Pacto

Sivell, Robert, 1888-1958; The Cello Player

Falta tu abrazo;

pulpejos pendulares surcando sienes.

Beso burbuja, un plop en mi oído.

Respira mi cansancio,

siento tu viento fresco de viñedo.

Recorre con tu palma mi pelo entre cano de mar y barco.

Cueva sub terra de mis secretos encriptados.

Abrázame y pega tu pabellón en mi espalda,

escucharas un corazón con su lanza en ristre;

súbete, que la noche es propicia para la fuga.

Ofrenda con cariño a los niños difuntos

En México se celebra el día de muertos, es una costumbre prehispánica, Este cuento habla de como hacemos la celebración. Si bien ya lo colgué en el blog, lo hago de nuevo para quienes no lo han leído.

nochebuena

El corazón latía rápido cuando quería alcanzar a mi hermana; imaginaba mi corazón con la lengua de fuera. Deeini era ágil y ligera. ¡Hasta parece que escucho su carcajada de agua! Subíamos por el camino hasta el punto alto de la barranca. Al alcanzarla, ella veía a lo lejos el río, el pedregal blanco, la arena; manto canela y, al lado de las piedras encimadas, el lugar donde mi madre solía lavar. Me acariciaba los cabellos peinándome con las uñas,

Nos alegraba subir y al llegar, levantábamos los brazos al cielo. Percibíamos el silencio, la gota de agua que al rodar humedecía la roca y luego, acostados con las manos bajo la nuca veíamos las  nubes acariciadas por el viento.

de regreso me enseñaba unas hojas a las que no les encontraba nada de raro;me decía que eran hojas del niño Dios, pues en diciembre cambiaban de color anunciando el nacimiento de Jesús.

El río era una culebra de relámpagos y fulgores.Cuando las mulas de los arrieros lo atravesaban, parecía tener espejos, sabíamos que al día siguiente se instalarían los puestos, ¡fiesta para los ojos! Mamá, buscando las especies, papá, los arreos para el caballo, mi hermana las peinetas, pasadores y aretes; yo, andaba a la caza de las canicas con sus chispas de color.

Aquella noche dormíamos y la rodeaba con mis brazos, cuando escuché a mamá gritándole.

—¡Levántate, levántate!

Hacía frío y ella se acurrucaba. Al darse cuenta que seguía acostada, la zarandeó de su trenza.

— ¡Qué! ¿No oyes?

Le di mi camisa de franela para que se cubriera, pero mamá volvió a apresurarla y se levantó, tapándose con sus brazos.

Papá había llegado dando tumbos y puso de pie a mamá para que le diera de cenar. Afuera, se oía como la lluvia tamborileaba sobre las láminas de cartón, el viento frío se colaba por las rendijas del tarro. Deeini salió a comprar un cuarto de aguardiente, regresó temblando. Estornudaba y el moco no la dejaba resollar.

En la mañana, mi madre se acercó y le puso la mano sobre la frente. ¡Por Dios! ¡Está ardiendo! Con rapidez, cortó del patio cáscara de árbol chaca y albahaca, y revolvió con alcohol, puso lienzos en la cabeza y en los pies.

Para la media noche tosía con dolor, al respirar sumía la panza, el pecho le gorgoteaba y una espuma del color papaya salía por su boca. Los ojos estaban idos y su nariz aleteaba como mariposa. Mamá y la abuela rezaban. Papá fue al pueblo grande en la madrugada para buscar al señor que cura. Cuando llegó el médico, encontró el cuerpo tibio; y lo se porque estaba debajo de la cama y la asía con mi mano.

Mi madre se hincaba suplicando.

—¡Regrésemela doctorcito! ¡Le pago lo que quiera, ándele no sea malito! ¡Regrésemela, por lo que más quiera! ¡Por lo que más quiera!

 La enterramos una tarde de lluvia. El camino al cementerio se volvió terco y pegajoso y, entre el silencio, caían los sollozos como pedradas. Desde lo alto del campo santo se divisaba el sendero que va a la cañada. Me parecía verla corriendo y yo tras ella.

