Este haiku me hace pensar en una estampa puramente descriptiva. Si en el haiku debe existir una tensión entre dos polos opuestos, un contraste, un desenlace inesperado o sorprendente, no sucede así en esta imagen. Lo cual no niega su encanto. Sencillamente es una observación que contiene una belleza plástica sin ir más allá. Es más, yo diría que es obvio que caiga esa gota. No me causa ninguna sorpresa. Tal vez, el contraste quede sugerido por el hecho de que amanece y los rayos del sol calientan el banco, pero no me parece suficiente. Por otra parte, sería más acertado que el primer verso, en lugar de conjugar un verbo (ya que es deseable evitar los verbos), quedaría mejor con el sustantivo: Amanecer… (que suma, además, cinco sílabas). Recomendaría a Pruno que no solo observe lo evidente, sino que vea más allá y trate de plasmar las sensaciones que le provoca lo que está presenciando, lo que le conmueve. Creo que le falta ese pequeño paso para lograr esa chispa que debe brotar de un buen haiku. Algo que tampoco es fácil, lo reconozco.
Históricamente el haiku es una breve forma poética japonesa de 17 sílabas distribuidas en tres versos de 5, 7 y 5. Además debe atenerse a unas reglas referidas a la estación del año, propiciar un estado anímico en el que se recupera fugazmente un paraíso —perdido, como todos—, y en definitiva transportar a quien lo lee a un mundo que las palabras nunca alcanzan a sugerir. Quien lo compone «debe eliminarse de su poesía para que sus versos capten la esencia dinámica de la realidad… el poeta del haiku es solo un instrumento, y un instrumento no sabe a qué suena» —según escribe Vicente Haya—. Y R. H. Blyth,1 uno de los más grandes especialistas occidentales del haiku, con la autoridad que le proporciona… https://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/diciembre_13/05122013.htm Confiesa Vicente Haya que se «encontró» con el haiku por casualidad y que ha continuado con él «por fidelidad», tanto que ha hecho de esta manifestación poética nipona un eje importante de su vida. Ayer se presentó en Sevilla «El espacio interior del haiku», un libro de un centenar de páginas en el que se desvela el fondo de esta expresión breve y esencial, cuya importancia «va extendiéndose poco a poco sin que se esté explicando adecuadamente», señala el autor, que lleva doce años estudiando este tipo de poesía en la que en el año 2000 centró su tesis doctoral en Filosofía por la Hispalense abordando «La expresión de lo sagrado en el haiku japonés».
Vicente Haya opina que, «salvo gloriosas excepciones», existe mucho desconocimiento sobre el auténtico significado de esta poesía y «los poetas se lanzan a escribirla sin saber lo fundamental». Según explica, en el haiku el autor tiene que estar presente en la escena, «es como una notaría de la vida, como una instantánea de la realidad. A diferencia de la poesía a la que estamos aquí acostumbrados, en Japón el poeta no refleja su sentimiento sino que plasma el mundo, ya que lo que tiene auténtica importancia es lo que está fuera de la persona, con lo que el yo desaparece». De esta manera, cualquier pequeño elemento de la Naturaleza puede ser «trascendental» teniendo en cuenta esa ley nipona interna de lo divino, «donde lo sagrado organiza el mundo». «El japonés -añade el autor- va vaciándose de todo el contenido de su historia personal y se va impregnando de todo lo que le rodea, del vuelo de una libélula, de un pájaro, de la luna llena…».
Vicente Haya propone en su libro 47 claves para construir un buen haiku, añadiendo a las ya conocidas algunas nuevas como la necesidad de un eje emocional o la capacidad de mezclar ingredientes poéticos para que el resultado final sea óptimo. Con todo ello, también pretende desmitificar esta expresión lírica porque «el haiku no es un hermético arcano al alcance sólo de especialistas. Esta poesía nunca usa palabras complicadas y no exige ningún conocimiento literario sino ser sincero con lo que se siente, por eso los haikus más asombrosos son los realizados por niños. Cualquier persona -apunta- puede escribirlos, siempre que se haga con el debido respeto».
La clave principal del haiku reside, en su opinión, «en la conmoción que se siente ante el mundo» y, en este sentido, critica las pretensiones de algunos escritores como Mario Benedetti. «En su libro «Rincón de haikus» no aparece ninguno de verdad, lo que ha hecho -argumenta Haya- es lo que en Japón se llama «zappai», pues la persona del escritor no interesa al mundo del haiku sino, por ejemplo, la gota de rocío que éste haya podido percibir».
