Sendero
El viento juega
con las hojas caídas,
las hace ágiles,
y dan vueltas y vueltas;
junto a la polvareda.

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Sendero
El viento juega
con las hojas caídas,
las hace ágiles,
y dan vueltas y vueltas;
junto a la polvareda.

Sendero
De uno de los huecos
de la casa
asoma la golondrina.

Sendero
La tarde pesa,
veo la lluvia rodar
por la ventana.
Sobre el cristal
opaco por el vaho
pinto tus labios
con llamaradas de higo.
En el jardín
dobla el viento la dalia
la que un día sembramos.

Tomado del Fb
Leamos estos haikus:
.
ほととぎす声や横たふ水の上
hototogisu koe yokotau ya mizu no ue
Cantaba el cuclillo;
su voz aun recostándose
a ras del agua.
Matsuo Bashō (松尾芭蕉)
.
夕時雨蟇ひそみ音に愁ふ哉
yū-shigure kama hisomi-oto ni ureu kana
Llueve en tarde invernal.
Los susurros de un sapo
son de honda pena.
Yosa Buson (与謝蕪村)
.
静もれる森の中をののける此の一葉
shizumoreru mori no naka wo no nokeru kono ichiyō
La profundidad de un bosque
que se calma… la dejo de lado…
esta única hoja…
Ozaki Hōsai (尾崎放哉)
.
En cada uno de estos haikus se perciben dos «polos de tensión», los cuales han sido estirados por cada poeta a su manera (¡he ahí el estilo!). Entonces, hay contrapeso: en el primero existe un «juego de posiciones» (el cuclillo en lo alto y el agua sobre la superficie); en el segundo, un juego sonoro (el fino tintineo de la lluvia y el ronco croar de uno o más sapos); y, finalmente, en el tercero tenemos un juego de texturas o dimensiones (la inmensidad del bosque y la pequeñez de una hoja). Todos son contrastes y el haiku está en «lo que no se dice», es decir, en todo eso que los «polos» sugieren. Bueno pues, creo que tu composición necesita justamente eso: una imagen que ayude a la «tensión» como si el poema fuera la cuerda de un instrumento musical. Pienso: ya tienes una parte amarrada al clavijero, ahora falta la parte amarrada al hueso cerca a la boquilla para generar el sonido que buscas (puede ser grave, medio, agudo… eso ya queda a criterio tuyo).

Sendero
Aluza al agua
un resplandor de cobre;
brillan los peces,
y en la profundidad
la luna que complace.

Sendero
Este lugar,
es el lugar preciso
donde mi madre
miraba los ocasos.
Hoy la veo
en la tarde borrosa,
abrazada a mi padre.

Sendero
La lluvia fría.
Entre las hojas de un libro
una flor.

Sendero
En la montaña
hice una gran fogata.
Versos y poemas
escritos a lo largo
de mi existencia.
Lapislázuli y ágatas,
nubes y espumas,
serpentinas de fuego.
flores de barro.
Caricias y suspiros
que me estremecen.
Apagué la fogata
y me entregué
al murmullo del mar.
Y en la lejanía
las parvadas de gruyas
volaban majestuosas.

En la telaraña
cuelga inmovil la gota.
Amanece.

Sendero
Desaparece la niebla.
Entre las rocas
abre una flor.

compartiendo
«La primera y la última forma de arte»: estas palabras nos traen a la memoria la recomendación de un profesor japonés de «sumie» (pintura a la aguada, que con frecuencia acompaña a los haiku). Este pintor decía a sus alumnos que la práctica de pintar hojas de orquídea a base de una simple pincelada por cada hoja era lo primero y lo último; lo primero que todo aprendiz debe intentar, y lo último que un pintor consumado llega a dominar. Así es, en el campo de las palabras, el haiku.
Tomado del libro de Rodriguez Izquierdo.

Sendero
El agua tiembla
entre los aguáchales.
La mantis inmóvil.

Sendero
A pleno sol.
Ha doblado las ramas
el naranjo.

Sendero
Por la neblina
la iglesia no se ve.
Tuestan café

Nadie ha pasado…
el ramaje casi seco
tiene una flor.
