En México se celebra el día de muertos, es una costumbre prehispánica, Este cuento habla de como hacemos la celebración. Si bien ya lo colgué en el blog, lo hago de nuevo para quienes no lo han leído.

nochebuena

El corazón latía rápido cuando quería alcanzar a mi hermana; imaginaba mi corazón con la lengua de fuera. Deeini era ágil y ligera. ¡Hasta parece que escucho su carcajada de agua! Subíamos por el camino hasta el punto alto de la barranca. Al alcanzarla, ella veía a lo lejos el río, el pedregal blanco, la arena; manto canela y, al lado de las piedras encimadas, el lugar donde mi madre solía lavar. Me acariciaba los cabellos peinándome con las uñas,

Nos alegraba subir y al llegar, levantábamos los brazos al cielo. Percibíamos el silencio, la gota de agua que al rodar humedecía la roca y luego, acostados con las manos bajo la nuca veíamos las  nubes acariciadas por el viento.

de regreso me enseñaba unas hojas a las que no les encontraba nada de raro;me decía que eran hojas del niño Dios, pues en diciembre cambiaban de color anunciando el nacimiento de Jesús.

El río era una culebra de relámpagos y fulgores.Cuando las mulas de los arrieros lo atravesaban, parecía tener espejos, sabíamos que al día siguiente se instalarían los puestos, ¡fiesta para los ojos! Mamá, buscando las especies, papá, los arreos para el caballo, mi hermana las peinetas, pasadores y aretes; yo, andaba a la caza de las canicas con sus chispas de color.

Aquella noche dormíamos y la rodeaba con mis brazos, cuando escuché a mamá gritándole.

—¡Levántate, levántate!

Hacía frío y ella se acurrucaba. Al darse cuenta que seguía acostada, la zarandeó de su trenza.

— ¡Qué! ¿No oyes?

Le di mi camisa de franela para que se cubriera, pero mamá volvió a apresurarla y se levantó, tapándose con sus brazos.

Papá había llegado dando tumbos y puso de pie a mamá para que le diera de cenar. Afuera, se oía como la lluvia tamborileaba sobre las láminas de cartón, el viento frío se colaba por las rendijas del tarro. Deeini salió a comprar un cuarto de aguardiente, regresó temblando. Estornudaba y el moco no la dejaba resollar.

En la mañana, mi madre se acercó y le puso la mano sobre la frente. ¡Por Dios! ¡Está ardiendo! Con rapidez, cortó del patio cáscara de árbol chaca y albahaca, y revolvió con alcohol, puso lienzos en la cabeza y en los pies.

Para la media noche tosía con dolor, al respirar sumía la panza, el pecho le gorgoteaba y una espuma del color papaya salía por su boca. Los ojos estaban idos y su nariz aleteaba como mariposa. Mamá y la abuela rezaban. Papá fue al pueblo grande en la madrugada para buscar al señor que cura. Cuando llegó el médico, encontró el cuerpo tibio; y lo se porque estaba debajo de la cama y la asía con mi mano.

Mi madre se hincaba suplicando.

—¡Regrésemela doctorcito! ¡Le pago lo que quiera, ándele no sea malito! ¡Regrésemela, por lo que más quiera! ¡Por lo que más quiera!

 La enterramos una tarde de lluvia. El camino al cementerio se volvió terco y pegajoso y, entre el silencio, caían los sollozos como pedradas. Desde lo alto del campo santo se divisaba el sendero que va a la cañada. Me parecía verla corriendo y yo tras ella.

“La tristeza en un racimo de plátanos; de repente muchos se ponen amarillos, al paso de los días queda uno que otro, y el tallo donde ellos se pegaban, queda solo y nos olvidamos de él. La tristeza no se va como lo hacen las semillas que vuelan con el viento. La lloro a diario pero nadie me ve, lo hago hacia adentro. Voy al monte por leña, llego a la cañada para recordar a mi hermana; y cuando regreso, mamá me dice siempre lo mismo. ‘¿No quieres agua?’ Le digo que no. Ella no sabe que de tanto comerme las lágrimas, se me quita la sed.

 Hoy, ¡es un gran día! Mi papá trajo ramas y hojas grandes, lustrosas del monte. Pusieron una mesa y con las varas hicieron arcos que rozan el techo. Van a hacer un altar: me dijeron que los muertos llegarán en la noche y, ¿saben? ¡Estoy feliz porque voy a encontrarme con mi hermana!

Mamá tiene la cocina revuelta, en una mesa, descansando sobre unas láminas, hay figuras humanas que cocerá en el horno de barro: será el pan de muerto. Ayudé poniendo a los muertitos, ojos y nariz. En otro lado está la abuela probando la pasta y la masa que luego envolverán en hojas de plátano, y después de tres horas en el fogón estarán los tamales. Así, en una labor de día y noche, tendremos el ofrecimiento a los que se fueron antes.

 Papá está por llegar, fue por las flores de cempasúchil, son amarillas, despiden un olor vegetal intenso; ellas y las veladoras hacen que los santos difuntos encuentren el camino, guiados por la luz y el aroma. Primero llegan los muertos chiquitos, después los grandes. Iré a la cañada y buscaré Lupitas, que es el fruto de monte que Deeini saboreaba. Traeré varias, porque hace mucho no las come.

¡El altar ya está terminado! Las hojas de palmilla lo revisten; son de un verde intenso, oscuro, brillante, las flores alfombran en ramos los pilares. De entre las hojas cuelgan las naranjas, mandarinas, limas. Todas como si salieran de un árbol. Sobre la mesa están las veladoras con su luz de cobre, los alimentos que gustaban en vida los difuntos. Para mi abuelo, dulce de calabaza, terrones de panela para una tía, ¡y a mi hermana su fruta preferida! Una se la abrí, la otra la dejé intacta para que se la lleve. ¡La estaré esperando!

A media noche, los ruidos del monte se hacen intensos. Veo cómo llega una luciérnaga, revolotea por los andamios y se posa sobre mi brazo, después vuela en zigzag, dejándome la sensación de que es el espíritu de mi hermana. Despierto, ¡había prometido no dormir para verla…! pero ganó el sueño. Sin hacer ruido, camino hacia el altar; a la luz de las velas compruebo que las lupitas están en el mismo sitio, nadie las ha tocado; o sea que Deeini no había encontrado el camino, no la dejaron venir o, lo peor, no quiso. No sé, no sé. Con paso veloz decido ir rumbo a la cañada; la abuela me tira una mirada difusa, pero vuelve a quedarse dormida. A la mitad del recorrido abre la mañana.

Miro el río que culebrea entre las montañas, el viento fresco trae olores de pan y canela. Voy al lugar donde siento a mi hermana; es un rincón escondido, las enredaderas se tuercen forman un cielo de hojas y cubren de amarillo intenso los frutos que al abrirse dan dulce semilla y dibuja la imagen de la virgen de Guadalupe. No puedo callar, la llamo con todas mis fuerzas, sólo escucho mi gemido que se va con el viento.

Salgo del escondite llorando. Con mi pequeño machete rompo con coraje las hierbas del camino y huelo el perfume de la flor de cempasúchil; vuelvo mis ojos a la hondonada y diviso que en el corazón de la mancha verde, justo en el centro, florece el rojo quemado de las nochebuenas.