Destacado experto
Entregado por completo a la publicación y traducción de esta expresión poética, Vicente Haya está considerado uno de sus más destacados especialistas, aunque él se siente heredero, sobre todo, de las enseñanzas de su maestro Nagakawa, «que tradujo al japonés el «Ulises», de Joyce, y que también conoció el profesor sevillano Fernando Rodríguez-Izquierdo», una de las máximas autoridades en materia de haikus en nuestro país.
Próximamente verá la luz un nuevo título de este autor que desde hace más de una década se encuentra inmerso en el estudio de estos poemas cortos de 17 sílabas distribuidas en tres versos. En «Poetas de corazón japonés», Haya presentará una selección de haikus en castellano -en la que tres de los autores que figuran son sevillanos-, demostrando que esta poesía «no es algo del pasado sino la manifestación de cómo los japoneses nos han enseñado que puede hablar el alma humana».
Todavía, a pesar de que contamos en castellano con una veintena de libros sobre haiku, algunos de ellos notables, apenas hemos accedido a su estancia interior. Toda entrada en un espacio sagrado debe ser serena, progresiva, pausada. Entrar con las informaciones precisas para atrevernos a hacerlo; pero no más. Y ya llevamos dichas hasta ahora muchas palabras; seguramente, más de las necesarias.
Conclusión
Hemos mostrado hasta ahora que hay haikus que centran su atención en algo que no sucede y queremos por último tratar de exponer una hipótesis de por qué existen este tipo de poemas.
Nuestra conclusión es que el haiku de “lo que no ocurre” no sólo sirve para acentuar el interés de algo que ha sucedido o de algo que simplemente está ahí, provocando y centrando nuestra atención: una especie de silencio ontológico que rodea y hace más contundente el sonido del ser.
Tampoco es sólo para introducir en el haiku la importancia de “lo que cabía esperar” (lo que en japonés coloquial comenzaría a contarse con un “Yappari…”) como temática en la que adquiriría cierto protagonismo el ser humano y su mundo de anhelos, suposiciones, prejuicios e inercias mentales.
Los haikus de “lo que no ocurre” responden, a nuestro juicio, a un sentido altamente patético de la realidad que tiene el japonés. Para la sensibilidad nipona, cada evento, cada gesto, cada vida, cada existencia debe responsabilizarse de todas aquellas alternativas que por su causa no llegaron a materializarse. Existir es haber sido escogido y, por eso mismo, haber sido aceptado. Por eso se vive con el sumimasen [“perdón”] en la boca y con el dômo arigatô gozaimashita [“gracias”] en el corazón. Efectivamente, nada hay que no sea un milagro. Pero existir es ser maravilloso porque no es fruto del azar, sino de una elección: la maravilla ha costado un sin número de muertes de todo aquello que no tenía ese nivel de perfección. Toda hierofanía oculta una tragedia.
Sería un completo error considerar que el mundo es sólo lo que acontece. Si fuera así, carecería de profundidad, de contrastes, de valor. Sería un mundo plano, sin niveles, sin perspectiva, sin claroscuros… El mundo es lo que acontece y esa infinitud de posibilidades de lo que no ha llegado a suceder que acompañan al evento -fiel, dulce, silenciosamente- desde su universo fantasmal de inexistencia. Por eso el mundo es tan maravillosamente extraño en la manifestación de su apariencia; porque cada evidencia trae a cuestas los cadáveres de mil millones de posibilidades que nunca fueron. Y por eso también lo que no acontece es sagrado: porque es el magma del que emana la existencia, y sin él nada sería posible.
Y todo esto, con la mayor naturalidad. El mundo no nos muestra exhibicionista la carga de realidad que tiene lo aparentemente más intrascendente, y nosotros no tenemos un despertar espiritual (satori) al percibir como lo hacemos la realidad. En el haiku, no comprender –antes o después deberemos resignarnos- es más importante que comprender. Es como si el hecho de comprender nos distorsionase como receptores fieles de lo que ocurre fuera de nosotros. Que es de lo que se trata: dejarnos a nosotros mismos a un lado y atender a nuestro exterior. Fue el mismo Bashô, supuestamente el que hizo del haiku “poesía zen”, quien negó que lo que debiera producir un asombro natural fuera un satori:
稲妻に悟らぬ人のとうとさよ [BASHÔ]
Inazuma ni ¡Qué santidad satoranu hito no la del hombre que ante un relámpago tôtosa yo[19] no comprende la Realidad!
