Los últimos años pasaron por mi mente, tu palabra amable que me encendía. Luego tu silencio que no me explicaba. Ayer me deshice de mis nudos y vine a verte, soy una mujer que me gusta enfrentar cara a cara con la vida. Te encontré doblado en una silla y con la mirada ausente. Regresé apesadumbrada. Comprendo, con un ahora de claridad, que lo que nunca llega, duele menos que lo que llega tarde.
La carretera corre hacia la lejanía. Escucho el motor que pasa a mi lado. Es una motocicleta que se vuelve diminuta. Corro, el sol sobre la espalda y mi sombra sobre el gris del asfalto. En la cima, encharcado de sudor puedo tomar las nubes. Podría lavarme la cara con el agua del rio, el que corre abajo y parte los cerros. Seco de la garganta. Soy lluvia que riega mis pasos.
La moto viene de regreso, tan veloz que se pierde en las nubes.
La araña capaz de matar con su veneno a un dinosaurio, fue victima de una avispa que la tomó desprevenida inoculándole su semen. Habrá, semanas después, una noche glamorosa donde cientos de avispas saldrán luciendo en el vuelo una estola de seda.
«Estoy predestinado a realizar una hazaña para mi pueblo» se dijo Antonioni, después de haber salido con vida ante una muerte inminente. Su hijo tuvo una vida parecida, y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Ambos murieron de viejos. El suceso se repitió en generaciones. El último de la dinastía nunca se cuestionó. Moriría crucificado en las afueras de Roma pensando que su esfuerzo para la nueva religión de «amaos los unos a los otros», había sido en vano.
No había nada que decirse, nuestras miradas exhaustas se entendían. Un golpe con tu codo en mis costillas me decía que el camión de la media noche no tardaría en pasar. Afuera brincaba la lluvia fría en los pinares. Decidí no vestirme, ni mojarme, ni dejar de abrazarla, mañana me iría antes de que llegasen sus padres. Total ya era tiempo de que supieran que su hija tenia un amante. Un novio con pechos y pocas caderas, pero dispuesta a casarse con ella.
Estuve a un instante de pedirte matrimonio. Apretaba con mi mano la tuya, y cuando estaba a punto de preguntarte, ¿quieres ser mi esposa?, llegó a mi mente la firme convicción de ser siempre tú. A mí me convence el compartir. Con tiento la deslicé, y fingí que saludaba un conocido. Rompí el momento comentándote “asi que no te gusta la nieve combinada” Caminamos y cada quien tomó su ruta.
Pensó que me burlaba, que mi propósito, como el de muchos guerreros, era matarla. Sus pupilas encontraron las mías y quedé convertido en estatua. Me azota el viento frío del sur. Soy cuerpo de piedra pero no hay nada que congele mi amor, ni la tibieza de su recuerdo.
Tomé clases de anatomía con el Dr José negrete herrera, él era un libro frente al cadáver. decía: “hacemos la incisión, alejamos el tejido graso, no usen instrumentos de corte, solo de disección. Vean, cuento uno, cuento dos y tres y aquí debe de estar el nervio circunflejo”. y lo mostraba a los estudiantes. Pintamos a la vena de azul, a la arteria de rojo y al nervio de verde y esto lo llamamos disectocromia. ande, ande, toquen… el que no toca no siente, el que no siente es como el que no ve y el que no ve, no sabe”. Escribió su libro de anatomía bajo una óptica clínica,” este tipo de anatomía sirve más al médico general, pues relaciona los puntos anatómicos con el quehacer de la clínica” En él Había un valor mayor, la de ser humano. un compañero me confesó: vivo solo con mi madre, y ella tenía un dolor en el vientre y fiebre, le hablé al maestro explicándole, y apresuradamente me dijo que la llevara a urgencias del hospital Juárez que él, allí estaría. Diagnosticó un abdomen agudo y operó de inmediato, se había reventado la apéndice. Mi madre vive por el”.
