La jirafa de Rubén García García

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La jirafa de Rubén García García

Te es sencillo doblar y desdoblar nubes como si estas fueran edredones. En la noche, cuando el sueño se esfuma, tus ojos de laguna negra caen en el manto luciente de iridiscencias y juegas ajedrez en los cielos con la osa mayor. ¿Qué aroma tienen las estrellas? ¿Qué secretos te ha contado la luna? Animal celestial, que siempre estas mirando a Dios, que terrible para ti, inclinar tu cuello¿ hasta la suciedad para beber el agua terrenal.

El trópico helado de Rubén García García

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Las iguanas abultaban a los tallos de las ramas. Algunas se confundían con los frutos de la guanábana. Esa noche tanto frío se sintió que por la mañana el pasto crujía al caminar sobre él. Iba con mi padre, y al paso encontramos a las iguanas tiradas en el suelo, “¿están muertas pa?” No hijo, “solo dormidas”.

Cuando el sol salió, corrieron a los arboles a posar como estatuas.

El pueblo habló, y a ese día en junta de cabildo, se le conoció como el día que llovieron iguanas.

En el crepúsculo de Rubén García García

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La tarde envejece y en el claroscuro pasó el ranchero montado en su yegua. Él de sombrero y con las manos en la rienda. Bronco de cara y charreras de plata. A quien no logré divisar fue al caballo. Aunque se escuchaban los cascos sobre la laja.

La sepías.

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Antes de que abra la noche, la tarde de su chistera no emociona con el brincoteo de las sepias. Las nubes mórbidas y con sobrepeso caminan lentas en el cielo donde la osa mayor se maquilla. El sol aun da la nota roja que se desvanece tiembla y deja en el aire una respiración con silencios y estertores. A los lados del río el puzle de piedras se ha tenido de añil. La linea definida se ha vuelta grotesca y los montes se van perdiendo en la mirada los montes. El pardo de la tierra va cubriendo el todo.

El río corre dando golpes y revuelca remolinos. Bajo el chapoteo del agua, anima el canto intermitente de las ranas. La noche se da por instantes al silencio y al sopor le crecen olores de flores trituradas. Nada perturba, los gusanos dejan de roer y el sopor, el silencio y las sepias se tensan cuando el monte pare el silbido profundo de la serpiente. El sol ha muerto.

El trio de Rubén García García

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Su delicadeza me ganó y durante meses fui su amante. Mi esposo en la construcción de su novela interminable, nunca se dio por enterado. Me confundía y mi estado de ánimo iba de un extremo a otro. Me decidí a dejarle pequeñas pistas, hasta que una de esas veces que teníamos intimidad en vez de gritar ¡Oh dios Roberto!, dije Antonio. En la sobre cama me dijo con una calma de franciscano: «¿Quién es ese Antonio?».

Con Antonio las cosas fueron más sencillas, «mi esposo sabe de nuestra relación». —le dije— Con el tiempo ambos me preguntaron lo mismo y por más que evadía ese tipo de cuestiones poco a poco supieron de mis preferencias y de las suyas.

Un día, me dijo que lo invitara. La cena y los vinos fueron una delicia.

—¿De quien fue la idea del menú?  —está excelente todo un agasajo. El vino afrutado tierno es ideal para la langosta. Buen gusto… —la idea del menú y de los vinos fue de Antonio. La platica siguió por dos horas y aunque se habló de todo, no hubo discrepancias, llegó el momento de despedirse, y estando en la calle, dice Roberto «la otra cena la invito yo.

Ayer llamó Roberto y estaba con deseos de él. Pero no escuché esa palabra que te enciende “a dónde vamos a comer chiquita” En la plática estuvo un tanto evasivo, al final se decidió y me dijo: «Pásame a Roberto».

Resped de Rubén García García

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Se dijo lista la sierpe. Después de tomar baños de sol y cambiarse de piel, se miro al espejo para comprobar el filo de su lengua.

Tomó un Taxi y dijo: A los estudios de televisión.

—Seguro es usted la conductora.

—¿Cómo lo supo?

—Por su reflejo.

—¿Mi reflejo?