Satoranu (forma arcaica negativa de satoru, de donde procede la palabra satori, “iluminación, comprensión súbita”). Hoy día, después del magnífico trabajo de Suzuki D.T. y de su discípulo Blyth, R.H., refutar en Occidente la idea de que el haiku sea “poesía zen” es acometer una tarea hercúlea probablemente condenada al fracaso. El haiku es “poesía zen”, por supuesto fuera de Japón, donde la sola mención de esta idea produce hilaridad. Es “poesía zen” y no hay nada que hacer, así sea el mismísimo Bashô el que haya dejado escrito lo contrario: Qué santidad la del hombre que no comprende la Realidad…
No hay nada que entender tras el asombro que nos hace escribir un haiku. El haiku no es un kôan, no es la palabra cargada de intención de una mente diestra en hacer añicos nuestras quimeras mentales, sino un inocente dedo de niño señalando a las cosas: “¡Mamá, mira!”. A veces, eso que el niño señala es algo feo como un excremento; y, otras, bello como las hojas rojas del arce. Porque el niño –como el haijin- no discrimina. En ocasiones lo que le impresiona es algo que ocurre, y otras veces es algo que no ocurre. “Lo que no sucede” no necesita poder hacernos comprender la naturaleza de lo real para encontrar un sitio en nuestro mundo de percepciones. Pero sólo el corazón del niño es capaz de sentirlo todo, de oírlo todo, de verlo todo.
Deseo terminar este trabajo, con un “no sucede” que –como en el haiku anterior- pertenece al mundo humano. Concluyo así citando una vez más la obra del último monje vagabundo de Japón, Santôka, cuya sencillez y naturalidad llegó a romper el metro mismo del haiku, asomándolo a su propio abismo de inexistencia:
しぐるるや死なないでゐる [SANTÔKA]
Shigururu ya Cae la lluvia de finales de otoño… shinanaide iru[20] Y aún no he muerto
SIGLAS UTILIZADAS La bibliografía se puede consultar en la pagina de donde tomé el texto. Está al inicio la liga.
Aki no kure Crepúsculo de otoño… karasu mo nakade Incluso el cuervo tôri keri[14] pasó sin graznar…
El crepúsculo de otoño asociado con un negro cuervo: silencio, profundidad, nostálgica belleza, vinculados poéticamente con astucia, nerviosismo, rapiña. Es un haiku dedicado, al fin y al cabo, a un atardecer de otoño que necesita del silencio de un cuervo… ¡Qué extraño y fascinante es nuestro mundo!
Sobre el mismo tema –el aki no kure- contamos, además, con un célebre haiku de Bashô:
此道や行く人なしに秋のくれ [BASHÔ]
Kono michi ya Nadie que vaya yuku hito nashi ni por este camino aki no kure[15] Crepúsculo de otoño
En el poema de Kishû la tarde de otoño necesitaba del silencio de un cuervo, y, en éste de Bashô, la soledad de un camino. La fórmula utilizada, no obstante, nos causa perplejidad. Por la insistencia en el “nadie”: “No hay nadie que vaya” (yuku hito nashi ni). Quizá el poeta está detenido y por eso no se cuenta a sí mismo como uno de los que van por ese camino; o quizá es que el poeta no se considere “alguien”, y tanto da si va como si está quieto. De nuevo el misterio envuelve un haiku, un camino, un atardecer de otoño.
Encontramos otro bello ejemplo de cómo una acción que no se produce da su auténtico valor a lo que hay en la escena, en un haiku de Seishi, poeta que murió hace seis años (y sirva esto de prueba de cómo el haiku no es un arte de museo):
なきやみてなほ天を占む法師蝉 [SEISHI]
Nakiyamite La cigarra cesa de cantar nao ten o shimu y su voz continua hôshizemi llenado los cielos
Este haiku tiene, además, otros significados en los que ahora no podemos detenernos[16]. Tan sólo especificar que, propiamente, en él no hay ningún verbo en forma negativa, sino uno en forma afirmativa que niega una acción: “cesando de cantar”. La belleza de este haiku de Seishi, no obstante, nos ha seducido y ha logrado que lo incluyésemos como excepción en esta antología, que, de haberse ampliado con este criterio, alcanzaría unos límites que excederían con mucho lo previsto.
Por último, no siempre la ausencia de acción está al servicio de lo que hay. A veces es al contrario: en el siguiente ejemplo, la arboleda de verano es sólo el marco en el que una acción no se produce:
動く葉もなくおそろしき夏木立 [BUSON]
Ugoku ha mo naku No se mueve ni una hoja… osoroshiki ¡Qué temor siento! natsu kodachi[17] La arboleda de verano
Para comprender el temor de que nos habla Buson en esta ocasión la pregunta que debemos hacernos es: “¿Por qué no se mueve ni una hoja?”. ¿Qué puede hacer que una cosa tan natural como el movimiento de una sola hoja entre todas las de una arboleda no se produzca en absoluto? Para el poeta, poca duda cabe, la razón es que lo sagrado esté presente. Es por esa presencia divina que las hojas no se atreven a moverse llenas de respetuoso temor. Al sentir esto, el haijin se contagia del temor reverencial que allí se respira. Nos aventuramos a imaginar que, por un tiempo, él tampoco se atreviera a moverse, y fuera él mismo una hoja más de la arboleda.