“La tristeza en un racimo de plátanos; de repente muchos se ponen amarillos, al paso de los días queda uno que otro, y el tallo donde ellos se pegaban, queda solo y nos olvidamos de él. La tristeza no se va como lo hacen las semillas que vuelan con el viento. La lloro a diario pero nadie me ve, lo hago hacia adentro. Voy al monte por leña, llego a la cañada para recordar a mi hermana; y cuando regreso, mamá me dice siempre lo mismo. ‘¿No quieres agua?’ Le digo que no. Ella no sabe que de tanto comerme las lágrimas, se me quita la sed.

 Hoy, ¡es un gran día! Mi papá trajo ramas y hojas grandes, lustrosas del monte. Pusieron una mesa y con las varas hicieron arcos que rozan el techo. Van a hacer un altar: me dijeron que los muertos llegarán en la noche y, ¿saben? ¡Estoy feliz porque voy a encontrarme con mi hermana!

Mamá tiene la cocina revuelta, en una mesa, descansando sobre unas láminas, hay figuras humanas que cocerá en el horno de barro: será el pan de muerto. Ayudé poniendo a los muertitos, ojos y nariz. En otro lado está la abuela probando la pasta y la masa que luego envolverán en hojas de plátano, y después de tres horas en el fogón estarán los tamales. Así, en una labor de día y noche, tendremos el ofrecimiento a los que se fueron antes.

 Papá está por llegar, fue por las flores de cempasúchil, son amarillas, despiden un olor vegetal intenso; ellas y las veladoras hacen que los santos difuntos encuentren el camino, guiados por la luz y el aroma. Primero llegan los muertos chiquitos, después los grandes. Iré a la cañada y buscaré Lupitas, que es el fruto de monte que Deeini saboreaba. Traeré varias, porque hace mucho no las come.

¡El altar ya está terminado! Las hojas de palmilla lo revisten; son de un verde intenso, oscuro, brillante, las flores alfombran en ramos los pilares. De entre las hojas cuelgan las naranjas, mandarinas, limas. Todas como si salieran de un árbol. Sobre la mesa están las veladoras con su luz de cobre, los alimentos que gustaban en vida los difuntos. Para mi abuelo, dulce de calabaza, terrones de panela para una tía, ¡y a mi hermana su fruta preferida! Una se la abrí, la otra la dejé intacta para que se la lleve. ¡La estaré esperando!

A media noche, los ruidos del monte se hacen intensos. Veo cómo llega una luciérnaga, revolotea por los andamios y se posa sobre mi brazo, después vuela en zigzag, dejándome la sensación de que es el espíritu de mi hermana. Despierto, ¡había prometido no dormir para verla…! pero ganó el sueño. Sin hacer ruido, camino hacia el altar; a la luz de las velas compruebo que las lupitas están en el mismo sitio, nadie las ha tocado; o sea que Deeini no había encontrado el camino, no la dejaron venir o, lo peor, no quiso. No sé, no sé. Con paso veloz decido ir rumbo a la cañada; la abuela me tira una mirada difusa, pero vuelve a quedarse dormida. A la mitad del recorrido abre la mañana.

Miro el río que culebrea entre las montañas, el viento fresco trae olores de pan y canela. Voy al lugar donde siento a mi hermana; es un rincón escondido, las enredaderas se tuercen forman un cielo de hojas y cubren de amarillo intenso los frutos que al abrirse dan dulce semilla y dibuja la imagen de la virgen de Guadalupe. No puedo callar, la llamo con todas mis fuerzas, sólo escucho mi gemido que se va con el viento.

Salgo del escondite llorando. Con mi pequeño machete rompo con coraje las hierbas del camino y huelo el perfume de la flor de cempasúchil; vuelvo mis ojos a la hondonada y diviso que en el corazón de la mancha verde, justo en el centro, florece el rojo quemado de las nochebuenas.

Dolor

No estás y me perturba. El barro desprende olores de tierra mojada y, luego, huye con el viento. Tus labios mudos de besos  son guarida de lejanas palabras y  mar de mis pensamientos; tengo indiferencia y duele.

mujer espaldas

Despedida

florees

Fuimos fiesta
mandarina y guitarra.
Y después
sólo quedó
un viento triste.

La tortuga y Leonardo

tortuga

La tortuga nunca pierde el tiempo; es maestra de la paciencia.

Leonardo se inspiró en ella.
una noche soñó que las tortugas volaban.
¡Qué contradicción!  pensó..

Dragones y tortugas convivieron en épocas lejanas.
También sabía que muchas de ellas enterraron a feroces piratas.

La tortuga en su refugio no pierde el tiempo; medita.
Y meditando Leonardo; supo que se podía volar.

Los mangos

 

Un árbol de mango se balancea por la fuerza del viento. Algunos caen en el río; la corriente arrastra a otros hasta el mar; y otros quedan entre las zarzas cubiertos de lodo, a un lado de los sapos.

Siempre habrá un viento fastidiado que jugará haciendo trompos en la pradera hasta que se aburra. Años después, dos mangos adolescentes apuntarán con sus espigas al cielo, darán fruto al pájaro viajero y cobijo a la luna.

guacamayas

Hienas en la noche

hienas

La hiena en la oscuridad ejerce ritos obscenos, gritos profundos y risotadas que hielan la sangre. Así imaginaba. Tienen color de luna con barro, lunares con matiz de abismo que parodian el grito de la maldad.

Ellas son matriarcado, audaces y cazan por la noche.Ojos de luna y olores del grupo.

Son bravas, osadas que enfrentan a leones e hincan sus dientes al rey. Amantes con los cachorros, que contradice la furia que despliegan en el combate. Tiene derecho a reclamar nueva imagen. Gregarias, que no aceptan rey, ni varón. A su paso por la sabana; las amazonas del mundo, sonríen.

El ayer y el ahora

El ayer
Brillante el festival «domingo grande» con música y bailes de La Huasteca.
El rito católico se celebró con la presencia de tríos huastecos y mujeres ataviadas con los característicos vestidos autóctonos, más tarde, en Casa de Cultura, se acordó entregarle un reconocimiento al Dr. Rubén García García por su brillante trabajo literario en favor de los niños de México.
Domingo 27 de Octubre de 2013
Por: Comunicación Social ÁlamoTemapache Veracruz México.

Cuando escuché el himno nacional mexicano y la banda de guerra y después pasé al estrado a recibir el reconocimiento, fue uno de los días que guardo con plenitud en la memoria.

El hoy

Agradezco infinitamente a los lectores de PURO CUENTO El blog que administro www,teecuento.wordpress.com ha sobrepasado los dos millones trescientas mil visitas. Seguiremos colgando textos de autores reconocidos.

Rubén García García.

 

IMG_0723

Segunda vuelta

lapidacion

Una multitud se acercó a él. Soy Cristo -les dijo. La población se quedó en silencio. Alguno tuvo el deseo de inclinarse; una voz se abrió el paso y gritó: ¡impostor!¡impostor! otras siguieron y quedó masacrado con piedras en la boca.

Pasión en el muelle

cezanneCuantas cosas escribo con tu nombre.
El pelo que fulge,
tu cuello,desliz de mis besos,
perversión de mis sentidos.
atenazado por tus rodillas
me lleno de Vivaldi, de Amstrong y Gardel.
Miramos el cielo tirados en el muelle
pasan stellas que no van a ninguna parte.
La alborada rosa sorprende y el solo de Gerswing nos mece en la bruma.

Volcán

dr atl

Despertó el volcán
con su pirotecnia
milenaria.

La muerta en vida

autopsiaVivió guarecida de la danza, de la gracia, la flauta. No admiró el verde de los helechos, ni los cielos de cobre y magenta. En el tórax tenía un corazón indiferente y jamás tuvo trópicos en la periferia del ombligo. Estaba sobre la mesa, envuelta en una sábana que tenía más vida que ella en vida.

Pájaros vegetales

 

 

dientes de leonLlegaron en silencio, volaban al capricho del viento que llegaba del mar.
Eran vellones de pelusa que arribaron en miríadas. Miles hacían piruetas columpiándose en un frenesí de saltos mortales.
Nómadas vegetales que sólo por hoy y ahora, Dios les dio la oportunidad de volverse pájaros.

