Día del niño perdido por Rubén García García

Sendero
Hoy 7 de diciembre en mi tierra se celebra el día del niño perdido. Se ponen velas de cera que iluminan las calles. Salí y encontré una avenida esplendorosa, cientos de bujias aluzando. Escuché la voz de mi madre «este día empezaste a caminar, te soltaste de mi mano y solo caminaste atraido por la luz de la vela» La luz de mi madre se apagó hace medio año, sin embargo me sigue iluminado.

La mano de Rubén García García

Sendero

La mano era fría, y se sentía pesada sobre su cadera. No era una mano humana, seguro que no. Era una pesadilla, eso era todo. Pero la mano no se movió, y ella no podía despertar. Intentó gritar, pero estaba bloqueada. Estaba atrapada en su sueño. La mano subió hasta llegar a su pecho. Forcejeo en su mente, pero estaba paralizada. La mano se cerró sobre su cuello, y empezó a apretar. Ella sabía que estaba siendo asfixiada. El mundo se fue oscureciendo a medida que la mano la violentaba… intentó salirse de la pesadilla y lo logró: recordó en una brevedad su vida y como si subiera escalones llegó a la cima. Los aplausos de la sociedad, los abrazos de la familia y luego el disparo certero y fatal; solamente así regresaba a la paz de su muerte.

Incredulidad de Rubén García García

Sendero

Gritos de muerte han cabalgado en aquellas tierras de oración y fe; y entre el desierto y la montaña, incrédulos, se miran Mahoma y Moisés.

Las gentes de Cox de Rubén García García

Sendero

Las gentes de Cox tienen en sus patios plantas de café, hojas que parecen boleadas con aceite. Echando las tripas llegas a lo alto y quedas en éxtasis, ¡qué espectáculo cuando los cafetales florean!, el color blanco es tan tupido, que bien puede decirse que nieva en el trópico. Los niños ven crecer el fruto, y dia con día el milagro se hace: el rojo se apodera milimétricamente de la piel de la cereza y en el rojo sangre, la engullen, es una gota de miel. Las abuelas dejan que el fruto se seque en la mata. La cosechan con su dulce y con morteros pequeños quitan sus ropas hasta que la carne de la semilla aparece y está lista para tostarse en los comales de barro bajo el amparo de su paciencia, se dispersa el aroma, y ambos, vainilla y café revolotean como niños traviesos entre piedras y paredes, juegan y juegan y cuando se van, dejan testimonio de su perfume en la memoria.

Traje conmigo tres matas de café y me queda una que se encuentra en espera de la navidad con sus frutos enrojecidos del cual diario consumo. El tiempo no ha pasado porque el sabor es el mismo. Al extremo crece una mata de vainilla y desde lo alto me saluda con sus manos verdes y carnudas.

De aquí soy de Rubén García García

Sendero

Cox es un pueblo de olores. Uno es de vainilla y, el otro cuando tuestan café. Los dos necesitan del sol para exhibir con descaro su perfume. Así, cuando el viento me llena de vainilla, creo que es una soprano que canta en cada esquina y si me golpea desprevenido el café, me imagino que es una campana doblándose desesperada. La gente de Cox toma café en vez de agua, café ralo con canela y lo endulzan con panela. Si hace calor lo beben, y si hace frío, toman el doble y lo acompañan con piezas de un pan que se deshace en el paladar. Iba por una calle de piedras ordenadas, disfrutando la floración de las buganvillas cuando la soprano y la campana se arremolinaron alocando mis sentidos. Entonces me dije, ya no le busques, este es el lugar.

Aún vivo allí.

Chipiripi de Rubén García García

Sendero

En aquella encrucijada vive la anciana. La recuerdo con su verruga roja en la mejilla y la pócima que me dio a beber. A la luz de la luna había un árbol deshojado con ramas retorcidas y un pájaro que cantaba: ¡Chipiripi! ¡Chipiripi! Es cierto que la tristeza maligna se dispersó con su brebaje. Ahora cada vez que la luna naciente ilumina con su cobre, me da por gritar Chipiripi, chipiripi.

—¿Ya escuchaste cantar al pájaro de noche? Me pregunta mi hermano menor, al tiempo que blande la resortera de un lado a otro.

Angustia de Rubén García García

Sendero

La alborada es rosa con cantos de aves. Abro los brazos y me lleno de briza. El taxista me dice, que ya llegamos. Después de algunos intentos pude abrir la puerta del departamento. Desperté con una resaca cerca del mediodía. Había un recado: «en la cocina hay un caldo de pollo y en la heladora tres cervezas. El baño está preparado. Fui con mi madre, a mi regreso hablamos de lo que dijiste dormido».

El fantasma de la notaría de Rubén García García

Sendero

El notario por la noche tiene un fantasma. Cuando el personal se ha ido se hace notar. Cambia de lugar algunos utensilios, o prende la televisión que tiene en la sala de espera. El notario absorto sigue con su labor meticulosa. Ahora se mete a su celular y le hace una llamada, misma que no es contestada, porque él no responde fuera del horario de trabajo, al menos que sea de su esposa, que lleva dos años de finada.