De toda esta peculiarísima antología que estamos presentando, a pesar de que hay haikus verdaderamente inmortales (como el que acabamos de ver de Buson), destacaríamos uno del poeta Tantan, que vivió en el siglo XVIII. Es un haiku que se rehúsa a ser explicado. Sólo podemos decirlo:
初雪や波のとどかぬ岩の上 [TANTAN]
Hatsuyuki ya La primera nieve caída nami no todokanu Las olas no alcanzan iwa no ue[18] la parte de arriba de las rocas
Todavía, a pesar de que contamos en castellano con una veintena de libros sobre haiku, algunos de ellos notables, apenas hemos accedido a su estancia interior. Toda entrada en un espacio sagrado debe ser serena, progresiva, pausada. Entrar con las informaciones precisas para atrevernos a hacerlo; pero no más. Y ya llevamos dichas hasta ahora muchas palabras; seguramente, más de las necesarias.
Es en el acento que el haijin pone en algo que echa de menos, constatación por tanto de una ausencia, donde mejor podemos ver el corazón de un poeta que ha elegido como género el haiku precisamente porque le permite ocultar pudorosamente sus sentimientos tras una apariencia fotográfica y fría de la realidad. Lo que diferencia “una rana entra en mi choza” y “una rana sin darse cuenta entra en mi choza” es el aware, la emoción sentida por el poeta, que en este caso ha sido sacudido de arriba abajo por la indefensión de una criatura que inconsciente entra en contacto con el peligroso mundo humano.
Pero, en otras ocasiones, es justo al contrario. Lo que está sucediendo pierde valor una vez que se lo ha situado junto a algo que no está pasando:
二つ居て一つは鳴かず秋の蝉 [SONGI]
Futatsu ite Había dos, hitotsu wa nakazu pero una de ellas no cantaba Aki no semi Cigarras de otoño
¡El más veterano especialista en haiku a duras penas logra acostumbrarse a que algo así pueda ser materia poética..! Hay dos cigarras ante el haijin pero una de ellas no canta… Nos preguntamos que sucedió en Songi cuando se produjo el momento haiku. Adivinamos que un incomprensible desasosiego se fue abriendo paso en su alma… “¿Por qué no canta una de esas dos cigarras?”. Tal vez nosotros nos habríamos preguntado lo mismo que él en su situación. O tal vez no; que para eso justamente sirve el entrenamiento del haijin. Lo cierto es que solemos tener por seguro que cada vida se está mostrando plenamente en cada momento, y no acabamos de comprender que una criatura que nació para cantar prive a la vida de su canto…, a menos que algo le ocurra. Ahí es adonde llega el poeta y ahí es adonde llegamos nosotros ahora. A una de esas dos cigarras le pasa algo porque no canta… Lo que sucede engendra lo que no sucede. Lo que no ocurre está ocurriendo de otra forma. La vida y la muerte se entremezclan y se contienen la una a la otra como el yin y el yang.
Podemos pensar el haiku. Esto no quiere decir que un haiku sea el fruto de una reflexión; es el fruto de un asombro instintivo e inmediato. La reflexión viene luego, si así es como hemos decidido entrar en el asombro que lo motivó. Sólo una condición pone el haiku al mundo de la reflexión para dejarse penetrar por ella: que al comentar tengamos la misma ausencia de pretensión que tuvo el poeta al escribirlo.
2) Verbo-sustantivo: “Lo que no sucede” junto a “lo que hay”
La mayoría de las veces, puesto que en un haiku no siempre caben dos verbos (uno en forma afirmativa y otro en negativa), lo que nos encontramos es la negación de una acción y junto a ella un sustantivo (o un sintagma nominal), es decir, una presencia. Algo que hay adquiere más fuerza gracias a eso que no ocurre:
野に山に動くものなし雪の朝 [CHIYO]
No ni yama ni En el campo y la montaña ugoku mono nashi nada se mueve yuki no asa[13] La nieve de la mañana
En este haiku de Chiyo, la poetisa acentúa el peso poético de la nieve mediante una referencia a la incapacidad que nada tiene de moverse (ugoku mono nashi). En el siguiente ejemplo, la tarde de otoño es la que centra la atención, pero -para lograrlo- el poeta necesita que un cuervo pase sin hacer el menor ruido:
秋の暮れ烏最中で通りけり [KISHÛ] Aki no kure Crepúsculo de otoño… karasu mo nakade Incluso el cuervo tôri keri[14] pasó sin graznar…
El crepúsculo de otoño asociado con un negro cuervo: silencio, profundidad, nostálgica belleza, vinculados poéticamente con astucia, nerviosismo, rapiña. Es un haiku dedicado, al fin y al cabo, a un atardecer de otoño que necesita del silencio de un cuervo… ¡Qué extraño y fascinante es nuestro mundo!