Pendientes de sus manos cuando él tomaba los instrumentos, como un mago siempre nos sorprendía. Lo conocí cuando sus condiciones físicas mermaban por las mordidas de la diabetes, pero su pulso se mantuvo firme, su deseo de ofrecer su sapiencia inmutable. Tuvo y creo siempre tendrá el sentimiento de las personas que aman el mundo en que viven- Enseñando lo que sabía y amando a las personas que lo rodeaban, sobre todo a los estudiantes
ha pasado mucho tiempo, sé que te has integrado a la naturaleza, tu presencia en muchas conciencias persiste, tu estatura moral sirva a nuestro México y al mundo, tan necesitado de valores.
Leo de nuevo esto y sin duda ahora más que nunca la necesitamos.
Ella tenía veinte años y yo era un chamaco. Su cabello largo bamboleaba al caminar.
Un día le pedí un beso, ella movió la cabeza y creí verla sonreír cuando me dio la espalda. La miraba en silencio todos los días. Una tarde me llamó.
Parecía decirme con la mirada «no soporto tu mirada pedinche». Había almendra en sus ojos y una corona de oro en el marfil. Cerré mis ojos, percibí sus labios en mi frente, por un momento me sentí engañado. Pensé salir corriendo, pero sus labios encontraron los míos. Fue suave, tierno, lleno de mujer. Soy un viejo, pero si me toco el centro de mi labio me humedezco. Me baño en su recuerdo y me elevo.
El tren rezongaba. Parecía un becerro arisco subiendo hacia el pueblo. Sobre los gruñidos de la máquina, las campanas repiqueteaban alocadas. Como todos los domingos en la plaza, la gente compraba y vendía. Del carruaje salió un sujeto con una bocina parlante, invitando a las personas a ver el espectáculo del mediodía: “Podrán contárselo a los nietos de los nietos y siempre dudarán. Sólo sus ojos darán crédito”. Dos horas después, el gentío se arremolinaba para mirar el acto. La bestia era dócil y gran imitadora de animales. La gente reía. Sin embargo, cuando rompió en un rugido más potente que el de un león, todos enmudecieron. Abrió las fauces y el voceador del espectáculo metió la cabeza; poco después, sólo los zapatos quedaron fuera. El animal hizo una contracción ventral y el sujeto desapareció. Llovieron monedas y aplausos de la multitud. Ella caminó en círculo, levantó los brazos y agitando unas alas que brotaron de su espalda, voló hasta perderse por encima de los cedros. El tren ha quedado en la plaza. A media noche, el viejo más viejo del pueblo agoniza y sobre el padre nuestro del cura, se escucha el tañer alocado de la campana. Es una noche sin viento y el gemido de él termina poco antes de que llegue el silencio. El difunto era el último que recordaba aquel suceso. Ahora, nadie sabe.
Lo presenté a mis padres como mí novio. Aceptó que en la casa había que tratarnos con respeto. Me decía “hola, como te ha ido” “bien” Ya en la sala mamá traía agua de frutas. Nos mirábamos como idiotas y reíamos sin motivo. Pasó un mes.—Qué serio es tu novio, siempre tan callado, ¿Así es? Todo parecía ser la calca de los ayeres y viendo que mis padres estaban en la cocina lo empecé a tocar y, él molesto “nos van a ver” Me enojó que tuviese gelatina en las venas. Acariciaba y subía la mano hasta llegar; sobaba de arriba abajo y de abajo hacia arriba… hasta sentir su dureza.Me agradaba verlo colorado. Contenía mi risa. En la noche lo esperaba emocionada, los días habían dejado de ser monótonos “Por favor estate quieta” lo dejaba. Volvía a reír al ver sus manos tratando de ocultar lo imposible.Un día mis padres salieron “luego vienen” le dije y empecé mi juego. Mi osadía se convirtió en sorpresa, cuando sentí que sus manos me tomaban de las caderas y limpiamente ajusté como ratoncito en la boca del gato…
Afuera, el viento mueve los tejados y penetra a la casa. Se oye crujir la viga y la fuerza del aire balancea tu cuerpo y es el ruido molesto quién me ha espantado el sueño.