Caminos de agua y lodo

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La lluvia diminuta y fría, los caminos de lodo, la hierba tupida. Contraté a Zoila, delgada, de labios finos, dentadura blanca, cabello a la cintura. Aprendió a inyectar, notable paciencia para atender a los enfermos. Nada raro que se hiciese de amigas. llegaban de varias partes.

 Juana vendía tamales los domingos en la plaza. Arribaba de su ranchería salpicada de lodo hasta en los ojos. Con servilletas de algodón bordadas cubría la cesta. Me pedía permiso para cambiarse. Cuando salía, me percataba de que se había lavado con esmero sus pies y piernas, la cara polveada con retoque labial, su cabello peinado y de algún lugar oculto, sacaba un par de sandalias limpias.

—Andas de novia, ¿verdad? Le decía sonriéndome. Como no hablaba español mi secretaria traducía y ella avergonzada ponía sus ojos negros coquetos y al lado de las comisuras se le formaban dos hoyuelos.

 Se iba a vender como si hubiese salido de un salón de belleza. Luego, hablaba en totonaco a Zoila, y yo preguntaba, ¿qué te dijo?

—Me da las gracias, y a usted le deja dos bocadillos, para que se los coma.

Despedida

SOLEDAD ANDENSOLEDAD ANDEN

Hoy vino a verme. La abrace con íntima calidez. Dijo que se encontraba bien, con intenso trabajo. Entendí entonces que no nos veríamos por mucho tiempo y volví a abrazarla para desearle fortuna. Nadie se dijo adiós. Se fue. La vi caminar bajo el sol sin su sombra.

El tesoro(Haibun)

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Llegué al pueblo, la iglesia que piedra tras piedra conquistó altura. La entrada miraba al mar. Desde el atrio, contemplé  el paisaje; caminos reales, senderos. Casuchas sobre la grama, el ganado vacuno sesteando bajo viejos árboles.

La nave principal, amplia, adornada con retablos tallados por manos artesanales. Al centro, la imagen de Jesús, iluminado por veladoras. Aroma a silencio que se esparcía con la misma intensidad con que la humedad lo hace sobre las paredes. El tiempo allí, no existe.

 Recorrí calles, comercios, platiqué con algunas familias y, por último, me entrevisté con las autoridades.

—Señor Presidente, ¿aquí hay dentista?

—No hay, pero viene uno cada mes. ¿También saca muelas?

—Para nada.

 No tuve duda, mi intuición decía que allí estaba un tesoro. Años después, sabría que el tesoro no eran riquezas, sino la comprensión de un pueblo olvidado, rico en cultura, despojado de sus tierras.

Tiempo y silencio,
Jesús crucificado;
olor de rezos.

 

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Andariego

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Bajo la sombra, sentada, una adolescente escudriña el caserío; imagina que su perro yace con el lomo quebrado en alguna callejuela. Su mirada triste y húmeda. No le arden, no le pican, pero ella los talla. Varias amigas la saludan, más de alguna acompañada por su perro. Está por regresar, cuando siente el roce de un lomo peludo por sus piernas, sabe que es “callejero”. Se hace la indiferente y alzando la voz lo regaña por no avisarle dónde es que se había metido. “Dos días sin saber de ti es demasiado». El Perro le mueve la cola. Ella no se inmuta. Su mirada proyecta que en un futuro “Callejero” no regresará. De muy dentro sale un grito  “ No has sido buen perro. Eres libertino, andariego” El can lame sus manos, chilla, mueve la cola. Ella suspira. Toma piedras, cierra los ojos, tira a no darle. “vete” camina dándole la espalda a pasos cortos y después corre hasta ser un punto.

El baile

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Me habían dicho que Lillo era quien bailaba vestido de payaso. No imaginé que aquel viejo aserrador, diestro en trepar los árboles, fuese el danzante. De cara terrosa, cuarteada y con ojillos que simulan persianas entrecerradas, llegaba a la falda de la montaña al clarear la mañana para aserrar la caoba, el cedro o el carboncillo. Es el oficio que aprendió y sabe del quehacer, pues una tabla serruchada por él mide una pulgada por cualquier lado. Lo hacía a escondidas de los militares, por encargo de los ricos. Es un trabajo duro que lo contrapone con sus emociones, por lo que murmuraba -en totonaco- un rezo de perdón.

Tirar el árbol, derramarlo, trozarlo, subirlo a una tarima exige destreza. Trabajaba en silencio. El único ruido que se oía era el roer de los dientes de acero. Era una sierra manual que requería un ojo aritmético y un pulso fino para mantener la dirección del corte. Su oído tenía que ignorar el dolor de la madera y concentrarse en el ruido que hacen las pisadas de los caballos, las voces y ecos. Adquirió con los años un oído de centinela.

Por las tardes, Lillo deambulaba por el parque, la iglesia o el palacio municipal y al saludarlo, sabías que su mano era una pinza revestida por una piel callosa y gruesa. Traía cabello corto que lo cubría con su sombrero de palma; la frente, surcada por canales, servía de marco para unos ojos que ven mejor cuando los entrecierra, pero no adivinas qué hay detrás; sólo se ve una carnosidad, que amenaza con saltar.

En la plaza había ruido de tambores y violines. Sobre la gente arremolinada, atisbé, entre los hombros y sombreros, el baile del payaso. En medio del cuadrado estaba él vestido de colores y con mascara; en cada ángulo, un bailador. Movía hombros y piernas con gracia y elasticidad; se acercaba a cada uno de los danzantes y, bajo el influjo de la música, estremecía su cuerpo, lo hacía temblar durante unos minutos. Con vertiginosa armonía, saltaba de una esquina a otra. Tal parecía un reto que finalizaba consigo mismo. Bailaba solo; sus acompañantes habían desaparecido. Entre el silencio y la risa destacaba –más aún – su profunda soledad: se hacía irreal, sin tiempo. Era un espíritu libre, lejos de la pobreza y la miseria diaria. Poco a poco, doblaba su cuerpo, llegaban las convulsiones y la muerte que coincidía con la nota aguda y lastimera del violín. El público le miraba con tristeza, como viendo parte de su vida en la muerte del payaso. Poco después, cada quién seguía su camino.

El tigre

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En la fría, soleada mañana llegó el pájaro que acicala , es un ave que le acomoda el pelo con la peineta de su pico. Él responde con gruñidos , el ave entre chisme y chisme  quita las garrapatas del cuello y sigue.
Hoy no gruñó el tigre y el ave comprendió que era un día diferente y calló respetando su deseo.Tiene la cabeza oculta entre sus patas y no percibe que las mariposas revolotean alrededor de su testa. Arriba hay sol tibio, no siente el calor que cae sobre el  lomo.

Anoche no levantó su testa al cielo. La luna se fue malhumorada; gusta reflejarse en sus ojos; Allí se peina, corrige sus aretes y se retira.

¡Se fue el hijo del tigre! él se ha quedado solo, ya no harán las correrías por caminos que le enseñó. Sabe que es viejo, no tendrá más hijos. Tiene una mirada lejana.  Recuerda los besos del cachorro sobre su hocico, los juegos insistentes, con sus manazas.

Todo fue después de la tormenta, del rayo que mordió los hombros de la montaña.¿Qué dislocó su corazón? para que su hijo cambiara tanto: se hizo taciturno, de mal carácter, y luego enmudeció.

Está solo, pero eso no le preocupa. Él disfruta del viento, la mirada de la luna y el grito en la lejanía de los búhos. Su hijo se fue; eso pasaría tarde o temprano., preocupa lo que dijo antes de irse, lo dijo sin decirlo. Pero el padre adivina que le han dado ansias de matar por el sólo placer de matar y eso no lo soporta.

 

¿Y después de la torre?

Babel.Claude-Lorrain

Nos enamoramos. Entre sueños cuando construíamos codo a codo la Torre de Babel,  se rompió la palabra y después el entendimiento.

La íntima amiga

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Susi me esperaba sentada en un café de chinos. Frente a ella, pensé en la diferencia que había con aquella que traté en la escuela del barrio. Me dio un beso en la mejilla; capté su olor a tabaco. De jóvenes concurríamos a los mismos lugares; las miradas de los varones siempre se movían al compás de sus caderas. Caminos diferentes nos separaron, ella de tumbo en tumbo, yo entre las velas, el rosario y el recato. Mientras sorbíamos el café, confesó su deseo de darle un giro a su vida. Instalar un negocio de ropa, de costura, abandonar la vida en rosa. Me solicitó una buena cantidad de dinero en condición de préstamo para rehacer su vida, cosa que aplaudí, se lo prometí de corazón, ¡por los viejos tiempos! Claro, antes continuaría trabajando con la juventud que le restaba, en el salón privado donde noche tras noche prostituía. Yo, como administradora de dichos negocios le ahorraría su bono para el retiro.

Soy más viejo que mi padre

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Sale luz brillante de la lámpara, escucho, “sólo miraras puntitos de colores. cuéntalos”. Llegué a tres y no supe. la náusea brinca bajo la lengua. Tengo frío, frío intenso, dentro. A dos camillas de la mía, una niña se queja. Con señas hice que la enfermera me auxiliara. Me cubre con una frazada y deja un riñón de acero por si vomito. Muevo manos, pies y siento. “es ganancia” Supe por la enfermera que fueron casi cinco horas de cirugía de espalda. Dormito, sueño, o no sé; despierto e intento arquear. La niña se queja y me duele. “solo tiene diez años, escucho otra voz. Dile a su médico.
soy más viejo que mi padre, me duele serlo; dolor íntimo, petrificado. Padre Hubieses recogido el olor de la tierra si hubieses llegado a mi edad. Cargo piedras que ruedan sobre mi espalda herida. Dolor que hace bolas o se estira; es tan pequeño como inmenso fue el tuyo Nada comparado con tu sufrimiento. Tan joven que eras y yo tan viejo.

Viaje de olores ( haibun)

coxquihuiMiraba las buganvilias. llegó el aroma de la vainilla; el grano de café al tostar escapaba de cada casa.  La vaina verde desdoblaba en perfume y la cereza en el comal exhala una fragancia que aloca el corazón. Son mujer y varón. La vainilla cobijando en la intimidad; el café en la mañana es campana, llama a chicos y grandes a compartir la mesa, antes de encontrarse con los quehaceres de la vida.

 

Pueblo de olores

niebla, flores y piedra.

Suenan campanas.

Las manos

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Los carpinteros acarician la madera, la asolean, la mojan. Con el ojo afinado trazan su línea, definen donde emparejar. El banco despide olores de tabla recién cepillada, rizos con humo invisible, dan al ambiente olor de cedro. Manos callosas, adiestrados en torear la impaciencia, Para transformar la madera requiere sabiduría, destreza. Joven él, dividió el espacio en partes precisas y lo fue llenando. puertas, sillas, mesas trasteros ventanas. Sacó el olvido. La ausencia, la humedad y se transformaron en vida.

Faltó el empujón del diablo

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El director del hospital hizo pasar a una conocida. Encargada del bienestar de los niños en el municipio. Por la responsabilidad de sus puestos, con frecuencia acordaban apoyos a la salud. Había surgido una amistad, colándose una que otra broma. De tez blanca, pelo que caía en ondas hasta la cintura y un lunar en el nacimiento de los senos. El doctor la interrumpió, ordenó poner sus manos hacia arriba, extendidas sobre el escritorio. Observó.

—Sabías que por las manos se puede saber el tamaño de los pechos.

Ella de inmediato cerró las manos y con rubor le contestó.

—¿Cómo es eso médico?

—Sencillo. El facultativo extendió las manos cerca de sus senos.

—Ahora, acerque hasta depositar en mis palmas.

—Oiga, creí que era en mis manos.

—De ninguna manera señora, es en las mías. Ambos rieron. Se despidieron de beso y rozaron las pieles. Nunca llegó el más. El deseo se pierde con el tiempo y la distancia.

Rinoceronte

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Si tuvieses línea esbelta de caballo alado, serías unicornio.  La hipertrofia muscular con tórax de barítono. abdomen globoso; te hace ser terrenal, cavernícola.

Obedeces al instinto, a la fuerza, a la energía primigenia que brota de tu armadura.

Embistes al viento,
a la selva
a la roca
y hasta tu sombra.

Refieren que adoleces de presbicia. Sin embargo cuando observo que tu mirada abraza con intensidad al cachorro, entiendo que te reconcilias con la vida y con el amor.

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Los pájaros azul negro

poza

La avenida central de hoy, fue paso del ferrocarril. Los rieles se transformaron en paseo, crecieron enormes árboles. A los lados se construyeron grandes vías. Ahora, congestionada de carros. Sucede por momentos que la soledad envuelve. La vida da la grandiosidad de lo inesperado. Los tordos ave negra azulada entintan el cielo. Parvadas graznando que van de un árbol a otro buscando cobijo. Atrapados por la tarde decrepita, disputan las mejores ramas para guarecerse. Las bocinas están en el cielo y el silencio en mis ojos.