—Sí, para todo saca la lengua. Nadie como usted para dar esas noticias que nos hipnotizan.

El viento de Rubén García García

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El viento juega con las luces del cementerio. Y, los niños difuntos sonríen.

Cuando amo me vuelvo frágil de Rubén García García

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Cuando amo me vuelvo frágil de Rubén García García

El camino rojo tiene una alfombra de hojas. ella al pisar amolda su pie, él hace el ruido de una escoba que barre. Es un paseo bajo una mañana fresca, tibiamente soleada.

— Cuando despierto pienso en vos.

— Gracias. Yo no pienso en nada, me arremolino en la cama y trato de relajarme y después le doy gracias a la vida mientra me baño.

— ¿Qué día dejas tus quehaceres y desayunamos juntos, como hace quince años lo hacíamos?

— Buenos momentos que aprecio. Recuerdo tus disertaciones. Debo reconocer que en derecho laboral, eres un conocedor de primera.

— Es que tenía una mujer bella e inteligente que me sabia escuchar.

—No me hagas reir, siempre te rodeaste de alumnas guapísimas.

— Me agradaba tu don de gente. Que sin egoísmos compartías tu saber.

— En cambio yo me enamoré de ti.

— Me haces reír, en ese lapso te enamorabas de todas. No eras para mí, ni yo para ti. Tú querías un sueño y yo estaba lejos de ser eso.

— Deseaba que camináramos como uno solo. Esposos ante la sociedad y ante Dios. Como lo fueron mis padres, mis abuelos.

— Tú deseabas una mujer que te siguiera. Yo tengo sangre nómada.

— Hubiese deseado leerte en la intimidad de una chimenea.

— Es tierno; mas no me llena, porque me gusta saber que sucede fuera de mi casa, trabajar para comprar mis cosas y ser sostén de mis padres. No me gusta depender de nadie.

— Pero, nos amábamos.

— Yo te admiraba

— Te hubiese conquistado.

Ella se queda en silencio y mira a la lejanía. Los rayos de luz entre los árboles abren una puerta.

— Me conquistaste. Pero nunca te diste cuenta. Tal vez pensaste que era una broma, no lo sé, Te lo hice saber. Fue un instante que la alegría de tenerte rompió en ola y sofoqué un momento mis deseos de fuga. ¡Joder! te tardaste. cuando decidiste solo quedaba la espuma sobre la arena. —Todo tiene su tiempo. Tuviste miedo a lo que dijesen tus hijos tu familia estirada. Recién había terminado la licenciatura. —Te diré que me vuelvo una mujer frágil cuando amo. Y tú jamás te diste cuenta. —Regresemos mi buen amigo, el viento arrecía y las nubes se ven amenazantes. Tus hijos están lejos y la única que viene a verte soy yo. Es mi manera de agradecerte lo que me enseñaste. Dentro de una hora estaré marchando para apapachar a mis nietos y tú cenaras con tus amigos del asilo.

Exigencia de Rubén García García

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¿Recuerdas aquel día que quedamos a medias…? Es tiempo de terminar lo que un día iniciamos. Te llevaré a las playas del mar de Lilith. A mí no se me olvida la noche que regresó tu marido y tuve que saltar…

Reflexiones de Rubén García García

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Al abrazarte, te percibo lejana. ¿Qué te preocupa? Solo sonríe y percibe. ¿La lejanía de tus hijos? Entiendo. La soledad como en las paredes se ha incrustado; el salitre brota y serpea. El hombre dientes de sable se fue. No te valoró; y será tarde mañana. El duelo no es eterno; la vida sigue. Solo es cuestión de que des el primer paso. Atrévete, que la soledad es buena consejera cuando está de visita, pero si se queda a vivir contigo es un cáncer.

Nadie vendrá a tocar a tu puerta, eres tú quien debe de tomar la decisión. Y, ya basta de llorar, una vez pasa, pero todos los días no es saludable.

Pasea y silba, que eso enciende el ánimo.