Sobre el mismo tema –el aki no kure- contamos, además, con un célebre haiku de Bashô:
此道や行く人なしに秋のくれ [BASHÔ]
Kono michi ya Nadie que vaya yuku hito nashi ni por este camino aki no kure[15] Crepúsculo de otoño
En el poema de Kishû la tarde de otoño necesitaba del silencio de un cuervo, y, en éste de Bashô, la soledad de un camino. La fórmula utilizada, no obstante, nos causa perplejidad. Por la insistencia en el “nadie”: “No hay nadie que vaya” (yuku hito nashi ni). Quizá el poeta está detenido y por eso no se cuenta a sí mismo como uno de los que van por ese camino; o quizá es que el poeta no se considere “alguien”, y tanto da si va como si está quieto. De nuevo el misterio envuelve un haiku, un camino, un atardecer de otoño
En este haiku me falta algo. No veo ese impacto que seguramente el poeta vivió, pero que debe ser capaz de transmitir. Tal vez rememorando el momento lo encuentre… Pongo un ejemplo: Mañana alpina… huellas de ciervos que va cubriendo la nieve O, tal vez, no era un lugar o una estación en la que fuera normal encontrar esas huellas, lo que fuera que causó su asombro está en el momento vivido y el autor debe encontrarlo dentro de sí mismo. Toda la obsesión del japonés es ver qué está relacionándose con qué. Captar los vínculos entre las cosas que producen los sucesos, las relaciones. Carlos Rubio nos dice algo que me parece muy interesante: “El haiku es la poesía de la sensación y algo más”, ese algo más es lo que los occidentales debemos descubrir estudiando lo que sustenta al haiku más allá de su brevedad, del kigo y del kire.
– Mediado el invierno, el color de las rosas recién abiertas.
Tiene haimi, sabor de haiku. El problema cuando trabajamos con asombros “comunes” (me refiero a algo frente a lo que la mayoría hemos reaccionado, asombrándonos, maravillándonos) es que corre el riesgo de pasar desapercibido… por ser un asombro ya visto, ya escrito muchas veces. Para mi está muy bien… Porque debemos escribir sobre aquello que nos conmociona, asombra, maravilla, ser sinceros, sin pretender tener una sensibilidad distinta a la mayor parte de la gente (si la tenemos genial, pero si no la tenemos, si nuestra sensibilidad reacciona solo frente a cosas a las que casi todo el mundo es sensible, nos reconoceremos en ellas y a través de ellas haremos el camino del haiku) Reconocer que cosas nos sensibilizan del mundo exterior, tomar conciencia de ello, es parte del camino.
En la misma línea de una expectativa en cierta forma frustrada, proyección por tanto del mundo humano del que el haiku siempre trata de deshacerse (no siempre con éxito), está ese otro poema del mismo Bashô:
胡蝶にもならで秋経る菜虫哉 [BASHÔ]
Kochô ni mo narade El otoño avanza aki furu y la oruga no consigue convertirse namushi kana[9] en una mariposa cualquiera
Las expectativas del ser humano respecto del mundo no tienen el valor de lo real. Pero no debemos infravalorar todo ese universo emocional del poeta que a la fuerza acaba encontrando su sitio dentro del haiku. Incluso esos casos de expectativas contrariadas pueden tener una profundidad insondable y una traducción imposible a nuestra lengua. Véase, por ejemplo, como Santôka -el poeta del haiku esencial- presenta uno de estos asombros:
一羽来て啼かない鳥である [SANTÔKA]
Ichiwa kite Un ave que viene… nakanai tori dearu[10] Es un pájaro que no canta…
Este haiku es tan simple que no puede ser traducido con la elegancia que tiene en su lengua original. El primer verso dice: “Viene uno”, pero sabemos que es un pájaro por el subfijo que se usa, propio de aves. Y, entre el primer y el segundo verso, Santôka ha conseguido un silencio largo como la eternidad, en el que sólo puede instalarse el lector que ha decidido no dejarse esclavizar por el tiempo. Por eso tiene que repetir en el segundo verso que sigue hablando del pájaro en cuestión. Ha escrito un primer verso; y ha esperado, quieto, en intimidad con el ave, antes de disponerse a escribir el segundo verso. La definición que el poeta da del pájaro (nakanai tori dearu: “no es otra cosa que un pájaro que no canta”) nos abisma en el precipicio de que “lo que no ocurre” pueda ser incluso en un instante la identidad propia de los seres.
Seguimos nuestro periplo poético a la búsqueda de haikus en los que haya cosas que no ocurran, y pronto nos damos cuenta de que, en ocasiones, “lo que no sucede” no responde a una expectativa –ansiada, presumible o frustrada- sino que realza y da su auténtico valor a lo que sucede.
En el haiku que sigue, por ejemplo, el canto de la alondra tal vez nos habría pasado desapercibido si no fuera porque hay algo que la alondra no está haciendo mientras canta:
原中や物にもつかず鳴く雲雀 [BASHÔ]
Hara-naka ya En medio del campo, mono ni mo tsukazu sin aferrarse a nada naku hibari[11] canta la alondra
“Lo que no ocurre” esta vez ha actuado a modo de cerco de inexistencia para potenciar la trascendentalidad de lo que acontece. La rueda, la ventana, el vaso –nos dirá Lao Tsé- deben su utilidad a lo que no tienen. Los filósofos nos han dicho: “El ser limita con la nada”; pero es mucho más que eso. Los poetas saben que la nada lo rodea como una matriz donde el ser es posible. Es la naturaleza del mundo: “lo que no está pasando” hace que lo que sucede, suceda más.
我門へ知らなんで這入る蛙哉 [ISSA]
Waga mon e Una rana shiranande hairu entra por mi puerta kaeru kana[12] sin darse cuenta
Es en el acento que el haijin pone en algo que echa de menos, constatación por tanto de una ausencia, donde mejor podemos ver el corazón de un poeta que ha elegido como género el haiku precisamente porque le permite ocultar pudorosamente sus sentimientos tras una apariencia fotográfica y fría de la realidad. Lo que diferencia “una rana entra en mi choza” y “una rana sin darse cuenta entra en mi choza” es el aware, la emoción sentida por el poeta, que en este caso ha sido sacudido de arriba abajo por la indefensión de una criatura que inconsciente entra en contacto con el peligroso mundo humano.
Pero, en otras ocasiones, es justo al contrario. Lo que está sucediendo pierde valor una vez que se lo ha situado junto a algo que no está pasando:
二つ居て一つは鳴かず秋の蝉 [SONGI]
Futatsu ite Había dos, hitotsu wa nakazu pero una de ellas no cantaba Aki no semi Cigarras de otoño
Dejamos las siempre fastidiosas refutaciones académicas a un lado, pues sería digresión en nuestro estudio actual, y seguimos trabajando desde esta constatación de “algo que no ha sucedido” como expectativa de lo que esperábamos que tuviera lugar:
春雨や蛙の腹はまだぬれず [BUSON]
Harusame ya La lluvia de primavera kawazu no hara no Todavía no se ha mojado mada nurezu la barriga de la rana
Expectativa quiere decir atenta observación. En esta ocasión, la mirada se ha centrado en una rana que bajo la lluvia -lluvia cálida de primavera- aún conserva seca la barriga. Una percepción mínima proyectada sobre un objeto poético cualquiera: una rana, que no es la luna llena ni el cerezo en flor. Es un misterio, perteneciente a esa serie de misterios del camino del haijin al que nunca vamos a acabar de acostumbrarnos, cómo un ser humano es capaz de atender a algo tan sutil como que la barriga de una rana que recibe la lluvia de primavera esté todavía seca, …y que ello le afecte.
Para transmitir fielmente lo que ha sentido, Buson hace recaer todo el peso del haiku sobre una partícula: mada (que en este caso se traduce “todavía no” porque el verbo está en forma negativa). “Todavía no” no sólo anuncia lo que va a ocurrir y no sólo presupone atención a que una acción se complete. También gracias a este “todavía no” el poeta consigue salvar para el presente lo que al presente le pertenece… Está lloviendo, la rana está bajo la lluvia, está mojándose, pero no está empapada aún en esa lluvia [que para el japonés tiene wabi-sabi (sabor de belleza nostálgica)]. Es ahí donde encontramos agazapado el corazón tembloroso de este haiku. Un haiku que comenzó concibiéndose, quizá, con “una rana mojándose bajo la lluvia de primavera…” y que, finalmente, logra ser magistral gracias a algo que va siendo descubierto a medida que va terminándose de “cuajar” el poema: ese mada, “…todavía no”.
Del mismo modo que en el ejemplo anterior, Bashô parece en el siguiente haiku estar más impresionado de que algo no llegue a producirse que lo que habría estado de haber sucedido lo contrario. Más asombroso aún que caigan unas gotas de rocío es el hecho de que, a pesar de estarse cimbreando las ramas, no caigan:
白露もこぼさぬ萩のうねり哉 [BASHÔ]
Shira-tsuyu mo A pesar del baivén de las ramas, kobosanu hagi no no se cae uneri kana[8] el rocío de la aulaga
En realidad, para los poetas, la pregunta del porqué no tiene sentido. El asombro no es una excusa para el pensamiento. El asombro es un pozo en el que cae el corazón sin porqué. Lo que sucede lo hace para producirnos un peculiar estado de ánimo que calificamos de “experiencia mística”. Así sea un simple canto de cigarra en medio de la noche. Y, si un sonido puntual es para el poeta japonés una manifestación de lo sagrado, ¿qué debe suponerle el hecho de que el sonido mismo no se detenga?
Ha habido, afortunadamente, quienes -entre los poetas japoneses de haiku, los haijin- se han dado cuenta de este asombro por lo incensante, y lo ha expuesto tan bellamente como:
水音のたえずして御仏とあり [SANTÔKA]
Mizuoto no taezu shite Por el incensante sonido del agua, mihotoke to ari[3] estar con el Buda
Se hace referencia a Buda, como uno de los nombres de lo sagrado. Podría ser tanto “el Buda de la existencia” como una pequeña estatua de piedra que hubiera junto a un arroyo. Lo que acusa y comunica la sensibilidad del haijin –en este caso, Santôka- es que la presencia de ese Buda esté vinculada a lo inagotable de un sonido. “Puedo estar con el Buda (o con una estatua del Buda) porque el sonido no cesa”. La dinamicidad incansable de algo que acontece propicia el encuentro con lo sagrado. Santôka se siente en presencia del Buda por el efecto de un sonido infatigable. No hay cansancio en la existencia; los seres –cada uno con su naturaleza propia- pujan por vivir, y lo hacen de una misma manera ya estemos ahí delante como testigos poéticos o ya queden los seres anónimos expuestos únicamente a su propio hechizo. El Buda pertenece a los seres, y no al contrario. El sin tiempo del murmullo del arroyo nos introduce en la naturaleza búdica que habita la existencia. Los diferentes posibles sentidos de este haiku –que ahora no nos compete analizar con exaustividad[4]- se entrelazan y nos sitúan en tiempo real junto al Buda.
El asombro por lo que “no ocurre” en la Naturaleza
Una sola vez chirría una cigarra en una noche de luna, el sonido del agua que no deja de murmurar en un arroyo… Lo que sucede es sagrado… Pero, ¿y lo que no sucede? ¿Es también sagrado lo que no llega a acontecer?
Para contestar esta pregunta vamos a seleccionar esos haikus no tan frecuentes que presentan algún tiempo verbal en forma negativa, y comprobaremos de este modo que no todos ellos responden a una misma intención poética.
1) Dos verbos: uno en forma negativa y otro en afirmativa
Lo primero que habremos de decir es que “lo que no sucede” no aparece por vez primera en la poética japonesa con el haiku. En uno de los más antiguos poemas del Manyôshû –la primera antología poética de Japón- encontramos ya este asombro tan poco convencional:
暮去者小倉乃山尓鳴鹿者今夜波不鳴寐<宿>家良思母
Yû sareba El ciervo que berrea Ogura no yama ni en la montaña de Ogura naku shika wa cuando llega la noche koyoi wa nakazu hoy no lo ha hecho… ine ni kerashi mo[5] ¿Estará dormido en los campos de arroz?
La sensación que nos comunica este waka es, justamente, la que ahora guía nuestra investigación: la de que, para el ser humano abierto al mundo, “lo que no ocurre”, en tanto que esperado o natural, es parte de “lo que ocurre”.
Y ya que desde el Manyôshû hasta el género que se inicia con Bashô hay una tradición que se mantiene fiel -una cadena inquebrantable de idénticos asombros poéticos- podemos mostrar un haiku escrito en el siglo XVIII a partir de una impresión extraordinariamente parecida:
三たび啼いて聞えずなりぬ雨の鹿 [BUSON]
Mi tabi naite Tres veces berreó kikoezu narinu el ciervo en la lluvia ame no shika[6] y no se le oyó más
En el waka del Emperador Jomei se nos decía “esta noche no ha cantado el ciervo”; en este haiku de Buson, “ya no se oyó más al ciervo”. Si este trabajo de comparación de cada uno de los asombros del Manyôshû y del haiku se lleva a su conclusión con éxito –tal como hemos intentado en algunas de nuestras publicaciones[7]-, y resulta que lo que conmociona al poeta de haiku ya afectaba a los que escribieron el Manyôshû cinco siglos antes de la entrada del zen en Japón… ¿Podrá haber quién con un mínimo de rigor pretenda que los asombros del haiku pertenecen a ese Budismo zen que se presenta a Occidente como heredero universal de todo lo que de valor ha producido la cultura japonesa?