Un día de campo

Al calzarme tuve una duda. Me llevaba la bicicleta o hacía caminata. Opté por la marcha; podría ir lento y ver a la mocita que estaría por irse a la escuela. Al situarme frente a su casa parecía no haber nadie. Di una vuelta alrededor de la manzana y ella salía. Trenzas bien hechas con su cinta, la blusa blanca y sus calcetas con ribetes rosas. Su mamá la despedía dándole un beso en la mejilla.  Al cambiar el ángulo de su mirada, me vio. Sin soltar a su mamá, sonrió discreta y elevó la ceja. Pasé frente a ella, sacando el tórax, metiendo la panza y tensando los glúteos.
Cuídate mucho —oí que le decía—, al mismo tiempo acomodaba un rulo que le caía sobre la frente. Ella caminaba moviendo la mochila al vaivén de la cadera.
Al doblar la esquina se emparejó y preguntó.
—¿Qué anda haciendo usted por aquí?
— Tengo una sorpresa que te gustará.
— ¿Y cómo sabe?
—Cómo sé qué.
—Qué me gustará.
—¡Oh!, lo sé, lo sé.
—¿Y qué es?
—No te digo, es una sorpresa.
—Pues si no me dice, no voy.
— Te daré una pista. Es algo que todas las mujeres quieren, pero que pocas pueden tener. No te digo más. Aceleré la marcha. Sentía la mirada de su mamá clavada en mi espalda.
Fueron dos días que mi corazón saltaba. Mi inquietud hacía que viera trencitas por todos lados. En mi juventud esperaba a que salieran de la escuela, y entre risa y charla nos poníamos de acuerdo para ir el domingo al cine. La oscuridad de la sala era cómplice de los labios y de los quehaceres de la mano. Hoy tengo la carne floja, frente amplia y la cintura cerveceada. Son momentos diferentes, pero la cadencia de una cintura me estremece. Trataba de ocuparme con mi trabajo para no pensar, pero la mirada se me escapaba al cajón que contenía el regalo de ella y me distraía. El silencio empezaba a ser molesto y la preocupación se movía entre mis sienes. ¿Le habrá dicho a su mamá?
Estaba sentado en un banco giratorio y dándole la espalda a la entrada principal. A través de la ventana veía a la gente correr tras el transporte colectivo —la hora en que salen los escolares—, ella entró sigilosa a mi despacho. Me tapó con sus manos los ojos y para que no me moviera recargó el cuerpo sobre el mío. Mi nariz percibió el suave olor de su axila y sus pechos duros me rozaron la espalda. ¡Era una sensación desquiciadora! Se fue la presión como el silbato que descarga la fuerza del aire. Libre del peso mental fui por mi recompensa. Mis manos bajaron y subieron leves por sus caderas,  al mismo tiempo que le decía con voz aniñada:
—¿Quién es ?
—La vieja Inés
—¿Qué quería?
—El regalo
Percibí por mi cuello el halo de su boca. Su voz me acariciaba como una corbata hecha de sonidos y palabras. Tuve que fingir calma.
—¿Dónde está la sorpresa?
Retiró sus manos y se sentó con las piernas cruzadas en el mueble acolchonado. Pensé darle el obsequio, pero me detuve en el último momento.
—Es que el regalo amerita algo especial.
Se puso en guardia.
— No te asustes.
—No tengo miedo.
— Pensaba llevarte a comer y después la sorpresa.
—No pedí permiso.
—Puedes hablar por teléfono.
—Nunca he pedido permiso de esa manera.
— Siempre hay una primera vez-
Se quedó pensativa. Aproveché para decirle.
—Anímate, no tardaremos.
— ¿ A dónde iríamos?
— Cerca, por el río. Compramos comida, y hacemos un día de campo. Como es entre semana no hay gente.
— No, mejor me quedo sin regalo.
No insistí, pues era evidenciar, así que le dije:
—Allá tú si te lo pierdes…
Me acerqué la tomé de los hombres y quedo le dije que no tardaríamos. Sonrió.
—Pero cómo aviso a la casa.
—Háblale a tu mamá por teléfono
—¿Y qué le digo?
— Qué vas a hacer una tarea.
Tomó el teléfono del escritorio y marcó. — Mamá, olvidé decirte que mañana tengo que entregar un trabajo de la materia que se me dificulta; te pido permiso para ir a casa de una amiga a hacer la tarea. No me sé su teléfono, pero de allá te hablo, para que sepas dónde estoy.
Colgó el teléfono y se me quedó viendo con ese chinito que se le iba de un lado a otro y se lo acomodaba soplándole. Yo conducía por calles poco transitadas. ¿Qué tienes, te comieron la lengua de los ratones? —le dije— Sonrió forzada. Manejaba con precaución, pero con el rabo del ojo veía que su rostro se había endurecido. Traté de distraerla, pero yo también sentía el peso de la ansiedad. Ella lo percibía, porque se ladeaba en el asiento, de tal manera que sólo se le viera parcialmente su cabellera.
Cuando llegamos a la cinta asfáltica, el rostro recobró su encaje juvenil. Me puse a tararear una canción de los Beatles y se me quedó mirando con cara de “y esos quienes son” comprendí y sin decir nada saqué un compacto de Riki martín. Abrió la cajuelita y encontró música clásica. Movió la cabeza como dándome a entender que era música de viejitos. Estacioné el carro detrás de unos árboles; nos apeamos y a escasos metros corría el brazo del río, que al golpear con las piedras producía sosiego. Con papel periódico improvisamos un mantel. Ella tenía hambre, pero le daba pena.: —Eres bien melindrosa —Le dije, al mismo tiempo que tomaba una porción y lo devoraba con gusto.
—No soy melindrosa y si tengo hambre como. —Me dijo
Le abrí una lata de refresco y para mí una cerveza. Se quitó los zapatos, las calcetas y para sorpresa mía la falda escolar. Debajo traía un short deportivo. Se fue a jugar con el agua, tiró piedras, correteó ranas, brincó charcos. Puso las latas y empezó al juego del tiro al blanco, la veía y no lo creía, pero lo cierto es que se estaba divirtiendo. Cuando la miraba de perfil sus caderas parecían crecer a cada instante como una curva que no termina. Preferí cerrar los ojos y relajarme.
Dormitaba. Cuando un chorro de agua me cayó en la cabeza. Tiré manotazos y jadeos. Se puso fuera de mi alcance. Corrí, pero fue un intento vano. Simulé un ataque de tos y de asma, por lo que me tiré al suelo y puse los ojos de plato. Se acercó lo suficiente para sujetarla y sentir su redondez. Olor de carne dura y tierna. Instantes en que su respiración y la mía se acercaron cerca del beso. En un descuido su cuerpo elástico escurrió hacia la corriente. Mi excitación se volvió angustia. Ella manoteaba, se hundía, sus cabellos daban vueltas como un remolino. No lo pensé y fui tras ella. Sentía que el corazón se atragantaba en mi cuello. Al alcanzarla la sujeté del tórax; sentía su desguanzo. Cuando pude verla a cabal conciencia, soltó una carcajada. Ella fingía; pero el susto nadie me lo quitaba. Chapoteó de nuevo con su risa de traviesa por las corrientes mansas del río.
Ella retozaba. Yo discernía acerca del tiempo que desperdicié en banalidades. Ella seguía como un rehilete sin freno, pero el ejercicio intenso y el sol pleno terminaron por cansarla. Había en su cara un desfile de bostezos. Subió al carro y emprendimos el regreso.
— ¿A poco se asustó?
La miré con fingido enojo.
—Oiga, está muy velludo, parece mono. —¿Qué horas son?
van a dar las 4 de la tarde,
— le dije a mi mamá que llegaría a las 6 o 7 de la tarde, ¿ puedo dormir?
Despertó porque detuve el carro,
—¿Dónde estamos?
No le contesté, salí, ordené unas bebidas y regresé con ella, que seguía recostada en el asiento delantero del automóvil. Ven. Le di la mano y ella me volvió a preguntar.
—¿Dónde estamos?
Estamos en un hotel de paso, para que descanses y puedas darte un baño-
—Mejor lléveme a la casa.
—No estaremos mucho tiempo sólo el necesario
—Pero….
No la dejé terminar, la tomé del brazo y la conduje al interior del motel.
—Oiga, esto es malo.
—Esto no tiene nada de malo, es sólo un cuarto donde podrás asearte, dormir un rato si lo deseas y ponerte guapa.
Me miró, le sonreí y su cara se aflojó.
-—Tengo mucho sueño.
—Duérmete, yo te cuido, seré tu ángel de la guarda
—¿Y qué tal si es mi demonio?
Tomó la almohada y se la puso por debajo de sus hombros. Le aventé la sábana.
-Quítate la blusa, sino la vas arrugar mucho, tápate con esto. -le dije.
Discretamente me fui al baño, para que desabrochara la camisa. No pude evitar ducharme y refrescarme del sol de la tarde. Dormía profundamente y la sábana se había corrido a un lado, dejando al descubierto sus senos que vencían la gravedad y que parecían dos lunas. Quedé perdido al mirarla. No pude más que exclamar: ¡Qué difícil!, ¡Qué difícil!, verla dormir con sus manos en una actitud de oración. Es una niña cansada. Pero en esos hombros hay dos mundos, corrientes que serpean, bolas de fuego con saques violentos que calientan las madrugadas. Esas manos tienen la caricia precisa para enardecer; en sus labios tiene la cadencia que pueden llevarte a las estrellas, o bien al mar de Lilith.
Con el pantalón puesto me recosté a su lado. ¡oh dios! Siento su respiración y su cuerpo rozando el mío. Estoy viejo y no sé qué hacer.
No pude evitarlo. Mi mano izquierda acariciaba esa curva que corre de la cintura a la cadera, una, dos y varias veces, ¡ cómo creerlo!, llegué hasta más, exploré el macizo terroso de su muslo. -mi pequeño corazón latía en su prisión-. Volví hacerlo con audacia, pero esta vez descansé mi mano en la superficie de su rodilla, con la yema percibía el interior de su pierna. Ella con el cabello desordenado, dejaba asomar el pabellón de su oreja, y mis labios estuvieron cerca de besar su lóbulo, cuando tosió abruptamente. Su cuerpo se situó de lado, mirando a la pared y profundizando de nuevo su sueño. Cerca tenía la nuca, la planicie de su dorso, y ese arroyo que era cortado por la tira del brasier. Tímidamente le puse la mano en la cintura y el aliento seguía al vaivén de su tórax, mi brazo izquierdo hacía ángulo en su cadera y la punta de mis dedos en el vientre. el macizo de los glúteos se adosaba a mi abdomen y mi latido se aceleraba. Mordía mis labios, para poder contenerme y el sudor de mi frente corría por mis mejillas. Estuve a punto de irme al sofá de la alcoba, cuando sentí que su mano jugaba con los vellos de mi brazo!, ¡Quedé helado!
–Me hace cosquillas. — dijo.
mi beso rodó de la nuca hacia su espalda; la rodeé con mi brazo y palpé la superficie de su vientre; me pegué más a ella, y bajé la cremallera de mi pantalón. Me introduje dentro de la sábana y busqué la solidez de sus pechos; encontré el broche y lo destrabé. Sus senos brincaban entre mis dedos. Su resistencia de “estese quieto, qué me hace” se fue disipando. Con la respiración arremolinada la besé en el cuello. Sus hombros eran dulces y suaves; pensar que de ahí nacían los brazos que apretaban mi espalda. Mis ojos abarcaron las esferas de sus pechos y mis labios se abrieron por el deseo de contenerlos. Erecto su pezón, lo percutí con mi lengua y el cielo de mi boca tragó el eclipse de su areola. Loco, loco de sexo tierno, llegué y troté con mis labios por toda la primavera de su abdomen, me detuve a beber en el pozo de su ombligo y recorrí caminos que me llevaron a los muslos. Sus manos tomaban mi testa y débilmente la empujaban. Después apretaban mi nuca y gemía. Saltaba mi amigo con reflejo de adolescente, pero mi mano apretó, apretó, y grité de dolor y respiré la humedad de la lágrima.
¡Vístete! qué se hace tarde. —le dije.
Me quedé como idiota. Cuando abrió la puerta salió limpia y luciendo su chinito que coqueto iba y venía por el trapecio de su frente…

Tercera llamada

 

 

arte-impresionista-oleoCamino por las enredaderas de tu pelo,
aliso los entretejes de tu pensamiento,
me acerco a las fuentes de tu deseo..
Seducirte con una caricia, 
esconderme en algún recodo de tu mente;
y a la media noche;
aplaudir el table dance de tu libido.