La paz perdida de Rubén García García

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La paz perdida de Rubén García García

Le ordenaron reposo y tranquilidad. Rentar una choza a la orilla de un lago, le pareció buena idea. Dos días después se instalaba. Los moscos fueron un suplicio. Los ruidos de un monstruo que rompía el agua los escuchaba bajo la cabecera. Con los ojos vidriosos y ojeras profundas se levantó a prepararse un café, al primer sorbo llegó una parvada de patos haciendo un ruido infernal.

Ya descansa. Su fosa quedó entre un gritón de la lotería y un vendedor ambulante que no se cansa de gritar: bara bara…

Los días oscuros de Rubén García García

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Duerme a ratos, carraspea, se despierta. Abre sus ojos, me ve. Pregunta por doña Chica, le digo que soy Rubén y le tomó su mano lacia y la llevo a mi cara para que sienta mi barba áspera. Se queja y trata de espantar su cansancio. La peino con mis dedos. Su pelo ralo y blanco. Me toma de la mano y hace por apretarla. Sé que tiene el hastío y el temor saliéndose de la piel. Solo cierra los ojos. No duerme. Ella sabe que el fin se aproxima. También yo. La espera es un fino estilete que duele. El quejido es a saltos, el dolor es una pisada en el pecho sin poder evitarlo. Solo hay que estar a su lado y que lenta pasa la madrugada sin sollozar.

El quejido: es alguien que toca la puerta; y sé quién es.

Mamá

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Mamá ya no quiere vivir; nada se puede hacer. Es tener un puñal dentado en el corazón, que ya no entra, que ya no sale.

Rubén García García

Nostalgia de Rubén García García

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Nostalgia de Rubén García García

Tarde de lluvia que humedece y escarba. ¿Cómo fue posible que escaparas? dan ganas de seguirte, pero eso es imposible. Eras la más bella de todas, virgen aún. Se fueron como aves entre cinco y diez mil dolares. Aún no me repongo.

La urgencia obstétrica

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En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores.En el servicio de atención de urgencias ginecoobstétricas los médicos de pregrado y enfermeras estaban de pie, con un ojo abierto y el otro cerrado.

Solo es un instante, como si la maquinaria del gran hospital se detuviese y diera su lugar a un profundo silencio.

Todos intentaban aprovecharlo. Un relax, un pestañeo, eran renovadores y daban el impulso para las siguientes horas, que suelen ser más intensas. Los que tomaban las decisiones tenían un cuarto privado y se les llamaba en caso de ser necesario.

En el segundo piso estaban hospitalizadas las mujeres que iniciaban con dolores de parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Las enfermeras platican con ellas solo cuando les toman los signos vitales, es un instante, y se van con la siguiente parturienta.

El puente entre la mujer que está en espera y el hospital eran los médicos internos o de pregrado, que revisaban a las señoras y ordenaban a la enfermera a transportarlas al servicio de atención obstétrica. Para tal hecho se requería que el cuello de la matriz estuviese con cuatro centímetros de dilatación, Algunas, ya con varios hijos el proceso fluía con rapidez y no daba tiempo a los camilleros de llevarla al servicio, por lo que el parto se atendía en la cama. A este hecho se le conocía como «Camacho». Por lo tanto, el prestigio de un médico de pregrado era no tener «Camachos».

A las tres de la mañana, a esa hora crucial, preparaban al Dr Durazo. Él tenía un abdomen con el radio de un embarazo gemelar. Lo caracterizaron para ser llevado a la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero clavado en la vena.

Guiábamos la camilla con la mayor rapidez a la sala de partos. El jefe Durazo en el silencio del hospital daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio.

–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciábamos alzando la voz.

El escándalo alertó a los compañeros, médicos de pregrado, que salieron del sopor de la madrugada. Los auxiliares y enfermeras se movían preparándose para la atención del parto. Los de la guardia de pediatría tambien estaban listos para recibir al nuevo ser. y los encargados de obstetricia con atención máxima.

Se pasó la “parturienta” a la mesa, y alzaron sus piernas para que las apoyase en las pierneras y situarla en posición ginecológica.

Mientras tanto, otros dábamos consuelo.

–Ya, señora. Todo va a salir bien.

El médico interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. Se quitó los guantes y encabronado dijo:

–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada!

Nadie se contuvo. Todos reímos a carcajada abierta y sonora.

El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital.