compartiendo
https://www.culturagenial.com/es/cuentos-de-amor/

El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios

De reojo escrudiña a su marido Ve lo que no quería lo que no deseaba que sobresaliese … se mostrase ante su vista. Un cuerpo gallardo Esbelto fiero con quien debía escudero que protegía. Sollozando gimoteando exceso en súplicas en lágrimas mucosas en… Palabras sin sentido vanas por lejanas efímeras a sus oídos acostumbrada a […]
Ella… — LUCES Y SOMBRAS
Sendero
Me recostaba debajo del mango. Comía hasta quedar ahíto. Descansaba y volvía a jambarme de la carne dorada y jugosa; ríos amarillos, dulces y pegajosos escurrían hacia mi barbilla. Lejos se oían los gritos de mi madre llamándome y reclamando su hato de leña. «Tanto tiempo para traer unas cuantas ramas» «ya no hay amá. Seguro que fueron a leñar antes»
Mi madre fue a buscar y encontró los huesos de mango que tiré. Enojada me dice: «¡Chamaco holgazán!, por estar tragando mangos no buscaste leña, pues con qué crees que se guisan los frijoles, las tortillas que te jambas. Te pareces a tu padre, buenos para nada. Todos los días sale a buscar trabajo y solo regresa con hambre y se acaba lo poquito que hay. ¡Nada, no trae nada! Busca y trae leña, pero ya». «Qué culpa tiene mi padre que no le den trabajo, que culpa tengo de que otros leñadores se me hayan adelantado…». Eso pensaba. En la mano traía una piedra lisa, redonda y veía entre las ramas el amarillo de los gordos mangos que bamboleaban con el viento.

Sendero
Juan siempre sonríe, me busca con su mirada en la iglesia. Cuando nos damos el saludo para honrar en la hermandad percibo que su apretón de manos es un ruego. Terminada la ceremonia se despide con una voz que apenas le alcanza, le contesto educada. Él nota mi indiferencia y se retira con los hombros caídos. Si yo le diera una lucecita, seguro que su pulso percutiría sin ton ni son. Podría tenerlo comiendo de mi mano, pero mi cuerpo por dentro y por fuera lo rechaza. Allá está Esteban, siempre rodeado. Tiene tiempo que le doy la mirada, pero él no se ha dado cuenta. Hace tres meses me enteré que es hijo del cura y una amiga de mi mamá. Fue la vez que buscaba, en el viejo clóset, una joya y encontré una agenda donde leí que Esteban fue dejado en las puertas de la iglesia y el cura se ha hecho cargo de él. Fue entonces, cuando lo vi con otros ojos.
Mañana cumplo doce años y le he dicho a mi madre que invite al cura. Mi madre solo movió la cabeza y no me contestó.

sendero
La ángel Inició con su voz de remilgo, supe que algo no marchaba bien. Me dijo:
—Te cuidas exageradamente. Tomas café descafeinado a la misma hora con galletitas dietéticas. Visitas al jardín, más tarde das tu caminata habitual con tu perro Tobi.
—Sí. Todo eso hago, ¿a dónde quieres llegar?
—Eres predecible, si te quisieran hacer daño, lo harían fácilmente.
—¿Entonces para qué estás?
—Para cuidarte. Ahora tienes cuarenta años y desde que tienes conciencia siempre haces lo mismo. El único día que tuviste acción fue cuando fuiste a la biblioteca. Ya me cansé de estar cuidando a un anciano prematuro. Estoy pensando en solicitar un cambio. Necesitas incorporar a tu vida un suceso que rompa con tu vida monótona.
«Este ángel de la guarda tal vez quisiera que fuese un Robin Hood; me gusta vivir sin sobresaltos».
Como pude lo convencí de que estuviese más cerca. Nos llenamos de acción hasta la madrugada. Esa y muchas noches más.
Le ha cambiado el carácter y ahora ya no habla de solicitar un traslado.


Stephanie Sarmiento Carbajal, escritora peruana, nos acompaña con estos microrrelatos que tocan los nervios, las sombras y encarnan los miedos más íntimos de la persona
Narrativa internacional: Stephanie Sarmiento Carbajal (Perú) — Revista Kametsa
compartiendo
sendero
El administrador del hotel “La flor” leyó: si atiende las indicaciones será compensado. Ponga en el mostrador el duplicado del cuarto 313. No nos mire.
Bajaron en silencio las escaleras. El camaleón sacaba la lengua a cada momento y sin motivo alguno. Fueron hacia la administración. El empleado supo que el trabajo se había hecho. Cerraba los ojos cuando lo amarraron, al tiempo que mordía su pañuelo. Sabía que la cacha de la escuadra caería sobre su cabeza.
«Tres mil dolares por un chingadazo en la cabeza, no es mala paga» dijo el Camaleón.


Lilith, Andrei Posea Que no te digan, mujer que hacer; pues eres la virtud de la intuición. Que no te digan, cómo ser; ya que eres desde el nacimiento, traes en tus venas el propósito de la procreación, más allá de parir hijos; alumbras conocimiento hecho ciencia y arte. Te revelaras contra ese dios que […]
Que no te digan… — Letrologías Ediciones Digitales
Sendero
Encontró a su hermosa mujer haciendo el amor en el dormitorio con el vendedor de seguros. El hombre herido tuvo mesura. Guardó la pistola y se retiró para no volver nunca. Tres años después se casaba con una mujer muy fea. Disfrutaba de la paz que le da una mujer atormentada por la fealdad. Su trabajo de agente viajero lo desarrollaba con éxito y no exenta de riesgos por lo que su compañera conocía los sitios donde el pernoctaba. El día previo había platicado con ella y estaba a cientos de kilómetros. Por la ruleta de la vida esa noche llegó a su hogar y su esposa hacia el amor en su dormitorio con un sujeto joven y atlético. Sacó la “tartamuda” y encañonando al amante le preguntó visiblemente alterado
─ ¿Dígame que le ve a esta mujer que no es fea, sino feísima? ¡Dígame la verdad o lo mato!
La infiel parecía una ranita asustada, abdomen globoso y risa amplia, cuyas lágrimas rodaban por su cara y bañaban sus pechos caídos.
─ La verdad la verdad… es que su esposa tiene orejas muy bonitas.

Compartiendo

Sendero
Mi esposa me dijo que estaría unos días con su hermana, yo que saldría a un viaje de negocios, el caso es que nos encontramos en el carnaval bailando mejilla con mejila.

compartiendo
«La primera y la última forma de arte»: estas palabras nos traen a la memoria la recomendación de un profesor japonés de «sumie» (pintura a la aguada, que con frecuencia acompaña a los haiku). Este pintor decía a sus alumnos que la práctica de pintar hojas de orquídea a base de una simple pincelada por cada hoja era lo primero y lo último; lo primero que todo aprendiz debe intentar, y lo último que un pintor consumado llega a dominar. Así es, en el campo de las palabras, el haiku.
Tomado del libro de Rodriguez Izquierdo.

Sendero
El agua tiembla
entre los aguáchales.
La mantis inmóvil.
