate. —mencioné con delicadeza.
—¡Vete!, vete de aquí.
Tenía ansiedad en la cara y en el movimiento de sus ojos era inqieto.
—Mi marido no tardará en llegar.
—Él está en la pesca del Sábalo.
—No entró a la competición. Anoche llamó por teléfono y está por llegar.
—Pero entonces…
—No tenemos ni un minuto.
Me sentí disminuido. Pensé que el recibimiento sería otro. Con decepción empecé a vestirme y ella viendo mi estado de ánimo, suavizó.
—Perdona, pero no ha sido el mejor momento.
Me dio un beso leve en los labios. Aproveché para darle uno con pasión y llenarle su boca con mi lengua. Ese beso que transcurre, y de un beso , se pasa a otro y las manos aprietan voluntariosas el talle , la espalda, la nuca, y acarician las líneas exuberantes de la mujer. El tiempo se pierde, y vuelas.
Regresamos a la realidad cuando escuchamos en las escaleras los pasos de un varón. La parálisis nos enmudeció.
—Mamá, mamá, ya me voy.
Oí con alivio la voz de su hijo. Ella contestó amablemente, preguntándole si regresaría a comer.
—No me esperes mamá, tengo mucho trabajo.
Yo estaba vestido y tenía en el piso mi mochila de viaje. Con rapidez, le volví la cara, y la besé una vez más. Escuché los pasos que bajaban de la escalera, lo que me impidió percibir que otros subían. Después de un golpe seco de nudillos sobrevino el ruido de la perilla de la puerta. Lo que hice fue ocultarme debajo de la cama y ella nerviosa exclamó:
— ¡Jesús no te esperaba tan temprano! Ahora te abro.
Escuché como la densa humanidad se recostaba en la cama esteparia. Como un oso herido por el sueño se quedó dormido. Yo respiraba a sorbos. En ese tiempo me pregunté: ¡qué madres hacia yo allí, cuando debería de estar llegando a otra ciudad, para recoger las experiencias de mis colegas. Estaba a merced, pues de manera irresponsable me había ido a meter a una cueva que no me pertenecía. En el avión decía: ¡qué sorpresa se va a llevar!, ella desea conocerme, que se estremece cuando le hago susurrar las palabras en el monitor. Oí que se levantó y encaminó hacia el baño. El oso se despertó. Poco después escuchaba los azotes del colchón y los embates de un cuerpo. El ruido de la respiración acompañó al de la cama y luego los quejidos entrecortados. Temblaba, y mi respiración sufría , pues el polvo me ahogaba y sin poder contenerme estornudé. Para fortuna, coincidió con el orgasmo de ambos que ahogó mi estridencia. Después de un breve silencio volvieron a rodar y no pude evitar el entusiasmo cruel de mi entrepierna. Arriba los ronquidos de èl y abajo el golpe de mi corazón.
Vi los pies de ella dirigirse al baño. No cerró la puerta y hasta mí llegó el ruido del orín cayendo en el agua, luego el cajón de la cómoda al abrirse y supuse que se cambiaría de ropa interior. Sacó una sábana y pensé que la tendería sobre la cama esteparia, pero la mantuvo como si fuese una cortina. Me dió una patada. Me levanté y con la mirada me empujó hacia la salida. Cuando abrió la puerta, se topó con su hija que traía un jugo de naranja, apenas si tuvo tiempo de ocultarme. Ella le hizo una seña de que no hablara, porque su papá estaba dormido y le instó a que se fuese.
En ese momento el oso se dio la vuelta, quitándose a manotazos la sábana y entreabriendo los ojos la miró con el vaso en las manos y volvió a dormirse. Yo estaba oculto detrás de ella. Salimos del cuarto y me llevó hacia la escalera y pregunté
— ¿ Mi maleta?
Sus ojos se prendieron y regresó por el maletín. En ese momento escuché pasos que subían, imaginé que era de nuevo la hija y me refugié detrás de la puerta. Así que cuando ella salió, no me vio y se encontró con su hija que ya vestida llegaba para despedirse.
— ¿Me puedo despedir de papá?
— No, está muy dormido, llegó en la madrugada.
— Y ese equipaje?
—Es mío, solo que ya voy a desecharlo.
— Mejor déjamelo para mi excursión. Así ya no compro.
— Ya vete a la escuela, se te va a hacer tarde.
Escuché sus pisadas bajar con rapidez. Abrí la puerta.
—Qué bueno que no te vió mi hija. Ella no sabe nada de su madre.
Me hizo ir tras ella hacia el sótano, y cuando salíamos al patio, pasó una vecina.
— Buenos días señora Ofelia, ¿ya tan temprano?
Ella no pudo ocultarme.
—Pues aquí, con el señor, va a revisar el sótano y vino a hacerme un presupuesto.
Así que volvimos sobre nuestros pasos.
— Perdona.
Ella me miró con deseos de fulminarme y con voz firme dijo:
— Si con disculparte arreglase todo, pero mira, pasó la chismosa de la vecindad. Joder, en que problemas me has metido.
Ella se puso a llorar en silencio. No me contuve y la abracé; susurré: «perdóname», pero ella, de inmediato dejó de lagrimear y me quitó el brazo de su hombro, como si fuese un trapo fétido. Respiró profundo y me dio de nuevo la maleta.
— ¡Ahora sí lárgate! esa vieja ya se habrá ido.
Tomé el maletín, suspiré, moví la cabeza y hablé con fuerza:
-Disculpa mis pendejadas y espero que esto no tenga consecuencias.
Cabizbajo caminé hacia la puerta, casi salía, cuando me abrazó por la cintura y su mano se abrió en mi vientre y con voz melosa cantó detrás de mi nuca.
— ¿Te vas sin darme un besito?

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