La suerte del feo de Rubén García García

Sendero

Nadie lo quiere, ni mamá Pato, ni mamá Ganso. «Es su karma» dijo la Rana, docta en ciencias ocultas. Triste nadaba hacia las fauces de Lagarta, cuando fue rescatado. En la veterinaria se le identificó con una especie en vías de extinción. Desde ese momento le dieron atenciones extremas. De vez en cuando le llegaban noticias de sus hermanos. Algunos, a vuelo de mata escondiéndose de la carabina de Elmer. Los gansos perseguidos por su hígado. Los pocos sobrevivientes al reconocerlo se ponían verdes de envidia. La Rana movía la cabeza y a cada salto decía croando:  «Es el karma, es el karma»

Genética de Rubén García García

Sendero

No he dormido. Si bien el sapo que besé se convirtió en apuesto príncipe, por la noche se duerme con la boca abierta; cada mosca que pasa la desaparece y croa satisfecho. Acepté a regañadientes que construyera un estanque, y lo adornara con lajas limosas en la recámara. Anoche le di la orden al “encantador”, que trajese su mejor animalito y lo escondiera entre el limo.

El auto fantasma de Rubén García García

Sendero

El dia lunes 13 a las cinco de la mañana, Juan, el repartidor de pizzas, tuvo un accidente mortal. El negocio informó que era día de su descanso y se le facilitaba el vehículo por vivir en una zona alejada. El ministerio refiere que el cuerpo portaba una camisa color amarillo, que identificaba a la pizzería, un bóxer ajustado de color rojo, calcetines negros. No se encontraron sus pantalones, ni zapatos. Algunos trasnochados vieron la moto circular a gran velocidad y tras de ella un auto compacto de color indefinido. Menos mal que la moto no sufrió daños.

La señora Jak de Rubén García García

Sendero

Mi esposo se hizo tolerante cuando me vio hundir el estilete al cerdo.

Las piedras amorosas de Rubén García García

Sendero

Se tallan, se miman, se regodean. Muchos años pasaron para encontrarse en las orillas del río, y sus corazones duros se inflaman. Un día por la mañana llega un niño, toma una de ellas, la acomoda en su mano y la tira viendo como hace giros sobre los brillos del agua.

Una mujer en apuros de Rubén García García

Sendero

En el camino hacia su casa el músico me explicaba que ya había nacido uno y que el otro no podía. El otro estaba atravesado. Un producto en transversa, en cualquier parte, es cesárea. Y ahora él me decía: «haga lo que pueda médico. Si se va a morir, es mejor que se muera aquí» Faltaba una hora para el amanecer. Aullaban los perros y la brisa traía el olor de las limonarias.

Para fortuna mía la parturienta hablaba español y dos parteras estaban presentes, que intentaron salir en cuanto me vieron, pero les dije que ellas me ayudarían. Quité las imágenes religiosas de la mesa, y ayudamos a la señora a subirse y tenderse sobre ella. Colgué de las vigas dos frascos con suero y canalicé una vena, que previamente había entablillado el brazo para protegerla. Las señoras me servirían para levantar sus piernas. Por fortuna tenía un buen arsenal de medicinas, que poco a poco fui reuniendo cuando hacía mis prácticas hospitalarias. Una hora después, la luz del cuarto mejoró con dos lámparas de gasolina. Cómo si fuese un viaje, todo parecía estar en orden, estaba a punto de partir con mis pasajeros. Ella había tomado bríos con el suero y su cara se había destensado al percibir que la acompañaríamos. Afuera los gallos cantaban en relevos. En el suero estaban las sustancias que llevarían a la pasajera a un sueño profundo, quizá unos diez minutos, críticos, vitales. El borde entre la vida y la muerte.

Antes de la cesárea los médicos de aquel tiempo intentaban lo siguiente. Yo parecía escuchar aquella clase en que el viejo maestro nos dictaba: «Metan la mano y traten de localizar el producto, dónde la cabeza, donde están los pies. Localicen la mano y traten de saludarlo, si su mano encaja, podrán imaginarse cómo está situado. Recorran el cuerpo para llegar a sus pies y sujétenlo, trabando sus dedos entre los dos tobillos. Muy despacio, lleven los pies hacia el pubis, y al llegar harán que de una maroma. Sacaran los pies y a lo último quedará la cabeza. Una equivocación y la matriz se desgarrará».

Han trascurrido muchos años y lo recuerdo como si fuese ayer. El día en que una mano invisible entró a la yema de mis dedos y me dio la increíble belleza de salvar a una madre y a su hijo.

Pragmatismo de Rubén García García

Sendero

En la madrugada, frente a su casa, hablé con el músico. Lejos relinchaba un caballo.
—Tu mujer está mal, el niño está atravesado. Hay que trasladarla a un hospital.
—No tengo dinero doctor. Usted sabe lo que ganamos y lo caro que sería una operación. Además ¿Cómo la llevamos?
Me quedé callado. Había un cielo sin estrellas.
—Dígame médico ¿podemos hacer algo?
Tardé en contestar. La alborada estaba a la vuelta de la esquina. Ya uno que otro gallo cantaba.
—Corremos el riesgo de que se muera.
—Como quiera se va a morir doctor. Mire, si decido llevarla, habrá que cargar con ella. Serían seis horas de camino hasta el río. Si está el lanchero cruzaremos rápido, pero del otro lado habrá que esperar a que pase algún vehículo y nos haga el favor. Y si se me muere allá ¿cómo la traemos? De que se muera allá, mejor que se muera aquí…
«Qué poca madre tiene, pero no le falta razón». Y entré de nuevo a la vivienda a enfrentarme con algo que solamente había leído en los libros y en la vos de un viejo maestro.