Dejamos las siempre fastidiosas refutaciones académicas a un lado, pues sería digresión en nuestro estudio actual, y seguimos trabajando desde esta constatación de “algo que no ha sucedido” como expectativa de lo que esperábamos que tuviera lugar:
lDel haiku japonés conocemos muy pocas cosas ciertas. Es un universo que aún no nos han descubierto sus velos. Pero ya sabemos que el asombro que siente el poeta de haiku por cualquier suceso –por mínimo e intrascendente que nos resulte- obedece a la intuición de que todo aquello que ocurre es sagrado[1].
Ésta ha sido una de las primeras certezas que nos ha revelado el haiku:
Higurashi no Una cigarra inesperadamente fui to hitokoe chirría una vez… tsukiyo kana[2] ¡Qué noche de luna!
Esa cigarra, esa noche, una vez. Antes y después, el silencio; y algo que llevó “de repente” a la cigarra a cantar, una sola vez. Un aumento de calor, dicen los científicos. En realidad, para los poetas, la pregunta del porqué no tiene sentido. El asombro no es una excusa para el pensamiento. El asombro es un pozo en el que cae el corazón sin porqué.
Lo que sucede lo hace para producirnos un peculiar estado de ánimo que calificamos de “experiencia mística”. Así sea un simple canto de cigarra en medio de la noche. Y, si un sonido puntual es para el poeta japonés una manifestación de lo sagrado, ¿qué debe suponerle el hecho de que el sonido mismo no se detenga?
Taneda Santôka (1882-1940) fue el último monje errante de Japón. Dicho así suena bien. También podríamos decir que Santôka fue un alcohólico y un indigente que murió sin hogar a los 58 años. Dicho así suena diferente.
Yo no puedo renunciar al sake.
Vuelven a brotar
árboles y hierbas. Hoy conocemos a Santôka por sus haikus. Haikus crudos, puros, rotundos. Ningún poeta ha conseguido emocionarme como él, y además, me ha mostrado algo. Santôka me ha enseñado que no hay diferencia entre lo mejor y lo peor. El más pulcro hacedor de haikus, el más certero, era un hombre atormentado y enfermo, que se pasó toda su vida sufriendo. Profundamente emocionado
por seguir vivo
Es hora de remendar mis ropas.
Efectos personales de Santôka
Quizá enumerar sus desgracias sirva para hacer ese ejercicio que alguna vez he practicado. Se trata de imaginar cómo afectaría a mi vida tal cúmulo de sucesos. De niño, con once años, su madre se suicidó tirándose a un pozo, loca de celos por la afición de su marido a las mujeres. De muy joven se aficiona a la bebida y no logrará nunca librarse de esa adición. En su época de estudiante sufre crisis nerviosas y conoce la pobreza. A su padre, entonces, no se le ocurre otra cosa que vender todas sus tierras y comprar una fábrica de sake que tendría que gestionar su hijo. No hace falta decir que, literalmente, se beben el negocio entre los dos. Mientras tanto se casa en un matrimonio concertado que no funciona. Más tarde su ex-mujer será su único apoyo. Vive el terremoto de Kanto. Se suicida el hermano que le quedaba (el otro murió en la infancia). Llega ahora un momento crucial en la vida de Santôka. Desesperado se planta delante de un tren esperando ser arrollado, pero tiene tan mala suerte que los maquinistas logran pararlo y enfurecidos arrojan a nuestro amigo de las vías. Resulta que por allí pasa Gian Mochizuki Osho, responsable de un templo zen de los alrededores (ya es casualidad) y recoge aquella piltrafa humana, dándole cobijo de manera indefinida. A los 42 años se ordena monje y poco después empiezan sus andaduras que durarían hasta su muerte.
Precisamente en primavera,
esta sensación de vacío…
¡en el estómago que llevo a cuestas!
En casos tan extremos como este, la percepción del “aquí y ahora” se convierte en una necesidad imperiosa. Cualquier otro camino no es posible. Es una condición inexcusable para sobrevivir. No es una práctica saludable o una actividad con expectativas más o menos ocultas. Se trata del estado de conciencia del que ya no espera nada, del desprendido.
Estoy solo,
y un mosquito me está picando
Santôka fue despreciado en Japón durante años por prescindir de la métrica formal y por su vida fuera de toda regla. Era un personaje atípico, tangencial, de los que rompen las normas y que con ello refrescan estructuras a menudo oxidadas y rancias.
Podéis encontrar un par de libros editados en castellano. Saborear el agua, ed. Hiperión
El monje desnudo, ed. Miraguano
Haikus de un monje con fiebre, de un poeta sin bolsillos, de un hombre tumbado en la hierba.